Comunicación Vs. Información: ¿Mucho ruido y pocas nueces?

 

. Información:  

¿Mucho ruido y pocas nueces?

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ado que gran parte de mis años más productivos los dediqué a trabajar por  el desarrollo de las telecomunicaciones en mi país, a través de múltiples responsabilidades que tuve la fortuna de asumir a lo largo de mi ejercicio profesional, quedo exento de duda sobre la importancia social que le concedo a la posibilidad nunca antes vista que tenemos hoy los humanos de entrar en contacto con nuestros semejantes, donde quiera que estén y empleando casi cualquier tipo de medio. La propia ubicuidad y la feliz superación de los límites y las barreras geográficas y políticas, es prácticamente un hecho; quedando por superar, tan solo, las restricciones que nosotros mismos nos queramos imponer.  

La aldea global acuñada por McLuhan  mientras los Beatles nos animaban con su Submarino Amarillo, hace ya algunos años, y la ciudadanía cosmopolita de la que nos habla David Held como un ideal entre los modelos de democracia que formula, cada vez están más cerca de convertirse en hechos tangibles.

Sin embargo, la anterior convicción, no me exime de notar que, en estos tiempos de alta incidencia del Internet, de los medios de comunicación móviles y de los medios masivos de toda índole, nos vamos sumergiendo en una vida paradójica de la que difícilmente podremos saber si saldremos suficientemente bien parados.

La comunicación instantánea persona a persona es prácticamente un hecho dado: para comprobarlo basta, por ejemplo, contar los teléfonos celulares en manos del público que, en muchos países del mundo, incluso los no desarrollados como los nuestros, latinoamericanos, supera por mucho su número de habitantes.  La penetración de los medios de difusión y divulgación masivos aventaja, en la mayoría de los países de la Tierra, a la de cualquier momento histórico: La televisión satelital superpuesta a la televisión local no distingue segmentos económicos ni estratos sociales; en la mayoría de las casas populares de las capitales latinoamericanas puede faltar el agua corriente y las cloacas, pero una antena satelital difícilmente falla.  La comunicación de un individuo corriente hacia grupos cerrados o semi-abiertos, constituidos por redes sociales en las cuales uno puede llegar a tener 500 o 1000 “amigos” está a la orden del día vía Internet. ¡Ay si no estás en facebook, no eres nadie! No importa si de ese millar de “amigos”, a lo sumo, habrás visto alguna vez en tu vida tan solo a un 2%, o, si los has visto, no recuerdes ni siquiera si son zurdos o diestros o si hablan rápido o pausadamente o, sencillamente, si no dicen nada cuando hablan. Esto, por no hablar de la pérdida de privacidad e intimidad producto de la cantidad de mensajes no deseados e inclusive anónimos, que a diario borramos de nuestros teléfonos y listas de correos, y que crece de manera vertiginosa.

Todos estos síntomas, y otros afines, nos garantizan que estamos sumergidos en un mundo hiper-comunicado, pero, sin duda, ilusoria y bastante poco informado.

¿Cuántos de los comunicados que recibimos o masivamente generamos a diario conllevan una modificación del estado de información o de conocimiento de nosotros mismos o de nuestros destinatarios? ¿Cuánto se modifica nuestro patrón de toma de decisiones a partir de tantos mensajes recibidos o emitidos pero cuya información contenida apenas llegamos a husmear, a olfatear, pero nunca a digerir?

Hay sin duda una revolución comunicacional en marcha, desde hace ya muchos años y con muchísimas aristas positivas: desde el punto de vista del ensanche de la noción de comunidad, desde la posibilidad cierta de contar con una reducción y hasta la eliminación de las barreras y la censura, desde las oportunidades de multiplicar la participación ciudadana en asuntos relevantes y no tanto. Pero, cabe preguntarse ¿Cuánta información cierta logramos procesar de la miríada de correos que, con y sin anexos, anualmente recibimos y emitimos? ¿Hasta donde nuestras decisiones pueden estar, ahora, bajo este bombardeo comunicacional al que nos hemos acostumbrado, mejor fundamentadas y, por ende, tener mayor probabilidad de producirnos resultados satisfactorios?

