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Como dos gotas de agua, el reflejo de una sociedad a través del futbol


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26/11/2018


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Nos apretamos las manos, con más o menos intensidad, para demostrar respeto y educación para con el rival. Un saludo cordial entre entrenadores y a las espaldas los padres, madres, amigos y demás van tomando su asiento dispuestos a entretener sus monótonas tardes. El césped, mojado, resbala en las botas de colores rosa, amarillo chillón o verde fosforito de los más llamativos y el blanco y negro de los más clásicos. Precio, marca o prestigio visten por los pies a los intérpretes de los que en pocos instantes será una bochornosa actuación de barrio.


Suena el silbato tembloroso, como aquel que lo sujeta, y el espectáculo empieza. De pronto, todo acto respetuoso, calmado y honorable realizado en la previa desaparece y todo el paripé de código moral de caballeros de antaño se convierte ahora en una pelea en el barro, en la que se compite a ver quién se ensucia más. Sudor, golpes fortuitos, gritos y alguna celebración fugaz se van alternando calentando la temperatura del ambiente.

Todo parece desarrollarse con normalidad, choques más o menos duros, entradas más o menos temerarias se suceden sin causar ningún aparente altercado. Para el ojo espectador. Sin embargo, en cada lance la agresividad sube un punto. La rabia y un punt d’honor ridículo se fusionan para dar lugar a las primeras miradas intimidatorias, los primeros “a la próxima te vas a enterar” y incluso esos sutiles “eres un hijo de puta” a escondidas del árbitro.

Y claro, entonces ya se comienzan a vislumbrar gestos o actitudes más criticables: los insultos crecen en frecuencia, tono y gravedad, los choques dejan de ser tan fortuitos y el “señor colegiado” pasa a ser muy malo, nefasto o parcial para el lado de uno de los dos equipos. Su sudor aumenta sin haber corrido un kilómetro y los brazos, los ánimos y la saliva de los espectadores dibujan la tensión violenta en la grada.

A pesar de ello, no hay nada a lamentar, todavía. El hilo de tensión se estira y se estira con cada jugada dudosa en que el árbitro falla a favor de uno de los dos contrincantes y al que hace 60 minutos le dabas la mano ahora le propinas un codazo sin sentido o le escupes los restos de tu furia acumulada. Entonces el circo de la pena inicia su función.

22 cuerpos en crecimiento, sudados y a altas pulsaciones se juntan, se empujan, se menosprecian y en la cima de toda esta lamentable cúspide, siempre se erige el valiente, el macho dominante, que golpea con su mano, puño, pie o cabeza al contrario, que entonces tiene 2 opciones: dejar valer su honor y devolver tal tremenda ofensa o admitir la derrota, dejarse caer al suelo y esperar clemencia del juez del partido.

En cualquier de los dos casos, la grada comienza a enfrentarse entre locales y visitantes, definidos así por los colores de las camisetas en el campo, pero realmente confrontados por la sobre protección, el egocentrismo y estupidez de algunos de los asistentes. Y claro, el evento ya toma la imagen de batalla campal en la que cada uno busca su propia venganza sin pensar en nada más, cegados de odio.

¿Y que creéis que piensa cada actor de tal deplorable situación? Nada. Absolutamente nada. Sus ojos enfurecidos, su cuerpo refrigerándose como puede y sus articulaciones coordinándose alternadamente para esquivar y golpear no dejan espacio para la razón, si es que alguna vez lo hubo.

Inesperadamente, desde fuera de todo esto, de todo conflicto, de toda rabia o violencia, siempre se encuentra el típico niño de 5 años, comiendo su merienda preferida y observando el deplorable paisaje de violencia y caos pintado en el campo. Aquel pequeño e inocente que se halla intentando desarrollar un corazoncillo tierno y sin maldad, de la nada, ve a su padre golpear, insultar o lanzar objetos con intención de dañar a otra persona sin entender los motivos de tal acción. Sí, ese padre que da igual que gane 700 que 5000 euros al mes. Porque este escenario es el único que no entiende de clases. Manda narices...

Y claro, luego queremos que nuestros hijos vayan a la escuela y respeten a los profesores y a los compañeros. Que se dirijan con humildad a los mayores y que sirvan de ejemplo a las generaciones que vienen por detrás ansiosas por crecer. ¿Pero qué clase de personas creéis que educan este tipo de comportamientos? Se crían futuros padres que rodean de bengalas a sus hijos para introducirlas en un estadio como el viral vídeo de la aficionada de River Plate. Se crían hijos del yo antes que los demás, del no conocer palabras como “perdón”, “gracias” o “por favor”.

Y ningún padre ni madre quiere que su hijo sea esa persona. Nadie quiere sentir la vergüenza de que se les tache de malos padres, o peor, de fracasados en uno de los aspectos más importantes de vivir en sociedad, crear una conciencia respetuosa y tolerante a la frustración. 

Pero como en el choque de manos inicial antes de un partido, preferimos correr un tupido velo, y que se encargue la educación pública del desastre que nosotros mismos hemos creado. El fútbol, como la sociedad, son dos gotas de agua manchadas por el mismo veneno.

Adrià Aguado Lorente, 25 de noviembre, 2018



Etiquetas:   Fútbol   ·   Educación   ·   Sociedad   ·   Violencia

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