. Séneca,
Sobre
la ira.
No
voy a disertar ahora sobre si existe o no la casualidad, pues, dado
todo cuanto está sucediendo, me parece una discusión irrelevante.
Ahora bien, no deja de ser significativo que, en un mismo día, haya
leído, cosas del destino sin duda, la biografía de Cómodo, el
depravado hijo del emperador filósofo Marco Aurelio, autor de las
famosas Meditaciones,
y
la ejecución de Charlier. Este último fue un sacerdote que colgó
los hábitos para dedicarse en cuerpo y alma a predicar las máximas
de la revolución francesa. Su exaltación lo llevó a las cárceles
de Lyon, de donde fue a parar a la plaza pública. Le cabe el macabro
honor de haber sido el primer “guillotinado” de la revolución
francesa. Las comillas de guillotinado se deben a que como la máquina
todavía no funcionaba muy bien, su ejecución se convirtió en un
tormento miserable y sangriento: hasta tres veces cayó la hoja de
acero sobre su cabeza sin conseguir matarlo. Finalmente, el verdugo,
ante tan miserable y depravado espectáculo, lo decapitó de un
sablazo.
Tras esta ejecución, y como es bien
sabido, la máquina, engrasada y puesta a punto con tan macabro
ensayo, ya no dejó de funcionar. Y lo hizo con tanta eficacia que
hasta los nazis la adoptaron tres siglos después. Hay cosas que
nunca mueren. La pena de muerte es, al parecer, una de ellas. Y no
entiendo, en serio, por qué no se utiliza la guillotina en los
estados donde todavía existe la pena capital: dicen los entendidos
que es más eficaz, y rápida, que la inyección letal o la silla
eléctrica. Sin duda, imagino, el ser relegada se debe al inevitable
derramamiento de sangre que provoca. Es una pena que el doctor
Guillotin no inventara una máquina que, al mismo tiempo, que
separaba la cabeza del tronco, cortara la hemorragia producida por la
herida. Sería la máquina perfecta.
Por
la misma razón, me parece, ya no se fusila al reo. La última
ejecución por este método, en Estados Unidos, fue denunciada como
una salvajada: demasiada sangre. Yo, por cuestión de meses -sí,
hice el servicio militar obligatorio- me libré de asistir a la
ejecución de un pobre chico. Mató a dos ancianas por dos paquetes
de tabaco. Fue fusilado en un campo de tiro. La tierra, seca, se
tragó la sangre. Retirado el cadáver, resultó menos escandalosa.
El fusilamiento también es una ejecución rápida; pero, claro, hay
glóbulos rojos fuera de órbita. El dichoso derramamiento de sangre
se ha convertido en un tabú para la ley. Y la horca parece muy ruda
y primitiva.
Cómodo,
al igual que los otros emperadores romanos, o quienes les ayudaban en
sus tareas de limpieza, no se preocuparon mucho, al parecer, por el
sufrimiento del reo. Todo lo contrario: muy a menudo, el tormento, la
muerte, se alargaba a fin de servir de distracción a un público
ávido de sangre y de emociones fuertes. De ahí las crucifixiones y
otras lindezas.
Ahora
bien, lo terrible de Cómodo, y de otros emperadores de su calaña,
no es ya la ejecución en sí, si no la enorme cantidad de asesinatos
cometidos en sus años de poder. Si damos crédito a la Historia
augusta, nadie
en Roma estaba seguro cuando gobernaron. Y, por supuesto, si estos
emperadores aguantaron en el trono fue porque a su alrededor se creó
un grupo de personas que se beneficiaban con esos asesinatos, cuando
no los propiciaban ellos mismos. Pero, claro, nadie está libre con
unas personas tan volubles. Así que, al final, también ellos fueron
ejecutados, o se tuvieron que ejecutar. Siempre, por supuesto, a
escondidas del público.
Todas
estas salvajadas, para acabar de amargarme el día, o la semana, o el
mes, se han unido a la noticia del avance de la caravana de
emigrantes que recorriendo ya México lindo, donde parte de sus
integrantes han sufrido extorsiones, robos, violencia y hasta
muertes, está a mil kilómetros de Estados Unidos. Este país es la
meta de la desesperada gente que compone la caravana.
