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El sabio, querido Séneca, un
espécimen tan difícil de hallar como un unicornio, podrá ser
inmune a los golpes de los adversarios o de los enemigos, puesto que,
así lo dices, es más fuerte que ellos; pero, no sé si por
desgracia o por suerte, vivimos en una sociedad en la que todo, una
debilidad, un error, una simple necedad, y no digamos nada de la
maldad, se airea y se repite una y otra vez, hasta la saciedad, y con
fines nada honestos ni virtuosos. Lo que se busca con ello, por
supuesto, es hacer daño a la persona, llamémosle el sabio, a quien
se nombra a toda hora y en todo se lugar: se trata, evidentemente, de
desprestigiarla, a veces con medias verdades, otras con medias
mentiras, las más proclamando debilidades, problemas o
interpretaciones de conversaciones o comentarios más o menos
desafortunados. Un auténtico lodazal.
Hace
tiempo, querido Séneca, me llenó de vergüenza ajena ver repetido,
en la televisión, una y otra vez, un vídeo de una señora dedicada
a la política. En el vídeo se veía cómo dicha señora robaba dos
botes de crema, y era obligada a pagarlos. Pensé, y lo sigo
haciendo, que esta mujer, con dinero más que suficiente para
comprarse la fábrica de tarros de crema, tenía un serio problema. Y
no me pareció nada digno ni honesto airearlo como se estaba
haciendo. Indudablemente fueron más deshonestos y miserables quienes
guardaron ese vídeo durante años, y quienes lo difundieron, en el
momento adecuado, que la señora que robó los dos absurdos botes de
crema. Fue penoso. Todo se justificó, desde luego, en nombre de ese
nuevo dios: la libertad de expresión. Está muy bien dicha expresión
cuando está regulada por dos dedos de sentido común y no por
intereses bastardos o por venganzas. Hemos llegado a un momento en el
que parece que, en política, y en la vida social, todo vale. Por mor
de la libertad de expresión. Esperemos que no metan el asesinato en
el cupo.
Lo
primero que llama la atención, en estos burdos intentos de
desprestigiar a una persona, es la hipocresía reinante. Como tú
mismo dices, “la credulidad hace mucho daño”.
Y si bien en tu época la credulidad se ganaba repitiendo una cosa,
noticia o rumor o lo que fuera, una y otra vez, hoy, que se sigue
haciendo lo mismo; se cuenta, además, con las imágenes, las
grabaciones, y todo tipo de artefactos. Antes, el incriminado podía
alegar y discutir que él no había dicho lo que le achacaban.
Palabra contra palabra; pero ahora, por desgracia, está la imagen,
el sonido; y eso hace que la información sea casi incuestionable.
¿No se puede manipular una grabación o una película? ¿Acaso no
hay maestros en crear efectos especiales y poner fantasmas donde no
hay sino decorados?
Es
probable, pese a todo, que la persona grabada o cuestionada, no
merezca ocupar el puesto que ocupa, políticamente hablando. ¿No hay
otros mecanismos para desalojarla del poder? Sin duda que los hay.
Pero el problema, vuelvo a insistir en ello, es una democracia
defectuosa que se alimenta de unos partidos políticos, donde hay
gente con todo tipo de intereses, que han sido creados, y son
sustentados, para llegar al poder y mantenerse en él. Y llegar al
podium,
o desalojar al rival, tal vez al enemigo, todo lo justifica. Curioso:
pocos ministros han sido apartados de su ministerio por incompetentes
o por realizar una pésima gestión. Ahora bien, una posible
enfermedad psíquica, o unas declaraciones insustanciales durante una
comida, son motivo para escandalizar al partido en la oposición, y
para que todo el mundo se rasgue las vestiduras. Al mismo tiempo se
presentan ellos como quienes son incapaces de hacer semejantes cosas.
Dime de qué presumes y te diré de qué careces, reza un famoso
refrán popular.
Y de esta forma se justifica que un
ministro del interior, y no lo costó el puesto por ello, no dimita,
ni lo dimitan aun cuando estaba conspirando, difundiendo noticias
falsas, para anular y desprestigiar a los miembros de la oposición.
Y encima dice el dicho ex ministro que es creyente. No sabemos en
qué. Algunos partidos políticos, con sus ambiciones y sus ansias de
poder, han convertido la democracia en un verdadero lodazal.
Recuerdo,
querido Séneca, un pequeño fragmento de una fábula, creo, que nos
ponía el profesor, cuando comencé a estudiar latín, para que la
tradujéramos. Se me quedó grabada la parte más importante: se
contaba en ella que Júpiter nos dio dos alforjas, peras
imposuit Iuppiter nobis duas. En
una, la que llevamos delante, van los defectos ajenos; y en la otra,
la que cargamos sobre nuestras espaldas, los defectos propios.
Siempre tenemos ante los ojos, pues, aquello que hacen nuestros
vecinos o rivales. Y lo nuestro, tras el cogote, ni lo vemos ni
tenemos ganas de verlo.
Y
está todo tan podrido, tan corrompido, que la vida política del
país ha quedado reducida a un patio de vecindad con muchos rencores
y ninguna educación: día sí y día también se acusa a alguien,
entre políticos anda el juego, de esto, de aquello o de lo más
allá. Y por regla general dichas acusaciones poco o nada tienen que
ver con la labor que desempeñan. Cuando si que tienen que ver, meros
escándalos, merecería, por ellas, quien las ha hecho, el despido.
Pero, claro, si lo hace uno de los nuestros, y se puede tapar, se
tapa… Evidentemente a un político se le debe exigir una cierta
ética; pero a todos, y por igual. No pueden unos, como hacen, pedir
la cabeza de este porque ha cometido una supuesta irregularidad, y
proteger la del otro porque “es de los nuestros”, o porque así
lo demandan intereses nada claros, o un tipo de democracia que, desde
luego, deja muchísimo que desear. Tú, querido Séneca, lo dijiste
mucho mejor: “las mismas cosas aprobamos y las mismas cosas
criticamos; este es el resultado de todo juicio en el que se emite el
fallo siguiendo a la mayoría”.
En
el caso de la política española no es que se siga el criterio de la
mayoría, al menos cuando no interesa, o cuando se sabe que el
resultado no va a ser el buscado y deseado por el inefable amigo
americano. Lo que se hace, y de ahí el enorme papel de las
televisiones y de los medios de comunicación, es tratar de crear un
estado de opinión que conduzca a la gente a votar a quien, ante una
determinada situación, se erige en modelo de transparencia,
veracidad y honestidad, cuando es todo lo contrario. Será verdad o
mentira su transparencia; pero por si acaso quedara alguna duda, los
honestos políticos ya se las apañan, y muy bien por cierto, para
poner en los tribunales a los jueces que los tienen que juzgar en
caso de cualquier fallo, de cualquier grabación o delito innegable.
Do
ut des. Y
aquí paz y allá gloria. Y luego proclamamos que la Justicia, así,
con mayúscula, es igual para todos. De risa. Ya se sabe: Juppiter
nobis duas peras imposuit nobis. Y
al que dios se la da, san Pedro se la bendiga.
De
nada vale, evidentemente, invocar la honestidad, la justicia y demás
zarandajas ante políticos, jueces y periodistas de esta calaña.
Hasta se está aprovechando, y es un paso más en este lodazal de
corrupción, grabaciones que hizo un policía a todo tipo de
personas. Con la finalidad, por supuesto, jugando con la credulidad,
de extorsionar, chantajear y salirse con la suya. Y en lugar de
aprovechar las grabaciones para limpiar las cloacas se utilizan, cómo
no, para desprestigiar, al igual que los tarros de crema, al rival
político. Y sí, todos practican aquello de que el fin justifica los
medios. Y el fin no es otro que el propio interés. Disfrazado, por
supuesto, con ese traje que lo soporta todo: la libertad de
expresión. La virtud se ha exiliado de nuestra tierra, querido
Séneca. Lo malo de todo esto es que nadie puede exiliarse a la
aristofanesca ciudad de los pájaros. Vale.
Vt
tela a duro resiliunt et cum dolore caedentis solida feriuntur, ita
nulla magnum animum iniuria ad sensum sui adducit, fragilior eo quod
petit. Séneca, Sobre la ira, 5,
8
Plurimum
mali credulitas facit, Sobre la ira, II,
24
eadem
probamus, eadem reprehendimus; hic exitus est omnis iudicii in quo
secundum plures datur. Séneca, Sobre la vida feliz, I,5
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