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Cuando jugamos a ser Robin Hood


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21/10/2018

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En España llevamos años cultivando una sociedad que penaliza el éxito y promociona no ya lo mediocre, sino lo más bajo y zafio. Aquí le colgamos el sambenito a aquel famoso súperLópez de los ochenta, al Amancio Ortega de Zara, o a cualquiera que se atreva a ganar dos duros. No es raro que en nuestro país hablar de la empresa o de la banca sea poco menos que hablar del mal.


Nuestra sacrosanta Transición se construyó desde el prisma de los derechos, pero no del de los deberes, como si la democracia y el esfuerzo fueran incompatibles. Miles de españoles se educaron viendo en TVE La Bola de Cristal, donde la Bruja Avería, la mala del cuento, tenía como lema “Viva el mal, viva el capital”. Aprendimos a admirar a personajes como el Torete o el Vaquilla, y a cultivar una especie de filosofía del perdedor, y del transgresor. El simpático era el Cádiz, y el Madrid era la encarnación del mal.

Si a esto le añadimos ese sustrato, tan español, de la envidia y el rencor cetrino a cualquiera al que la vida le sonría mínimamente, nos da el resultado actual: una sociedad en la que el esfuerzo y el éxito han sido sustituidos por el subsidio y la subvención.

En este ambiente no es raro que millones de españoles sigan culpando de la crisis a los bancos, en lugar de a los políticos, y que se siga hablando de “rescate bancario” cuando en España lo único que fue necesario rescatar, a costa de nuestros impuestos, fueron las cajas públicas de ahorro, gestionadas por políticos bajo criterios clientelistas absolutamente alejados de la eficiencia, la eficacia y la rentabilidad.

Como no podía ser menos, nuestro sistema judicial también está impregnado de este espíritu anticapitalista y falsamente justiciero. Buena prueba de ello fue la sentencia sobre las llamadas “cláusulas suelo” de las hipotecas. Sin entrar en si dicha cláusula era o no abusiva (los tribunales dijeron que sí lo era), lo discutible fue la aplicación de la sentencia con carácter retroactivo, lo que  equivalía a decir que los ciudadanos que habían firmado voluntariamente una hipoteca cuando esa cláusula era perfectamente legal, eran tontitos o algo así, y no eran responsables de lo que firmaban. Pero todo el mundo aplaudió con las orejas, porque la sentencia perjudicaba a la banca, y eso reconforta mucho a gran parte de nuestra sociedad.

La sentencia de las cláusulas suelo fue en su momento un buen pescozón a nuestros bancos, justo en mitad de la peor crisis económica vivida por nuestro país en la edad moderna. Pero por si era poco, ahora viene la sentencia sobre los impuestos de las hipotecas, que amenaza directamente a la supervivencia de nuestro sistema bancario.

Intentando dar una patada en el culo a los bancos, al final lo que puede conseguirse es pegarle un tiro en el pie a la Hacienda de todos. Porque si se ha cobrado un impuesto de forma indebida a los ciudadanos, es Hacienda la que tiene que devolverlo, y después ver cómo lo resuelve con los bancos. Es decir, de momento le hacemos un agujero de considerables dimensiones a Hacienda, que luego ya veremos si es capaz de cobrárselo a los bancos.

Para colmo de males, la sentencia parece no aclarar hasta donde es retroactiva, si sólo para las hipotecas suscritas en los últimos cuatro años (plazo de prescripción de los impuestos), o para todas las hipotecas vigentes en la actualidad. La diferencia no es baladí, y podría ir de unos cuatro mil millones de euros en el primer caso, a unos veinte mil millones en el segundo, algo absolutamente inasumible para nuestro sistema bancario.

Cambiar cada dos por tres desde un tribunal la interpretación de las leyes genera inseguridad jurídica, y eso en términos económicos se traduce en incertidumbre y fuga de inversión. Pero si además los jueces de turno se ponen a jugar a Robin Hood aplicando su “justicia” de forma retroactiva, los resultados pueden ser nefastos para nuestra economía.

El dinero de los bancos es también el de esos pequeños ahorradores que tienen suscrito un plan de pensiones o un fondo de inversión con vistas a mantener su poder adquisitivo el día que se jubilen. El dinero de los bancos es también el de los padres que ahorran para darle un futuro mejor a sus hijos; es el que sirve no sólo para comprar una vivienda o un coche, sino también para poner en marcha una empresa. Los bancos somos también nosotros.

Ojito con jugar a Robin Hood

 

 

 

 



Etiquetas:   Banca   ·   Populismo

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