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Desobediencia Civil y No Violencia


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20/10/2018


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Invertir en educación para tener un mejor futuro como sociedad es una obviedad tremenda que no debería ser controvertida por nadie que haya recibido su ración mínima de sentido común en la repartición metafísica de las virtudes.


Henry David Thoreau es conocido mundialmente por ser el conceptualizador de las prácticas sobre la desobediencia civil. Dentro de la historia universal, Thoreau es también uno de los padres fundadores de la literatura estadounidense en una época en que la Frontera Agrícola, el Destino Manifiesto y la guerra contra México ocupaban el centro gravitacional de la política norteamericana orientada a la injusta adquisición de tierras pertenecientes a los pobladores nativos; guerra realizada únicamente por saberse capaces de poder hacerla y tener los medios para ganarla, y cuyas razones y consecuencias llevaron a Thoreau a sentenciar que los medios y los fines no son separables de tal manera que todo objetivo honorable debe ser alcanzado a través de recursos igualmente honorables. Thoreau se negó a pagar impuestos objetando que su contribución económica estaría siendo destinada para sostener la Injusta guerra contra México. Ante esta negativa fue enviado a la cárcel y esta experiencia le permitió desarrollar su tesis más renombrada dónde menciona que es una obligación desobedecer al Estado cuando éste es injusto porque la responsabilidad mayor de cada ciudadano está siempre del lado de la justicia.

Basado en la Desobediencia Civil de Thoreau, también Ghandi consiguió que todo su país se opusiera, sin violencia, al gobierno del imperio británico logrando la independencia de la India únicamente mediante la fuerza del espíritu. Un país entero se inmovilizó desobedeciendo sus leyes sin usar las armas para lograr los cambios que de otra forma no se habrían tramitado en la inmensa maraña burocrática del país asiático. Durante la segunda parte del siglo XX en los Estados Unidos, numerosos grupos y asociaciones de comunidades marginadas por las leyes de su país salieron a la calle, a los estrados y a los púlpitos para poner en práctica nuevamente las tesis de Thoreau y el ejemplo de Ghandi buscando lograr un lugar en dónde todas las personas fueran tomadas en cuenta por el contenido de su espíritu y no por su color de piel. Así mismo se detuvo la guerra de Vietnam y de la misma forma se han obtenido por todo el mundo los derechos que por más obvios que parezcan deben ser defendidos y exigidos ante la sordera de aquellos que detentan el poder.

Desobedecer es negarse a cumplir las leyes y a quienes tienen autoridad, pero la Desobediencia Civil circunscribe ésta acción a la existencia de la injusticia confrontada con nuestra ética y nuestra moral de tal forma que no es un acto eminentemente anarquista, caótico, procurando la ausencia del poder Público sino racional dentro del Estado de Derecho. Se requiere que los ciudadanos tengan la capacidad de juzgar si es correcta o no una ley o un gobernante, y que tengan el valor y la estatura moral para oponerse cuándo es debido, sin recurrir al uso de la fuerza, sabiendo que su contraparte si estará dispuesto a emplearla haciendo uso desmesurado del poder para producir miedo. Es en esta confrontación donde la Desobediencia Civil y la No Violencia logran su cometido avergonzando al adversario y exponiendo al mundo entero sus verdaderos colores porque el opresor no tiene medios honorables para imponerse ante los requerimientos justos y nobles.

Durante varias semanas hemos venido presenciando una nueva ronda de protestas sociales que buscan que el presupuesto de la nación sea invertido en las necesidades básicas de cualquier país. Invertir en educación para tener un mejor futuro como sociedad es una obviedad tremenda que no debería ser controvertida por nadie que haya recibido su ración mínima de sentido común en la repartición metafísica de las virtudes. Argumentar insuficiencia de fondos para esta causa mientras se incrementa el presupuesto de las fuerzas armadas es, a todas luces, una acción vil,  repudiable e insensata porque se anuncia que para el gobierno y sus gobernantes es más importante la fuerza que el espíritu, y es aquí en donde se hace importante desobedecer civilmente sin usar la violencia contra lo injusto. Los jóvenes de las universidades y los colegios, el profesorado, los padres de familia y los civiles considerados que salen a marchar porque no están de acuerdo con este abandono estatal (junto con su delirio militar) tienen la fórmula de la victoria si logran transmitir a la sociedad que su lucha es justa y que sus medios son honorables.

No se debe aceptar que durante las protestas se realicen actos de vandalismo y de intimidación porque la justicia no se esconde detrás de los pasamontañas. Se debe demostrar que la meta tiene ese valor incalculable que rehúye a los usos reprochables del poder y se debe entender que todos los derechos adquiridos estuvieron sometidos a pruebas difíciles porque no se lograron de la noche a la mañana. Esta nueva ronda de protestas tiene un sabor particular porque el eje de la misma está relacionado con la educación en un tiempo en que el Presidente de la República, el Presidente del Senado y el Alcalde de Bogotá son acusados de mentir respecto a sus logros educativos, surtiéndonos de recursos adicionales para otra escena de realismo mágico donde se demanda la necesidad de invertir en educación a individuos que precisamente han rechazado sus virtudes.

Cota: EL senador Antanas Mockus fiel a su altura moral sorprende nuevamente por sus cualidades únicas para representar simbólicamente las consecuencias de la corrupción mediante ejercicios pedagógicos. Necesitamos más individuos de esta talla porque ciertamente la tarea es extensa y los obreros son pocos: https://www.youtube.com/watch?v=tgBcOjLLIVU







Etiquetas:   Derechos Humanos   ·   Violencia   ·   Colombia   ·   Protestas   ·   Bogotá

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