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Epístolas a Séneca XIII. Libros


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17/11/2018

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Es conveniente insistir y nutrirse de ciertos ingenios, si quieres captar algo que permanezca firmemente en tu alma1.


Hay una imagen de mi juventud, querido Séneca, que no se me borra de la memoria por muchos años que pasen. Se me aparece, además, de vez en cuando como una lejana fotografía que va perdiendo los contornos y los colores; pero a la que, al mismo tiempo, siempre puedo contemplar como si estuviera igual, como si no hubieran pasado los días por ella. Es algo extraño, desde luego. Pues el tiempo sí que pasa por mí, que la veo, a veces, con un toque de melancolía, con sorpresa otras; y las más, absorto, sin pensar en nada. Ahí está. Transformada y siempre igual.

Estoy sentado en un rincón de un amplio y destartalado comedor rural, en una simple butaca playera, con tela de colores; el sol entra a raudales. Acabo de terminar la lectura de un libro, no recuerdo cual, de la famosa colección Austral. Esta colección, inseparable de mis primeros años de lector, tenía un bien nutrido índice de los libros publicados por dicha editorial al final de cada volumen. Yo lo repasaba una y otra vez buscando nuevas aventuras, nuevas lecturas. Y siempre me detenía en un título. Estaba al final del índice, dado el apellido del autor. Aquel título me atraía. Y, sin embargo, nunca compré dicho libro, y nunca lo leí. No sé porqué.

Ignoro, además, cuándo leí, por vez primera, una obra de aquel autor. Muchos años después, desde luego. Cuando ya habían desaparecido de mi vida la butaca playera, y el comedor rural. Cerrado el libro, al cabo de unos cuantos años, no sentí nada especial por él, tal vez porque no estaba de moda, o tal vez porque “de joven leía “para hacer ostentación”, para hacer gala de conocimientos y alardear de ellos; más adelante, para ser un poco más sabio, y ahora simplemente por placer, nunca por el beneficio.”2

Creo recordar que fue una amiga, con motivo de unas Navidades o de cualquier otro evento, quien me regaló el primer libro que tuve de Stefan Zweig. Como ya he dicho, no le presté mucha atención en una primera lectura, cosa que me ha sucedido, también, con otros autores. No obstante, no tardé en volver sobre ese regalo. Y entonces sí, entonces me sentí tan cautivado por Stefan Zweig que, poco a poco, me he ido haciendo con todos sus libros, y con alguna que otra biografía sobre él. Me quedé anonado cuando me enteré de que se había suicidado, lo cual, querido Séneca, me hizo acordarme inmediatamente de ti. Sí, por muy diferentes que fueran las causas y los motivos.

Y me vi, otra vez, sentado en la butaca playera, extasiado ante el índice donde figuraba el libro de Zweig, que tanto me atraía, La curación a través del espíritu.

Fue Stefan Zweig un espíritu libre e independiente. Tuvo además la fortuna, muy acertada por cierto, de poder vivir, muy bien, de la literatura. La verdad es que, desde mi modesto punto de vista, se lo mereció: sus libros son una verdadera maravilla, no sólo de escritura sino de sagacidad, de penetración y de elegancia. Y de tolerancia. Tiene Zweig ese don de atisbar la intimidad de un personaje, don que me recuerda, y mucho, al que despliega Tácito en su Historias o en su Vida de Agrícola. Y al igual que tú, vivió en una época ruin, más ruin que la tuya, y bajo el imperio del miedo, de la brutalidad y de la muerte; del odio al otro, y al libro, por supuesto. Fue eso, y el temer por su vida, lo que le obligó a emigrar, a abandonar su casa donde tantos recuerdos del pasado, de músicos, pintores y autores, había amontonado. Escapó de las garras del nazismo. Pero este, de una u otra forma, lo persiguió. O eso creyó él.

Temió en Brasil, su último refugio, que incluso allí, tan lejos de Alemania, iba a ser alcanzado por la bestia, así que junto con su mujer puso fin a su vida. Creo, con Thomas Mann, que no hubo necesidad de ello. Eso no impidió, desde luego, que me llenara de tristeza su muerte, acaecida antes de que yo naciera.

Leer sus libros siempre es un placer para mí.

Suelo ir poco por las librerías: ver tantos libros me marea. No soporto estar en ellas más allá de media hora. Además, cada día confío más en mi instinto, en la llamada de la estantería, por decirlo de alguna manera. Hace algún tiempo, paseando por entre los estantes de una librería repleta a rebosar, sin saber cómo ni porqué, mis ojos se fijaron en un libro, descatalogado, y vendido a un precio irrisorio. Era ni más ni menos que una semblanza de Michel de Montaigne, escrita por Jorge Edwards. Al primero lo conocía, no así al segundo.

A Michel de Montaigne me condujo Azorín. Tuve una primera edición de los Ensayos publicados con una letra infame, ilegible ahora, aunque entonces, la juventud todo lo puede, los leí enteros. Algunos capítulos del libro me gustaron y otros me aburrieron, pese a la admiración que sentía Azorín por ellos. Fue años después cuando descubrí a Montaigne, cuando me compré otra edición, y cuando lo leí con fruición disfrutando de cada una de sus páginas. Y ya, desde entonces, no he dejado de leerlo una y otra vez. No obstante, querido Séneca, tengo que decirte que mi memoria, por desgracia, deja mucho que desear, carece de la más mínima retención: puedo leer los Ensayos una y otra vez como si fuera la primera vez que lo hago. Cosa que volví a hacer en tanto leía el librito, conseguido por un euro, de Jorge Edwards.

Hasta hace muy poco he sido un ferviente lector de periódicos, y un visitante asiduo de las noticias en televisión. Leía diversos periódicos y veía distintas cadenas televisivas. Pero siempre era, y es, uno y lo mismo: un infecto lodazal en el que nos han metido, y se han metido, nuestros políticos, jueces y periodistas. Apestoso y bochornoso. Nada más deprimente, pues, que oír las noticias y oírlos a ellos. Ni un debate sobre sanidad, educación, justicia, el precio de la luz, un intento de mejora de la vida de los ciudadanos… Nada. Todo, como en un barrio de chabolas de una novela realista, son insultos, descalificaciones, basura, desperdicios, inmundicia y actitudes chulescas trufadas de la más pura hipocresía. Sólo falta el chasquido de cualquier navaja herrumbrosa hundiéndose en las tripas de alguien. Tanto es así que, por muy cansado que esté, prefiero más seguir leyendo, aunque no me entere muy bien de lo que pasa ante mis ojos, que conectar la televisión o consultar los periódicos.

Por eso fue una enorme alegría cuando, el otro día, buscando un libro de Cicerón, agotado y desaparecido en este país de lengua románica, en castellano, desde luego, porque buscar libros en latín aquí es pedir cotufas en el golfo, me encontré con uno de Stefan Zweig. Y la alegría fue doble al comprobar que dicho libro se titula Montaigne. No hace falta que te diga que me faltó tiempo para cogerlo, pagarlo y venirme a casa.

Zweig, como siempre, pone al servicio del biografiado, y, por supuesto, del lector, su aguda capacidad de observación, y de fino y culto lector. Cabe añadir a eso la atracción que tuvo para él la figura del ensayista francés. Fue, como él, un espíritu independiente, consagrado al estudio de su propia persona en unos tiempos de ira y de cólera. Mantener la ecuanimidad en medio de una terrible guerra de religiones fue toda una heroicidad por parte de Montaigne.

Tuvo este la suerte, nacido en pleno humanismo, de recibir una educación más que envidiable: su padre le proporcionó un tutor que le hablaba en latín las veinticuatro horas del día3. Y hasta los domésticos del castillo familiar estaban obligados, mal que bien, a utilizar la lengua de Séneca y Cicerón para dirigirse al niño. La lengua materna de Michel de Montaigne fue el latín. Y su conocimiento de los clásicos total: sus Ensayos están trufados de citas en latín de los autores más diversos. Tú, querido Séneca, ocupas un lugar bastante destacado en dicha obra.

Montaigne aprendió el latín sin esfuerzo, tal como se aprende la lengua materna: así lo quiso su padre: “Este método de hacer aprender latín a su hijo sin esfuerzo, sin libros y como un juego, no es sin embargo más que una consecuencia de la tendencia general y deliberada de educar a los hijos sin causarles la menor pena y, al contrario de la rígida educación de la época, que inculca estrictos principios a golpes de bastón, tratar de interesarlos y formarlos según sus inclinaciones personales”.4

Nada se hizo provocando molestias al infante. Y eso, y así lo reconoce Zweig, no deja de ser un inconveniente, que superó con creces la naturaleza de Michel: “Una educación tan individualizada, en la que nada se prohíbe al niño y se da vía libre a todas y cada una de sus inclinaciones, es una experiencia no exenta de peligros, pues eso de estar tan mal acostumbrado a no encontrar nunca oposición y no tener que someterse a ningún tipo de disciplina deja a un niño la posibilidad de cultivar todos sus caprichos tanto como sus vicios innatos”.5

Montaigne es consciente de ello: “Mi virtud es una virtud, o una inocencia, para decirlo mejor, accidental y fortuita. Si hubiese nacido con un temperamento más desordenado, me temo que habría ido lamentablemente”.6

No dice nada de hasta qué punto también ese carácter fue moldeado por las lecturas de los clásicos romanos y de sus ideales. Zweig insiste en los beneficios de esa educación: “quien en la infancia ha conocido todavía inconsciente la voluptuosidad y los beneficios de la libertad, nunca los olvidará ni los perderá”.7

Y es en este punto donde confluyen la vida del biógrafo y del biografiado, unas líneas en las cuales se explica todo: el afán de Montaigne por preservar su yo íntimo, y el de Zweig por su libertad: “Para poder apreciar la libertad hay que haber conocido la coerción, y la oportunidad para ello se le presenta muy pronto, cuando, a los seis años, es enviado al colegio de Burdeos, donde permanece hasta los trece.”8

Allí es sometido a una disciplina férrea, que evoca recordando palabras de Quintiliano: “Así como las plantas se ahogan por un exceso de agua y las lámparas por un exceso de aceite, lo mismo le ocurre a la acción del espíritu por exceso de estudio y de materia”.9

Compárese con lo que dice el propio Quintiliano: “son [los niños] como pequeñas vasijas de boca angosta que escupen el líquido cuando se vierte en ellas con profusión, pero lo reciben si se instila gota a gota”.10

Montaigne nunca olvidará su aprendizaje, profundizará en él. Y nada habrá más precioso ni estimado que su propia libertad, su continuo indagarse ensayo tras ensayo. Y nada habrá más preciado para Zweig que esa libertad, ese humanismo que teme perder, a manos de los nazis, y por lo cual recurre a la muerte. Sirva como colofón de uno y otro, unas bellísimas palabras de Michel de Montaigne:

“Ni siquiera quien me viese hasta el interior del alma me encontraría culpable ni de la aflicción y ruina de nadie, ni de venganza o envidia, ni de ofensa pública, ni de innovación y tumulto, ni de infidelidad a mi palabra, y pese a cuanto la licencia de la época permite y enseña a todos, no he metido la mano ni en los bienes ni en la bolsa de francés alguno, y no he vivido sino de la mía, en la guerra como en la paz, y no me he servido del trabajo de nadie sin salario… Yo tengo mis leyes y mi tribunal para juzgarme”.11

No cabe añadir más. Stefan Zweig y Michel de Montaige son la bocanada de aire fresco en este lodazal hispánico en el que estamos sumidos. Vale.





1Certis ingeniis immorari et innutriri oportet, si velis aliquid trahere quod in animo fideliter sedeat. Séneca, Epístolas morales a Lucilio, I, 2, 2



2Stefan Zweig, Montaigne, Barcelona 2017. Traducción de J. Fontcuberta, p. 60



3Pero la llave de este reino espiritual es en el siglo del Humanismo, el latín, por lo que el padre de Montaigne decide poner en manos de su hijo este instrumento mágico lo antes posible. Setefan Zweig, Montaigne, p. 37



4Ibídem, p. 39



5Ibídem, p. 40



6Ibídem, p. 40



7Ibídem, p. 41



8Ibídem, p. 41



9Ibídem, p. 42-43



10Juan Luis Vives, Las disciplinas, III volúmenes. Valencia, 1997. Traducción de Luis Pomer Monferrer, II, p.90



11Stefan Zweig, Montaigne, p. 110



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Etiquetas:   Educación   ·   Libros   ·   Libertad de Pensamiento

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