Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Escritores   ·   Lectores   ·   Periodismo   ·   Sociedad   ·   Criptomonedas   ·   Bitcoin   ·   Bienestar Social   ·   Derechos Humanos   ·   Paz Social   ·   Estado del Bienestar



Cotorras


Inicio > Ciudadanía
28/11/2018

144 Visitas



Los príncipes soberanos no pueden hacer que los monos sean leones, pueden mandar que llamen leones a los monos.


Juan de Zabaleta, Día de fiesta por la tarde.





El otro día, doña Manuela, la alcaldesa de Madrid le dijo a algún periodista que “los discursos de los políticos son infantiles”. Creo que la buena mujer no tenía ganas de meterse en políticas. O en polémicas áridas, como todas las de quienes se dedican a estar todo el día en el Parlamento sin parlamentar. Por eso mismo, la alcaldesa utilizó el adjetivo infantil para tildar los discursos de sus compañeros, en vez de rematarlo con el acabamiento -oides, que estaría más en consonancia.

Estamos en campaña electoral, vamos a tener más campañas, dejando de lado la de Navidad; y los políticos, como un grupo de cotorras escapado de alguna loca pajarería, lo invaden todo con sus mítines y diversas palabrería.

No soy nada dado a ir a mítines ni reuniones de este tipo. En toda mi larga vida, sólo he ido a uno, cuando se instauró la democracia en este bendito país, y por saber qué era aquello. No me gustó la experiencia: demasiado griterio y estridencia. Yo soy más bien de pocos y escogidos amigos, una copa de vino, o un café, y diálogos en los que nadie interrumpa a nadie, y donde todo el mundo pueda participar. Para gozar de esto, cuatro personas ya son multitud. Además, me molesta mucho que alguien diga algo y yo no le pueda preguntar o replicar. Pero, claro, un mitin es como un aquelarre sin brujas: se trata de adorar al macho cabrío, que no tiene porqué ser un macho, y aplaudir cuando hay que aplaudir y besar a todo aquel que ofrezca sus sonrosadas y frías mejillas. Amén de lanzar la zarpa por encima de la cabeza esperando la zarpa del conmilitón de turno. Demasiada bullanga y demasiado apretón.

Pese a todo, ni quiero ni puedo vivir fuera de mi tiempo, ni estar totalmente desinformado, así que, mea culpa, mea grandissima culpa, de vez en cuando veo las noticias en la televisión, o leo algún periódico más o menos tendencioso. Lo bueno de la lectura es que la puedes interrumpir cuando te venga en gana. Y el mejor invento que se ha hecho, en décadas, es el mando a distancia de la televisión: me encanta, en cuanto sale alguno de estos muchachos, o cotorras, diciendo las tonterías acostumbradas, quitarle la voz, sin levantarme del sofá ni despeinarme, privarlo de la palabra, y no dejar que sus vacuas palabras de cotorra castiguen mis apesadumbrados oídos. Pero ni aun así: el teléfono móvil, con sus mil y pico de prestaciones, también ha sido un gran invento. Y un medio de poner en comunicación a millares de personas. A través de él no hay día que no llegue, enviado por cualquier conocido, algún vídeo de algún representante político diciendo las necedades pertinentes. A veces, esos vídeos llegan trufados de comentarios. Y hay que reconocer que algunos son muy ingeniosos. Creo que todavía seguimos siendo un buen país, en cuanto a humoristas se refiere. Lo confirma los ingeniosos montajes fotográficos que hacen algunas de estas personas aficionadas a los móviles.

Sabido es que los humoristas no gozan de buena reputación ante los políticos, gente muy seria, muy apersonada y muy suya. Y muy imbuida de la importancia de su vacuidad. Además, el ambiente en general, y alguna maldición en general, ha transformado a este país, a muchas de sus gentes, en aprendices de Procusto, bandido que habitó por Tesalia, creo, allá por la época de la guerra de Troya, año arriba, año abajo. Estos proficientes procustianos siempre tienen la cama preparada para tumbar en ella a aquellos que no son de su agrado. Y a unos, como el mismo bandido, les estiran la piernas, y a otros se las cortan: todos iguales, igualados por el mismo patrón, la cama de hierro del famoso bandolero.

Pocos años antes de asistir a mi primer y único mitin, aquí en este corralón lleno de sol, estaba prohibido prácticamente todo. Máxime los partidos políticos, inexistentes; y los sindicatos, que brillaban por su ausencia. Con la llegada de la democracia, sin embargo, o su placebo, surgieron no ya partidos y mítines, sino sindicatos y asociaciones por todos los rincones del corral. Y comenzó la pesadilla para los humoristas o la gente más o menos chistosa: cualquier chiste que, antes, se tomaba como tal, y se olvidaba, por regla general, tras la más o menos sincera carcajada, se ha convertido ahora en una arma para luchar por no sé qué derechos y dignidades maltrechas de todo tipo de asociaciones. Lo primero que hacen dichas asociaciones es, sin pensárselo dos veces, denunciar al chistoso que se ha permitido el lujo de reírse de ellos, de herir su maltrecha dignidad.

Ciertamente, uno se alegra de que estas personas no existieran en la época de Cicerón. Sabido es que este era capaz de sacrificar un buen discurso por un chiste o cualquier ocurrencia. Así se interrumpió una vez porque pasaba por la calle su yerno. Este era bajito y un tanto fanfarrón, como todos los bajitos. Cicerón mirándolo dijo que acababa de pasar por el foro una espada ceñida a un hombre. Hoy en día la asociación de Personas No Altas lo hubiera denunciado. Y hubiéramos tenido juicio.

