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Caravana


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06/11/2018

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Quien se dispone a hacer un ultraje ya lo está haciendo. Séneca, Sobre la ira.


No voy a disertar ahora sobre si existe o no la casualidad, pues, dado todo cuanto está sucediendo, me parece una discusión irrelevante. Ahora bien, no deja de ser significativo que, en un mismo día, haya leído, cosas del destino sin duda, la biografía de Cómodo, el depravado hijo del emperador filósofo Marco Aurelio, autor de las famosas Meditaciones, y la ejecución de Charlier. Este último fue un sacerdote que colgó los hábitos para dedicarse en cuerpo y alma a predicar las máximas de la revolución francesa. Su exaltación lo llevó a las cárceles de Lyon, de donde fue a parar a la plaza pública. Le cabe el macabro honor de haber sido el primer “guillotinado” de la revolución francesa. Las comillas de guillotinado se deben a que como la máquina todavía no funcionaba muy bien, su ejecución se convirtió en un tormento miserable y sangriento: hasta tres veces cayó la hoja de acero sobre su cabeza sin conseguir matarlo. Finalmente, el verdugo, ante tan miserable y depravado espectáculo, lo decapitó de un sablazo1.

Tras esta ejecución, y como es bien sabido, la máquina, engrasada y puesta a punto con tan macabro ensayo, ya no dejó de funcionar. Y lo hizo con tanta eficacia que hasta los nazis la adoptaron tres siglos después. Hay cosas que nunca mueren. La pena de muerte es, al parecer, una de ellas. Y no entiendo, en serio, por qué no se utiliza la guillotina en los estados donde todavía existe la pena capital: dicen los entendidos que es más eficaz, y rápida, que la inyección letal o la silla eléctrica. Sin duda, imagino, el ser relegada se debe al inevitable derramamiento de sangre que provoca. Es una pena que el doctor Guillotin no inventara una máquina que, al mismo tiempo, que separaba la cabeza del tronco, cortara la hemorragia producida por la herida. Sería la máquina perfecta.

Por la misma razón, me parece, ya no se fusila al reo. La última ejecución por este método, en Estados Unidos, fue denunciada como una salvajada: demasiada sangre. Yo, por cuestión de meses -sí, hice el servicio militar obligatorio- me libré de asistir a la ejecución de un pobre chico. Mató a dos ancianas por dos paquetes de tabaco. Fue fusilado en un campo de tiro. La tierra, seca, se tragó la sangre. Retirado el cadáver, resultó menos escandalosa. El fusilamiento también es una ejecución rápida; pero, claro, hay glóbulos rojos fuera de órbita. El dichoso derramamiento de sangre se ha convertido en un tabú para la ley. Y la horca parece muy ruda y primitiva.

Cómodo, al igual que los otros emperadores romanos, o quienes les ayudaban en sus tareas de limpieza, no se preocuparon mucho, al parecer, por el sufrimiento del reo. Todo lo contrario: muy a menudo, el tormento, la muerte, se alargaba a fin de servir de distracción a un público ávido de sangre y de emociones fuertes. De ahí las crucifixiones y otras lindezas.

Ahora bien, lo terrible de Cómodo, y de otros emperadores de su calaña, no es ya la ejecución en sí, si no la enorme cantidad de asesinatos cometidos en sus años de poder. Si damos crédito a la Historia augusta, nadie en Roma estaba seguro cuando gobernaron. Y, por supuesto, si estos emperadores aguantaron en el trono fue porque a su alrededor se creó un grupo de personas que se beneficiaban con esos asesinatos, cuando no los propiciaban ellos mismos. Pero, claro, nadie está libre con unas personas tan volubles. Así que, al final, también ellos fueron ejecutados, o se tuvieron que ejecutar. Siempre, por supuesto, a escondidas del público.

Todas estas salvajadas, para acabar de amargarme el día, o la semana, o el mes, se han unido a la noticia del avance de la caravana de emigrantes que recorriendo ya México lindo, donde parte de sus integrantes han sufrido extorsiones, robos, violencia y hasta muertes, está a mil kilómetros de Estados Unidos. Este país es la meta de la desesperada gente que compone la caravana.

Nadie emigra por gusto, desde luego. Al emigrante siempre lo empuja el deseo de mejorar de vida. La vida que tiene que abandonar es, por supuesto, una vida de miseria, de trabajo, de humillaciones, de pobreza y de muerte. En muchas ocasiones esa pobreza, esa carencia de lo más elemental, ha sido provocada por la ambición de los poderosos, por esquilmar las tierras que no se debía, y por considerar a ciertos seres humanos algo menos que bestias de carga.