¿Estamos mejor preparados para distinguir la verdad de la mentira? ¿No será que quienes facilitan tanta comunicación: medios de difusión, anunciantes, proveedores de productos tecnológicos, proveedores de servicios de telecomunicación, etcétera, están ahora mejor dotados para embobarnos y hacernos creer que lo que necesitamos es A y no B, cuando nosotros, realmente, ni siquiera habíamos pensado ni en A ni en B y, tal vez, lo que realmente queríamos lograr era C? ¿Será que sin que nos demos cuenta nos están censurando la mínima posibilidad de pensar en C, haciéndonos creer que el verdadero debate o la real disyuntiva consiste en elegir entre A y B?

¿Quién, abrumado con tantas posibilidades de comunicación, tiene tiempo y manera de detenerse a elaborar una síntesis informativa, a extraer decentemente unas pocas conclusiones? ¿Cuántos comunicadores, individuales y masivos, tienen la honestidad como consigna?

¿Qué importa más,  tener 300 contactos en una red social o contar con 3 buenos amigos con quienes resolver algún asunto sensible o valioso? ¿Cuánta complejidad podemos manejar en la superficie sin que ello nos impida ir en profundidad en algunos asuntos que nos interesan?

¿Y la Libertad? ¿Cómo se afecta?

¿Cuántos de los mensajes que nos bombardean y que sin reflexionar hacemos rebotar a nuestras redes de contactos representan intereses de entes poderosos y ajenos, sin que de ello nos demos cuenta?

La libertad es un bien que no necesariamente está dado, como puede ser el aire, sino que ha implicado sacrificios y luchas, generación tras generación.La libertad es un bien por el que la humanidad ha luchado desde antaño y por el que ha derramado torrentes de sangre.  Es, además, es un estado que nunca alcanzamos a perfeccionar: siempre estamos trabajando en pro de la libertad –o en contra, algunos-. Uno nunca puede decir que es “totalmente libre”, siempre está expuesto a retroceder y a perder bastiones conquistados.

Todo ello, se mezcla de manera compleja con las concentraciones de poder que ciertos estratos políticos o económicos logran alcanzar en las distintas sociedades. Tales concentraciones llegan en circunstancias a propiciar regímenes y gobiernos totalitarios, o monopolios económicos, o mezclas patéticas de ambos, donde, quien detenta el privilegio de la fuerza, política, económica o de cualquier otra índole, termina imponiendo sus reglas y sus propios intereses. Tanto peligro reviste este último hecho que, por la vía de las comunicaciones masivas puede, inclusive, llegarse a la peor de todas las limitaciones de la libertad que es la de la Auto Limitación, o Autocensura.   Verbigracia, hoy, por ejemplo, en Caracas, vivimos toques de queda sin que estén decretados, manejamos criterios de circulación restringida y evitamos visitar lugares que, formalmente, no están vedados. Etcétera. Hemos construido nichos multidimensionales representados, por una parte, por las cuatro paredes de nuestras casas en las que desde temprano nos recluimos. Nuestras relaciones humanas casi se limitan a los miembros de nuestra familia nuclear ­–siempre que no estén sus miembros chateando o twitteando, cada quien desde su cápsula de blackberry, humillados ante la tecnología, mientras, esporádicamente se dirigen alguna mirada entre sí estando sentados alrededor de la mesa del salón de casa-. Añadimos a algunos colegas de trabajo y, luego, a los grupos de “amigos” de quienes a cada rato nos llega una actualización, casi siempre banal, vía facebook u otro equivalente al que accedemos, siempre, a través de la única ventana a la que ahora vivimos asomados: la de la pantalla de nuestro computador. 

A nuestros amigos de carne y hueso, los vemos esporádicamente y cuando el tráfico nos lo permite.

Hemos trocado Comunicación por Información. Hemos canjeado esencia por frecuencia. Hemos ensanchado y comunizado el horizonte geográfico público, pero inhibido y privatizado nuestros caminos interiores. 

¿Con qué nos habremos topado? ¿Será que la numerosidad de los contactos de nuestra red juega en proporción inversa a nuestro propio umbral de soledad?
UNETE



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