Vuelta a Venezuela en 15 días - Primera parte

Crónica de la primera Vuelta a Venezuela

 

. Su mirada atraviesa la fogata a orillas del río Capanaparo y recuerda que hace apenas dos semanas estaba en la India viendo como una hoguera similar convertía en polvo un cuerpo inerte.

 

Es inevitable que pase por su mente que ya sobrepasó los 40 años de edad y que su escuela de fotografía ya lleva 15 años enderezándole la mirada a más de un aspirante a  convertir un clic en obra perdurable.

 

Cerca se escuchan las risas de parte del grupo que hace una semana se embarcó en la aventura que ideó junto a su compadre Julio Estrada, quien quiso emular a su tocayo Julio Verne en eso de recorrer un territorio en pocos días. El mundo en este caso sería Venezuela y los 80 días se convertirían en 15.

 

Las estrellas que compiten allí por un pedazo de cielo le hacen un guiño, le dicen que descanse, que lo está haciendo bien, que no se asuste. Extraña a Julio quien no pudo embarcarse en su propio sueño por estar convaleciente de una operación de columna. El apoyo de éste coordinando la logística de los hospedajes desde Caracas fue decisivo para el buen desarrollo de la empresa.

 

Ahora Roberto agradece haber estudiado humanidades en un salón donde el único hombre era él, pues aprendió a lidiar con las veleidades del sexo femenino. Es que el grupo que decidió efectuar esta expedición fotográfica no es fácil. “Por ser tan diferentes seguro que lograran soportarse, pero por cuánto tiempo”, se pregunta mientras observa a Iván “Crispín” Calderón dirigiéndose a su carpa en uno de los extremos del campamento, que bien podría compararse con el primer día de la serie Lost.

  

Crispín es uno de los mejores montañistas no sólo de Venezuela sino del mundo. Esto anima a Roberto quien piensa que una persona que es capaz de escalar el más agreste de los tepuyes de seguro lo ayudará a lidiar con las inconformidades de un grupo tan variopinto de fotógrafos. Veinte inquietos aventureros que poco a poco dejarían atrás sus miedos de turista para encontrar – ya para siempre- su alma de viajero.

 

Y es que no hay mayor placer que mostrar a los demás lo que nos ha maravillado. Y Roberto se enorgullece de conocer Venezuela y de coleccionar más de un lugar secreto que muestra con alegría a sus alumnos, como el niño que le lleva a sus amigos las nuevas canicas que ha logrado ganar para luego ponerse a jugar con ellos.

 

El cansancio acumulado de la travesía por India y Nepal; la concentración al manejar en la neblina cerrada del bosque de san Eusebio o en el escarpado sendero de Los Nevados; y la noticia de que el puente de acceso a la posada que los albergaría en el delta se había hundido hacen mella al fin en el cuerpo de Roberto. Se acuesta exhausto sobre la arena mirando fijamente la bóveda celeste.

 

Una sonrisa se le dibuja en el rostro; es la misma que se le forma cuando logra capturar la toma perfecta en una de sus sesiones fotográficas. Al fin la paz se acostó con él y logró conciliarse con el sueño.

UNETE



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