Es preocupante, muy preocupante, cuanto está sucediendo con dicha caravana de emigrantes. Apenas, no obstante, si dicha caravana tiene cabida en los periódicos de España, o en las televisiones, que, cómo no, están enredadas en casos de corrupción, de grabaciones policíacas a políticos más que deshonestos, a másters fraudulentos, a banderas y banderías, y a unos procesos judiciales que, en buena lógica, jamás se tenían que haber producido. Pero, cómo no, con ello se pensaba arañar votos, seguir en el poder. Y estando bien yo, como diría Cómodo, córtese el cuello a quien me puede hacer simpático. Pero, si es posible, sin derramamiento de sangre. Eso es muy escandaloso.

Es todo preocupante, muy preocupante. Y no sólo porque muchas personas sean utilizadas como animales de carga. Sino porque se les recuerda también, a los susodichos animales, que no tienen derecho a ocupar otras tierras, cuando las que ocupan ellos han quedado estériles, dado que las otras tienen otros dueños. Aunque estos, a su vez, se las arrebataran a otras personas, que, claro está, eran salvajes, y no merecían poseer esas tierras que el Señor creó para quien supiera aprovecharlas. Los colonos, por supuesto.

Sea por el cambio climático, por la continua explotación, sin piedad, a la que es sometido el campesino, por la violencia y las guerras, por las extorsiones, por las sequías, por el hambre, o por lo que sea, ya hace mucho tiempo que se están produciendo muchos movimientos migratorios. Nada nuevo bajo el sol: el hombre siempre se ha movido en busca de una vida mejor. No obstante, y ya en el Imperio Romano, los emigrantes, por regla general tan violentos como las mismas legiones, aunque peor armados, no eran bien recibidos. Lo mismo sucede ahora. Y si antes, con ellos, con los bárbaros de las fronteras, los generales, o los emperadores, tenían una excusa para enriquecerse ellos y enriquecer al senado, ahora lo mismo se ha convertido en arma electoral con la que ganar votos y mantenerse en el poder. Afortunadamente, al menos en los países civilizados, las olas migratorias no provocan baños de sangre. Por ahora.

Y tal vez sea una casualidad; pero me ha puesto los pelos de punta que la lectura de la ejecución de Charlier, y la vida de Cómodo, haya coincidido con la lectura de una noticia proveniente de los Estados Unidos. Al parecer el cómodo y simple presidente de este enorme país va a enviar al ejército a defender la frontera contra la caravana de emigrantes. Y ha dado orden de disparar si los emigrantes lanzan piedras, ¿habrá piedras para todos?, o bolsas de papel. Increíble. No obstante la frontera, según he visto en alguna que otra película, es tierra baldía y reseca, así que absorberá la sangre rápidamente. Y además, si lo retransmiten las televisiones utilizando una luz muy cruda, igual ni se ve el dichoso líquido.

Pero lo más terrible de todo es que al ejército se van a unir grupos de civiles armados para defender su tierra. Cómodo debe de estar saltando de alegría en su tumba. Ni el circo romano en sus mejores años. ¿Se va a consentir semejante salvajada en estos tiempos? ¿Nadie lo va a atajar? ¿Qué van a hacer con los que no mueran por efecto de las balas? ¿Guillotinarlos? ¿No queda un poco de sentido común en la sociedad actual? Creo que hay riqueza más que suficiente para repartirla entre todos. Creo. Tal vez falte voluntad. Y no deja de ser significativo que triunfe la insolidaridad en los países más ricos. Si no fuera todo tan triste y miserable sería para cantar aquello de santa Rita, santa Rita lo que se que roba no se quita. ¿Habrá alguna vez solidaridad entre los humanos?

1Sobre la biografía de Cómodo, véase Historia augusta, Akal clásica, Madrid, 1989. Edición y traducción de Vicente Picón y Antonio Gascón, ps. 173-196. Sobre Charlier, Stefan Zweig, Fouché, retrato de un hombre político. Acantilado, Barcelona, 2018. Traducción de Carlos Fortea, ps. 47-49.



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Etiquetas:   Violencia   ·   Pena de Muerte   ·   Intolerancia   ·   Asesinatos

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