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Epístolas a Séneca X. Madre e hijo


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27/10/2018

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EPÍSTOLAS A SÉNECA






Vicente Adelantado Soriano









Epístola X





Madre e hijo





Los bienes humanos se tambalean y desaparecen, y no hay en nuestra vida una época tan expuesta y delicada como la que más nos gusta, y por eso la muerte es de desear, incluso para los más dichosos, porque en tan gran mudanza y confusión de todo nada hay seguro si no es lo que ya ha pasado.1





La ventana de mi habitación, querido Séneca, en la que leo, estudio, escribo y paso la mayor parte de mi vida, da a una concurrida avenida con bastante tráfico, tanto de vehículos como de personas. Y últimamente, de bicicletas y patinetes. A veces suelo entretenerme contemplando el tráfago, el ir y venir de unos y de otros. Eso me ha hecho percatarme de que hay personas que, invariablemente, todos los días, y a la misma hora, pasan por la esta avenida de la cual te hablo. Dos de esas personas, madre e hijo, me han hecho reflexionar sobre algunas de tus palabras, y sobre algunos tópicos que, creo, proceden de tu época. O, tal vez, y como le gusta repetir a algún trasnochado, de la noche de los tiempos.

Es un tópico, y no niego que no sea cierto, que nada hay más doloroso que ver morir a un hijo, máxime si es de corta edad. Ya son varios los casos que he conocido, a través de la prensa, de padres rencorosos, yo te diría que faltos de sentimientos y mal de la cabeza, que han matado a sus propios hijos, deseando, con ello, infligir el máximo dolor posible a su ex pareja, que, como puedes imaginar, estaba en trámites de separación del parricida. Son cosas que no me caben en la cabeza, como tantas otras. “Nada hay más injusto” -dices tú con toda la razón del mundo- “que hacer a alguien heredero del odio a su padre”2. En la mitología clásica tenemos algunos terribles ejemplos de ello.

No sé si en la noche de los tiempos; pero sí en Grecia y Roma, la muerte de un hijo fue considerada como una gran desgracia. Tanto que dio origen a un género literario, la Consolatio. Género en el cual, querido Séneca, fuiste un consumado maestro. Hablas tú, en una de esas consolaciones, y el ejemplo se ha repetido hasta la saciedad, de un padre, Marco Horacio Pulvilo, a quien le dan la noticia de la muerte de su hijo mientras está realizando un ritual que, como todos los vuestros, no se podía interrumpir. De hecho, fingió no haber oído nada, y prosiguió con el ritual, guardando las lágrimas para cuando lo hubiera terminado3. Más famoso todavía es el ejemplo de Jenofonte, quien al enterarse de la muerte de su hijo, en tanto realizaba un sacrificio, se quitó la corona; pero al enterarse, luego, de su gloriosa muerte, se la volvió a colocar para seguir con el sacrificio. Otros dicen que no derramó ni una lágrima, y que dijo aquella famosa sentencia, repetida hasta la saciedad: “Lo engendré mortal”.4 Los ejemplos podrían multiplicarse.

Un hijo es un bien tan precioso que una madre, Níobe, por haber engendrado muchos, es capaz de desafiar a los mismos dioses. El orgullo de la fértil Níobe provoca la ira de Letona, a quien niega un templo, ya que esta solo tuvo dos hijos; ella, catorce. Letona, incapaz de soportar semejante desaire, hace matar a todos los descendientes de Níobe, siete chicos y siete chicas. Apolo y Ártemis, con arcos y flechas, son los encargados de cumplir la sentencia materna. Y la orgullosa Níobe, de puro dolor, queda convertida en una roca de la que siempre mana agua.

Si un hijo es un bien tan precioso, pese a Níobe, que puso por encima de ellos su necio orgullo, nada hay más doloroso que la muerte del mismo. Y a nadie resulta más dolorosa la desaparición de un hijo que a una madre. Es en este género, en la Consolatio, donde las mujeres adquieren verdadero protagonismo en la literatura. A ellas les diriges dos de tus tres consolaciones. Con ellas les pides entereza ante lo inevitable, mesura, y un comportamiento equilibrado a fin de no dejarse llevar por el dolor. A nada conduce el dolor, desde luego; pero de vez en cuando también es conveniente entregarse a él. Somos humanos, no dioses. No obstante, y como dices tú, la mesura es lo mejor, cuando se puede ser mesurado. A veces no es fácil. Nada fácil.

De forma confusa y desordenada vinieron a mi cabeza todos estos recuerdos de lecturas y más lecturas al ver, todas las mañanas, a la misma hora, y todas las tardes, siempre también a la misma hora, cruzar por el paso cebra de la avenida que diviso desde la ventana de mi habitación, a una madre y a un hijo.

Todavía son jóvenes ambos. El hijo no tendrá más allá de veintitantos años, aunque es alto y fornido. Lleva la cabeza pelada al rape. La madre es bajita, siempre viste pantalones, por regla general de color rojo. Y va provista de una enorme bolsa, de las que se adquieren en los grandes almacenes para hacer la compra, en el brazo derecho. La particularidad de esta pareja reside en que él siempre va cogido de su madre. Con el brazo derecho le rodea el cuello apoyándose en ella como si fuera un enorme bastón. Y lo es sin duda. No sé, querido Séneca, qué tipo de enfermedad padece el muchacho. La cuestión es que, apoyado en su madre, camina muy lentamente. Avanza primero la pierna derecha; se apoya bien en ella, y al cabo de unos segundos avanza la izquierda. Se queda parado, la madre también se detiene. Pasados unos segundos, el chico avanza la pierna derecha, se queda parado unos instantes al cabo de los cuales avanza la pierna izquierda, y vuelta a empezar. Siempre apoyándose en su madre. Esta forma de caminar los lleva a no cruzar el semáforo más que cuando este se acaba de poner en verde dándoles preferencia: debido a la escasa movilidad del chico no pueden correr ningún riesgo. No lo corren.

Todas las mañanas pasa un autobús a recoger al muchacho, y todas las tardes lo deja donde lo había recogido. La madre, con sus pantalones rojos, siempre está esperándolo.

Muchas veces me he preguntado qué va a ser de este chico cuando su madre fallezca, si es que tiene la desgracia de verla morir. Tal vez, querido Séneca, aquí habría que escribir todo lo contrario a lo que dices en tus Consolationes: por muy dolorosa que sea la muerte de un hijo, ante la muerte de este muchacho, su madre va a estar segura, cuanto menos, de que nadie lo va a maltratar, o que nunca le va a faltar el cariño que nadie más que ella le puede dar. Y no es que esté cuestionando ningún establecimiento público que se haga cargo de personas con este tipo de problemas. Es que, como tú sabes, y dices: “A nadie le ha dejado de salir cara una madrastra, incluso bondadosa.”5

Me horroriza pensar qué va a ser de este muchacho sin su madre. No obstante, no quiero ser injusto con nadie. No hace mucho tuve que ir a un hospital a que me hicieran una radiografía. En tanto, en una sala silenciosa, esperaba mi turno, un celador entró con una cama enorme en la que yacía una señora escuálida y muy mayor. Apenas se movía. Parecía un cadáver. Instintivamente me retiré un poco. Y nada más moverme yo, salió, de otra sala, una médico muy joven. Al ver a la anciana se aproximó a ella, le habló, le cogió la mano, la acarició y se dirigió a ella con toda la ternura y el cariño del mundo. Me quedé de piedra. Y supe, por si alguna vez lo había dudado, que estaba en el mejor de los hospitales posibles. Tampoco se me escapa, no obstante, el trato dado, en otros establecimientos, a niños y a ancianos. Y no olvido, y por ello vuelvo a temer las guerras, lo que les sucedió a estos en otros tiempos, y sigue sucediendo ahora:

“La espantosa mortandad producida en Rusia, primero por la guerra, después por la revolución y finalmente por el hambre de 1921, creó este pavoroso problema de los niños abandonados. El padre había sido asesinado por las balas de los alemanes, de los ejércitos contrarrevolucionarios o de la Checa; la madre había sucumbido de inanición, y por un verdadero prodigio de la naturaleza, el hijo subsistía.

Subsistía en el más completo abandono, viviendo como las alimañas en los campos, como los perros vagabundos en las ciudades medievales y como los pájaros. Millares de chiquillos de ocho, diez o doce años iban a través de Rusia emigrando en bandadas hacia el Sur como las golondrinas cuando se aproximaba el invierno, y retornando en primavera a Moscú y Leningrado.”6

Algo similar está sucediendo ahora con los niños que también se ven obligados a emigrar. Y que están siendo aprovechados por políticos sin escrúpulos, si es que hay alguno que los tiene.

Entre unas cosas y otras, siempre dudando, he pensado, querido Séneca, si no era más humano lo que hacíais vosotros en la vieja Roma: deshaceros, en la roca Tarpeya, de aquellos recién nacidos que, por cualquier tara, no iban a poder valerse por sí mismos. También he leído y visto relatos de personas que han matado a su pareja o a su hijo por temor a lo que les esperaba sin ellos. La muerte de un hijo, o de una persona querida, en algunos casos no sólo no es objeto de consolatio, si no una salida, como el suicidio que preconizas tú, para evitar futuros sufrimientos. Al fin y al cabo, todos hemos de morir. Tal vez en ciertas situaciones sea preferible la muerte a la vida, y no sea tan doloroso ver o provocar la muerte de un hijo. Durísima decisión, desde luego. Vale.

1Labant humana ac fluunt neque ulla pars uitae nostrae tam obnoxia aut tenera est quam quae maxime placet, ideoque felicissimis optanda mors est, quia in tanta inconstantia turbaque rerum nihil nisi quod praeterit certum est. Séneca, Consolación a Marcia, 22, 1. Traducción de Juan Mariné Isidro en Diálogos, Madrid, 1996



2Nihil est iniquius quam aliquem heredem paterni odii fieri. Séneca, Sobe la Ira, 34, 3



3Séneca, Consolación a Marcia, 13



4Diógenes Laercio, Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, Libro II, 55



5 ”nulli tamen non magno constitit etiam bona nouerca.”, Séneca, Consolación a Helvia, 4,1



6Manuel Chaves Nogales, La vuelta a Europa en avión. Libros del Asteroide, Barcelona, 2012., p. 147



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