Son situaciones propias de individuos que nada tienen que ofrecer. Y para hacerse visibles, a fin de demostrar su utilidad, aprovechan cualquier tontería para estar de cuerpo presente. Y así, y no hace mucho, a través de mi fantástico móvil, me llegó una pícara petición: se me instaba a firmar un documento para que la Real Academia de la Lengua quitara del diccionario la expresión “mujer fácil”. Me entró la risa tonta, tal como si me hubieran contado un buen chiste. Supongo que la persona, o personas, que reclamaron tan peregrina cosa no pedirían, al mismo tiempo, que se expurgara dicha expresión de toda la literatura. Eso supondría que tendrían que leer; y a lo mejor, haciéndolo, se reían un poco, profundizaban un tanto, y dejaban de pedir peras al olmo y cotufas en el golfo. Tal vez así se enteraran de la necedad que supuso prohibir Madame Bovary, novela de Gustave Flaubert, alegando que en la dulce Francia no existe el adulterio. No obstante se puede intentar, que aquí tenemos La regenta, por ejemplo. Y si en Francia no existe el adulterio, en España menos. Faltaría más.

Doy este tipo de ideas, de forma desinteresada, a fin de que la seriedad gane un poco en profundidad. Cuando falla esta, como hacen las cotorras en sus mítines, se inventan enemigos, una realidad virtual, que hacen presentes nombrándolos uno y otro día. Y así se entera uno, sin comerlo ni beberlo, que el problema de este país reside en los emigrantes, en aquellos que vienen de fuera y no respetan nuestras tradiciones. No se especifica cuáles: ¿las murcianas, las valencianas, las catalanas o las de mi pueblo? Y, cosa curiosa, resulta que estos chicos que vienen de fuera matan carneros en sus casas y todo. ¿Invitan a los vecinos? Hombre, ahorrarse un par de cenas no estaría nada mal. Además, igual recuperamos viejas tradiciones, la del matapuerco, por ejemplo, que era una matanza que reunía a toda la numerosa familia, momento en el que los primos, los críos, se lo pasaban de muerte y no jugando con maquinitas ni marcianos, cosa que también molesta a muchas personas serias ancladas en sus años mozos.

Y ya que hay que defender la tradición frente al felón emigrante, tal vez algunas de estas cotorrillas deberían tener presente que tenemos una buena literatura, tradición, con un magnífico sentido del humor. Y lo hay para todos los gustos: desde el humor negro de Quevedo o Jaume Roig, por poner dos ejemplos, al descarnado de don Miguel de Cervantes, en novelas como El licenciado vidriera, o El coloquio de los perros. Son dos excelentes obras sobre la estupidez de este país, y sobre la corrupción del mismo. Porque no deja de ser interesante que estén los médicos en la calle exigiendo mejoras laborales que, al fin y al cabo, van a redundar en el bien de las personas, de los enfermos, y que estas estén aplaudiendo a quien está a favor de privatizar la sanidad pública ocultándolo, por supuesto, tras el supuesto miedo a emigrante. No deja de ser chistoso, sí, humor negro, que una mujer se suicide porque la van a desahuciar, y otro grupo de personas aplaudan a gente que milita en ese partido que vendió fincas y fincas de protección oficial a los llamados, sentido del humor no falta, fondos buitres. Es para partirse de risa.

Afortunadamente esta gente tan seria no lee, o lee muy poco. Gracias a ello no van a prohibir los poemas de Quevedo, la traducción de El cantar de los cantares, de Fray Luis, ni aquella novela de Tolstoi en la que alguien dice que la bandera es un trapo atado a un palo.

Todo esto, por supuesto, son fuegos de artificio: mentar a la madre de dios, o limpiarse los zapatos con un determinado trapo puede dar pie a muchos problemas. Robar y estafar, no. En el fondo, seguimos siendo un país con mucho sentido del humor. Se nos puede aplicar la famosa máxima de Ambrose Bierce: empieza uno por matar a su madre, y termina por no ir a misa los domingos. Claro, para no tener problemas con nadie, todos los chistes y todas las críticas, más o menos ácidas, se las podemos atribuir a un loco. Y hacerle repetir el famoso refrán cuando este, como el Licenciado Vidriera, recupere la razón, si se llega a ello: España, mi natura; Italia, mi ventura, y Flandes mi sepultura. Aquí la inteligencia sólo sirve para reírse de ella.

Y Dios te libre, lector, de cotorras faltas de sentido del humor por mucho que mienten a dragones, a naves espaciales, y le pidan el voto a una vaca lechera. Ni Cicerón en sus mejores tiempos. Infantiloides, doña Manuela, infantiloides. No dan para más. Y los monos siguen siendo monos aunque los vistan de seda.





p { margin-bottom: 0.25cm; direction: ltr; color: rgb(0, 0, 0); line-height: 120%; }p.western { font-family: "Liberation Serif", "Times New Roman", serif; font-size: 12pt; }p.cjk { font-family: "Droid Sans Fallback"; font-size: 12pt; }p.ctl { font-family: "FreeSans"; font-size: 12pt; }a:link { }

Etiquetas:   Discursos   ·   Censura

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
17272 publicaciones
4442 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora