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Epístolas a Séneca XV. Haec hactenus (Hasta aquí)


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01/12/2018

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EPÍSTOLAS A SÉNECA






Vicente Adelantado Soriano









Epístola XV





Haec hactenus

(Hasta aquí)





Eres animal racional, ¿Qué hay de bueno en ti? La perfecta razón. Llévala hacia su perfección, hazla crecer lo más posible1.





Con esta, querido Séneca, pongo fin a la pequeña serie de epístolas dirigidas a ti, que no a mi relación contigo. Sigo insistiendo en ella. Y en busca de un diálogo más fluido continúo con mis estudios de latín, así que espero que, cuando nos veamos en el Hades, nos podamos entender: tú, seguramente, ya sabrás mucho castellano, y yo sabré un poco más de latín; los dos, me parece, tenemos ganas de entendernos. No hay más que pedir.

Ayer, querido Séneca, se difundió la noticia por todo el Imperio, me la enviaron enseguida varios amigos, del descubrimiento de una inscripción en Pompeya. Gracias a la cual se ha podido datar con exactitud la erupción del Vesubio. La fecha que se manejaba hasta ahora, dudosa porque contradecía los restos arqueológicos aparecidos en las derruidas casas pompeyanas, estaba extraída de una carta de Plinio del Joven. Esta, junto con otras más, fue transcrita por un monje medieval; y sin duda, el fraile se equivocó en la fecha al copiarla. Dudo que el error fuera de Plinio, ya que vivió en primera persona aquellos terribles sucesos. Me impresionó especialmente esta epístola; en ella narra cómo él y su madre salieron de Pompeya el día de la erupción2.

Yo amo profundamente a Plinio porque con él aprendí mucho latín; lo leí con calma y atención. Y lo amo, además, porque fue un buen alumno tuyo. Es curioso la cantidad de buenos amigos que llega a hacer uno a través de los libros. Y las particulares discusiones que se sostiene con unos y otros.

Como sabes, y aquí es donde quería llegar, soy un gran aficionado al teatro, género siempre en crisis, y más que nunca en estos tiempos que corren. En la ciudad en la cual vivo, apenas si quedan teatros en pie. Y apenas si se programa algo en ellos que tenga un mínimo de interés. Por razones económicas casi todo el teatro ha quedado reducido a algún monólogo, más o menos gracioso, o más o menos insustancial. Y más o menos actual y con tintes de críticas, guiños al público, pequeños rasguños, y poco más, que no están los tiempos como para perder posibles subvenciones por un mal entendido o un quítame allá esas pajas.

Hace mucho tiempo, pues, que por dicho amor al teatro, no pudiendo verlas en escena, y por varias obligaciones más, leí tus tragedias. Cuando hablé de ellas en clase, ignosce mihi, repetí, como un disco rayado, los cuatro tópicos de siempre: que tu teatro no es original, que es un trasunto de la tragedia griega, que no se puede representar, etc., etc. Dije todo esto, y más, mucho más; sin haber leído, con la atención que se merecía, el largo prólogo a tus tragedias en el libro que tengo, inencontrable hoy en día, ni tus obras con el interés y el cuidado que debía haber puesto. Yo tenía unas ganas enormes de leer las tragedias. Pero antes de llegar a ellas, había un larguísimo prólogo de unas cien páginas. Desesperado, inmediatamente acudió a mi mente la famosa frase de don Francisco de Quevedo: “Dios te libre, lector, de prólogos largos y de malos epítetos.”3 Ese recuerdo fue la bula que me permitió, problemas de conciencia, no saltarme el prólogo pero sí leerlo a uña de caballo. No me enteré de nada, lógicamente. Otro tanto me sucedió con tus obras. Creo que buscaba lo fácil, la confirmación del tópico; de ahí que prestara nula atención al resto. Así que en clase, como te he dicho, perdóname, no hice más que repetir tópicos. Por desgracia no puedo volver a reunirme con mis alumnos y rectificar lo dicho. Lo siento. A veces creo que debería haberme hecho profesor cuando me llegó la edad de la jubilación. Pero ni aun así estaría exento de error. Hay que asumirlo.

Sí que he leído el prólogo ahora, en esta gozosa relectura de toda tu obra completa. Lo he leído con suma atención. Algunos de los pasajes los he vuelto a leer una y otra vez. Y las tragedias, por supuesto.

Al parecer, el teatro, en Roma, fue degenerando hasta convertirse en desfiles militares o de siervos, cuando no en bailes y situaciones más o menos eróticos, y carentes de cualquier sutileza o conato de literatura. Algo similar a lo que está sucediendo de un tiempo a esta parte con el cine. Los efectos especiales, la nadería, y las más insustancial de las vacuidades, está terminando con lo poco de calidad que había. Pero creo que ese es un problema de todos los tiempos y de todos los géneros: hay que vender y hay que llenar las salas, así que hay que hablar en necio y estar al día: pocas películas y novelas se ruedan o se escriben en las que ya no aparezca una relación homosexual, y no se hable de la igualdad de las mujeres y de los hombres, venga o no cuento. Como hace tiempo, viniera o no a cuento, y en caso contrario se traía por los pelos, se tenía que desnudar la protagonista para enseñarnos todas sus gracias. Recuerdo al respecto, y todavía me avergüenzo al evocarlo, haber visto una versión de Antígona en la que esta pobre mujer encontraba la muerte en lo alto de un monte pelado y sin árboles (?). La cuerda para su ahorcamiento se suponía bajada del cielo. De la cúspide de la enana montaña, donde Antígona permanecía de pie, como si fuera un inocente Vesubio, tras varios grititos de esta, salía una potente corriente de aire sin más misión en su corta existencia que arrancar la túnica de la pobre hérfana, y dejarla ante el adocenado público como su madre la trujo al mundo. Este, puesto en pie, aplaudió a rabiar. Yo salí del teatro romano avergonzado y cubriéndome con la toga.

Viene esto a cuento de una discusión tenida el otro día con un amigo. Este sostuvo que tus tragedias no se escribieron para la escena. Algunos parlamentos de algunos personajes, incluidos el Coro, son excesivamente largos. Y capaces, por lo tanto, según mi amigo, me aburrir al aburrimiento. Repuse que el público de hoy en día no es el de aquellos años. Hoy, por el cine, por las prisas, por muchísimas cosas, estamos hechos al plano-contraplano; al diálogo rápido, insulso… El público griego y romano tenía otra noción del tiempo. Recordé que un año se me ocurrió llevar a unos amigos al teatro romano de Sagunto. Vimos un montaje de Las bacantes, de Eurípides. Nos quedamos solos en el teatro. Y desde entonces estos amigos huyen de mis recomendaciones como el gato escaldado del agua. Y los promotores de montar semejantes cosas.

Cierto es, no obstante, que los parlamentos, algunos, son excesivamente largos; y tan eruditos, tan cargados de mitología e historia, que se necesitan de las famosas notas a pie de página, o de un diccionario mitológico, para poder entenderlos. Y ahí sí que le doy la razón a mi amigo: es muy posible que ni el mismo público, en Roma, alcanzara todo cuanto tus personajes dicen en sus diálogos. Sería suponerlo muy versado en mitos e historia antigua. De hecho, remachó mi amigo, eso solo lo entenderían, dicho esto en voz baja, algunos amigos de tu círculo íntimo, si es que lo entendían. Es un teatro excesivamente culto, intelectual, elevado. Suponiendo que las tragedias las hubieras escrito para la escena, deberías haber tenido en cuenta, si ello hubiera sido posible, las palabras de don Benito Pérez Galdós:

“Por esto los que han llevado reformas al teatro, han visto que sus esfuerzos no tenían la recompensa debida. En el libro se habla al individuo, al lector aislado y solitario. Se le dice lo que se quiere, y el lector lo acepta o no. En el teatro se habla a la muchedumbre, cuyo nivel medio no es muy alto ni aun en las sociedades más ilustradas; y no hay manera de herir a la multitud, sino devolviéndole las ideas y sentimiento elementales y corrientes que caben en su nivel medio.”4

Evidentemente muchos de los parlamentos de tus obras no caben en ese nivel medio, y no solo por la erudición sino también por su belleza, una belleza tan hiriente que, a veces, se necesita apartar el libro de sí, mirar a una pared, y detenerse como quien ha visto una bello paisaje o una enorme sima que se abre bajo sus pies.

Pero al mismo tiempo, querido Séneca, es tu teatro, como toda obra clásica, de un enorme interés y de una gran actualidad. En esta Hispania de nuestros amores nos vendría muy bien ver representada Las fenicias. No creo que sirviera de nada, pero sería interesante llevarla a escena para oír cuanto dices sobre las guerras civiles. En esta tierra hay mucho interés en que no se olvide la última, la de 1936. Y qué decir de las palabras de Eteocles al finalizar la obra, cuando se va a enfrentar con su hermano Polinices, saltando por encima de su madre, para hacerse con el trono de Tebas, la ciudad paterna:

“Cualquier precio que se pague por el poder es un buen precio”.5

Eso incluye la muerte de su hermano, por supuesto, y todos los desastres, matanzas, asesinatos, robos y despojos, violaciones y masacres, que trae toda guerra. Todo sea por el poder.

Creo que algunas de tus obras sí que son representables. Y desde luego son un material de primera mano para cualquiera clase de cultura clásica: su montaje obligaría a un enorme estudio, cosa que siempre es muy de agradecer. Al menos para algunos.

Sea como fuere, tu teatro es de una enorme belleza, muy tocado, y no podía ser de otra forma, por el estoicismo. Y tal vez, como también apuntaba mi amigo en la discusión de la otra tarde, intentaste con estas tragedias lo mismo que Cicerón en sus obras con la filosofía griega: romanizar el teatro heleno. La pregunta quedó en el aire: la filosofía se lee, no se representa; ¿cómo se romaniza, pues, un teatro que no se representa? ¿Y tenía cabida ese teatro en tu época? Lo dudamos, lo dudo: cuando vi Las bacantes, como ya te he dicho, me quedé solo en el teatro; lo mismo me sucedió ante un montaje de Fedra. Ahora bien, indudable es, tu teatro ha dejado huella en muchos de nuestros dramas. Y han seguido tus consejos. Con ellos me despido, querido Séneca:

“Te recuerdo que también nosotros hemos de imitar a las abejas y distinguir cuantas ideas acumulamos de diversas lecturas (pues se conservan mejor diferenciadas); luego, aplicando la atención y los recursos de nuestro ingenio, fundir en sabor único aquellos diversos jugos, de suerte que aun cuando se muestre el modelo del que ha sido tomado, no obstante aparezca distinto de la fuente de inspiración.”6

Algo, pues, de ti y de tus obras perdura en nosotros. Ahora sólo falta que nos transforme y nos haga mejores, si eso fuera posible. Vale.

1Rationale animal es. Quod ergo in te bonum est? perfecta ratio. Hanc tu ad suum finem hinc euoca, <sine> in quantum potest plurimum crescere. Séneca, Epístolas morales a Lucilio, libro XX, ep. 124, 23.



2Plinio el Joven, Cartas, libro VI, epístola XVI



3Francisco de Quevedo, El mundo por de dentro.



4Benito Pérez Galdós, Nuestro teatro, en Bárbara, Casandra, Celia en los infiernos, Madrid, Ediciones Cátedra, 2006, p.30



5Séneca, Tragedias, Madrid, Editorial Gredos, 1987, p. 276. Traducción de Jesús Luque Moreno.



6Séneca, Epístolas morales a Lucilio, Madrid, Gredos, 1989, II. p. 52. Traducción de Ismael Roca Meliá.



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Etiquetas:   Teatro

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