. Aquí le colgamos el sambenito a aquel famoso súperLópez de los
ochenta, al Amancio Ortega de Zara, o a cualquiera que se atreva a ganar dos
duros. No es raro que en nuestro país hablar de la empresa o de la banca sea
poco menos que hablar del mal.
Nuestra sacrosanta Transición se construyó
desde el prisma de los derechos, pero no del de los deberes, como si la
democracia y el esfuerzo fueran incompatibles. Miles de españoles se educaron
viendo en TVE La Bola de Cristal, donde la Bruja Avería, la mala del cuento,
tenía como lema “Viva el mal, viva el capital”. Aprendimos a admirar a
personajes como el Torete o el Vaquilla, y a cultivar una especie de filosofía
del perdedor, y del transgresor. El simpático era el Cádiz, y el Madrid era la
encarnación del mal.
Si a esto le añadimos ese sustrato, tan
español, de la envidia y el rencor cetrino a cualquiera al que la vida le
sonría mínimamente, nos da el resultado actual: una sociedad en la que el
esfuerzo y el éxito han sido sustituidos por el subsidio y la subvención.
En este ambiente no es raro que millones de
españoles sigan culpando de la crisis a los bancos, en lugar de a los
políticos, y que se siga hablando de “rescate bancario” cuando en España lo
único que fue necesario rescatar, a costa de nuestros impuestos, fueron las
cajas públicas de ahorro, gestionadas por políticos bajo criterios clientelistas
absolutamente alejados de la eficiencia, la eficacia y la rentabilidad.
Como no podía ser menos, nuestro sistema
judicial también está impregnado de este espíritu anticapitalista y falsamente
justiciero. Buena prueba de ello fue la sentencia sobre las llamadas “cláusulas
suelo” de las hipotecas. Sin entrar en si dicha cláusula era o no abusiva (los
tribunales dijeron que sí lo era), lo discutible fue la aplicación de la
sentencia con carácter retroactivo, lo que
equivalía a decir que los ciudadanos que habían firmado voluntariamente
una hipoteca cuando esa cláusula era perfectamente legal, eran tontitos o algo
así, y no eran responsables de lo que firmaban. Pero todo el mundo aplaudió con
las orejas, porque la sentencia perjudicaba a la banca, y eso reconforta mucho
a gran parte de nuestra sociedad.
La sentencia de las cláusulas suelo fue en
su momento un buen pescozón a nuestros bancos, justo en mitad de la peor crisis
económica vivida por nuestro país en la edad moderna. Pero por si era poco, ahora
viene la sentencia sobre los impuestos de las hipotecas, que amenaza
directamente a la supervivencia de nuestro sistema bancario.
Intentando dar una patada en el culo a los
bancos, al final lo que puede conseguirse es pegarle un tiro en el pie a la Hacienda
de todos. Porque si se ha cobrado un impuesto de forma indebida a los
ciudadanos, es Hacienda la que tiene que devolverlo, y después ver cómo lo
resuelve con los bancos. Es decir, de momento le hacemos un agujero de
considerables dimensiones a Hacienda, que luego ya veremos si es capaz de
cobrárselo a los bancos.
Para colmo de males, la sentencia parece no
aclarar hasta donde es retroactiva, si sólo para las hipotecas suscritas en los
últimos cuatro años (plazo de prescripción de los impuestos), o para todas las
hipotecas vigentes en la actualidad. La diferencia no es baladí, y podría ir de
unos cuatro mil millones de euros en el primer caso, a unos veinte mil millones
en el segundo, algo absolutamente inasumible para nuestro sistema bancario.
Cambiar cada dos por tres desde un tribunal
la interpretación de las leyes genera inseguridad jurídica, y eso en términos
económicos se traduce en incertidumbre y fuga de inversión. Pero si además los
jueces de turno se ponen a jugar a Robin Hood aplicando su “justicia” de forma
retroactiva, los resultados pueden ser nefastos para nuestra economía.
El dinero de los bancos es también el de
esos pequeños ahorradores que tienen suscrito un plan de pensiones o un fondo
de inversión con vistas a mantener su poder adquisitivo el día que se jubilen.
El dinero de los bancos es también el de los padres que ahorran para darle un
futuro mejor a sus hijos; es el que sirve no sólo para comprar una vivienda o
un coche, sino también para poner en marcha una empresa. Los bancos somos
también nosotros.
Ojito con jugar a Robin Hood