Nadie
emigra por gusto, desde luego. Al emigrante siempre lo empuja el
deseo de mejorar de vida. La vida que tiene que abandonar es, por
supuesto, una vida de miseria, de trabajo, de humillaciones, de
pobreza y de muerte. En muchas ocasiones esa pobreza, esa carencia de
lo más elemental, ha sido provocada por la ambición de los
poderosos, por esquilmar las tierras que no se debía, y por
considerar a ciertos seres humanos algo menos que bestias de carga.
Es
preocupante, muy preocupante, cuanto está sucediendo con dicha
caravana de emigrantes. Apenas, no obstante, si dicha caravana tiene
cabida en los periódicos de España, o en las televisiones, que,
cómo no, están enredadas en casos de corrupción, de grabaciones
policíacas a políticos más que deshonestos, a másters
fraudulentos, a banderas y banderías, y a unos procesos judiciales
que, en buena lógica, jamás se tenían que haber producido. Pero,
cómo no, con ello se pensaba arañar votos, seguir en el poder. Y
estando bien yo, como diría Cómodo, córtese el cuello a quien me
puede hacer simpático. Pero, si es posible, sin derramamiento de
sangre. Eso es muy escandaloso.
Es
todo preocupante, muy preocupante. Y no sólo porque muchas personas
sean utilizadas como animales de carga. Sino porque se les recuerda
también, a los susodichos animales, que no tienen derecho a ocupar
otras tierras, cuando las que ocupan ellos han quedado estériles,
dado que las otras tienen otros dueños. Aunque estos, a su vez, se
las arrebataran a otras personas, que, claro está, eran salvajes, y
no merecían poseer esas tierras que el Señor creó para quien
supiera aprovecharlas. Los colonos, por supuesto.
Sea
por el cambio climático, por la continua explotación, sin piedad, a
la que es sometido el campesino, por la violencia y las guerras, por
las extorsiones, por las sequías, por el hambre, o por lo que sea,
ya hace mucho tiempo que se están produciendo muchos movimientos
migratorios. Nada nuevo bajo el sol: el hombre siempre se ha movido
en busca de una vida mejor. No obstante, y ya en el Imperio Romano,
los emigrantes, por regla general tan violentos como las mismas
legiones, aunque peor armados, no eran bien recibidos. Lo mismo
sucede ahora. Y si antes, con ellos, con los bárbaros de las
fronteras, los generales, o los emperadores, tenían una excusa para
enriquecerse ellos y enriquecer al senado, ahora lo mismo se ha
convertido en arma electoral con la que ganar votos y mantenerse en
el poder. Afortunadamente, al menos en los países civilizados, las
olas migratorias no provocan baños de sangre. Por ahora.
Y
tal vez sea una casualidad; pero me ha puesto los pelos de punta que
la lectura de la ejecución de Charlier, y la vida de Cómodo, haya
coincidido con la lectura de una noticia proveniente de los Estados
Unidos. Al parecer el cómodo y simple presidente de este enorme país
va a enviar al ejército a defender la frontera contra la caravana de
emigrantes. Y ha dado orden de disparar si los emigrantes lanzan
piedras, ¿habrá piedras para todos?, o bolsas de papel. Increíble.
No obstante la frontera, según he visto en alguna que otra película,
es tierra baldía y reseca, así que absorberá la sangre
rápidamente. Y además, si lo retransmiten las televisiones
utilizando una luz muy cruda, igual ni se ve el dichoso líquido.
Pero
lo más terrible de todo es que al ejército se van a unir grupos de
civiles armados para defender su tierra. Cómodo debe de estar
saltando de alegría en su tumba. Ni el circo romano en sus mejores
años. ¿Se va a consentir semejante salvajada en estos tiempos?
¿Nadie lo va a atajar? ¿Qué van a hacer con los que no mueran por
efecto de las balas? ¿Guillotinarlos? ¿No queda un poco de sentido
común en la sociedad actual? Creo que hay riqueza más que
suficiente para repartirla entre todos. Creo. Tal vez falte voluntad.
Y no deja de ser significativo que triunfe la insolidaridad en los
países más ricos. Si no fuera todo tan triste y miserable sería
para cantar aquello de santa Rita, santa Rita lo que se que roba no
se quita. ¿Habrá alguna vez solidaridad entre los humanos?
Sobre
la biografía de Cómodo, véase Historia
augusta, Akal
clásica, Madrid, 1989. Edición y traducción de Vicente Picón y
Antonio Gascón, ps. 173-196. Sobre Charlier, Stefan Zweig, Fouché,
retrato de un hombre político. Acantilado,
Barcelona, 2018. Traducción de Carlos Fortea, ps. 47-49.
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