. El nombre de la
plataforma lo sacaron de la famosa frase del socialista catalán Josep
Tarradellas, que a su regreso a Barcelona tras el exilo dijo aquello de:
“Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí”. Un año después, de esta plataforma
surgiría el partido Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía. Conviene recordarlo
ahora, porque el origen del partido sirve para explicar en buena medida lo que
después ha sido su devenir.
Hoy, trece años después, aquel partido
surgido casi de la nada es la cuarta fuerza en el Congreso de los Diputados, y
en determinados momentos de nuestra más reciente historia ha sido situado como
segunda o incluso como primera alternativa de gobierno. Pero vayamos por
partes.
Lo primero que sorprende es que un partido
surgido de una escisión del PSC sea hoy etiquetado como partido de centro-derecha
o incluso de derecha, pero ya veremos que la claridad ideológica no ha sido
nunca uno de los rasgos distintivos de la formación naranja, que a lo largo de
su corta historia se ha coaligado o ha pactado con formaciones que van desde la
izquierda hasta la extrema derecha, y su ideario ha ido adaptándose en cada
caso a las circunstancias.
En 2006, Albert Rivera definía a su partido
en el foro Nueva Economía como “socialdemócrata y laico”, tal y como reflejaban
sus estatutos fundacionales. Esta vocación socialdemócrata no les impidió
concurrir a las elecciones europeas de 2009 junto a la formación
ultraconservadora y euroescéptica Libertas, en la que se integraba el
expresidente de la ONCE Miguel Durán, habitual por aquellas fechas de las
tertulias de Intereconomía. Como dato curioso, cabe decir que José Manuel
Villegas, actual secretario general de Ciudadanos, fue el segundo de Durán en
aquella lista.
Pero cuando el foco mediático se centró por
primera vez en la formación de Albert Rivera fue en las vísperas de las
elecciones generales de diciembre de 2015. El desgaste en el gobierno del PP y
el frágil liderazgo en el PSOE, hacían que Ciudadanos pudiera pescar tanto en
el electorado de centro-derecha como en el de centro-izquierda, de forma que
las encuestas más favorables les llegaron a situar como segunda o incluso como
primera fuerza. El trasvase se produjo, pero en mucha menor medida que lo
previsto por las encuestas, y el partido naranja se situó con 40 diputados como
cuarta fuerza parlamentaria.
Después de que la ejecutiva del PSOE
impidiera a Sanchez echarse en brazos de Iglesias, la llave de la
gobernabilidad quedaba en manos de Rivera. Y en ese momento Ciudadanos decidió
recuperar su esencia socialdemócrata y pactó con el PSOE de Sánchez. Por cierto,
muchos de los que hoy se echan las manos a la cabeza con la actuación de Pedro
Sanchez al frente del gobierno, deberían recordar que el primero que quiso
ponerlo en La Moncloa fue Rivera.
Finalmente la investidura de Sanchez fue un
fracaso que abocó al país a unas nuevas elecciones en las que Rivera sufrió la
pérdida de medio millón de votos y ocho diputados, sin duda consecuencia de la
decepción de buena parte de los votantes de centro-derecha que en diciembre de
2015 se habían decantado por la formación naranja.
Rivera parecía haber aprendido la lección y
decidió apoyar al PP en la formación de gobierno tras las elecciones de junio
de 2016. Abundando en esta tendencia, en la Asamblea del partido de 2017, se
decidió eliminar el término “socialdemócrata” de los estatutos del partido, y
Ciudadanos pasó de ser socialdemócrata a ser un partido “liberal y
progresista”.
No hacía falta ser Maquiavelo para ver que
con el lógico desgaste de la acción de gobierno, unido al producido por los
rescoldos de los casos de corrupción del PP, bastaba sentarse a esperar para
ver caer la fruta madura. Pero entonces ocurrieron dos eventos no por esperados
menos impactantes.
El primero fue el desafío secesionista
catalán, ante el que cabía esperar que Ciudadanos, que siempre se había
reivindicado como valladar contra el nacionalismo, reaccionara de una forma
contundente. Sin embargo la respuesta naranja no llegó ni a tibia, oponiéndose
primero de forma frontal a la aplicación del artículo 155, para luego
condicionar su aplicación a la convocatoria inmediata de elecciones catalanas.
Sin duda fue un error de calado que debería ser analizado detenidamente por los
estrategas de Ciudadanos. Pero por suerte para ellos, un error que dejó peor
colocado al gobierno que al propio partido naranja. La indecisión de Rajoy, que
prefirió ser rehén de PSOE y Ciudadanos para aplicar un 155 que debió asumir en
solitario y con toda la contundencia,
tuvo peores consecuencias para el PP que para sus “aliados” en esta
crisis catalana.
El resultado fue una pírrica victoria de
Ciudadanos en Cataluña, que lejos de solucionar nada ha contribuido a perpetuar
el enquistamiento del problema, con los naranjas desaparecidos del escenario
catalán desde el día después de las elecciones hasta el día que Rivera decidió
volver a Barcelona para quitar unos lazos.
El segundo suceso al que hacíamos referencia
fue una sentencia convenientemente preparada por un juez amigo del inhabilitado
Garzón, que se empeñó en colar en la introducción a la sentencia una frase que
“condenaba” al PP como partido en un caso de corrupción de dos pueblos de
Madrid. Por su puesto en la parte expositiva de la sentencia no se decía nada
parecido, pero la mecha ya estaba encendida, y el 90% de los medios de
comunicación y la oposición de izquierdas se dedicaron a soplar furiosos para
que la mecha se consumiera cuanto antes.
¿Y qué hizo Ciudadanos? Pues volverse a
equivocar. En lugar de ponerse de perfil decidió encabezar la manifestación, y
anunciar a bombo y platillo su ruptura con el gobierno, exigiendo la
convocatoria inmediata de elecciones generales. El resultado lo vimos todos: el
PNV, al que unas elecciones generales anticipadas le entusiasmaban tanto cómo
asistir a un desfile del Día de la Hispanidad, se echó en brazos de Sánchez. Y
en este caso, a diferencia de lo ocurrido con lo de la crisis catalana, el
principal damnificado de la metedura de pata de Rivera, además del Estado, ha
sido Ciudadanos.
Hasta tal punto esto es así, que el partido
de Rivera aún no ha superado el trastazo. Cuatro meses después de la caída de
Rajoy, el diario El Mundo, principal correa de transmisión mediática de los
naranjas, aún sigue afanándose en regalarnos cada quince días un artículo para
culpabilizar a Rajoy de la llegada de Sánchez al gobierno, intentando ocultar
su complejo de culpa, la auténtica responsabilidad de Rivera al precipitar la
moción de censura.
Se acabaron las encuestas cocinadas
vaticinando victorias naranjas, ya no hay más cuentas de la lechera. Se aplacó
el viento del IBEX para meter a Rivera en La Moncloa aunque fuera por la
ventana. Ana Patricia ya no juega a hacer política; ahora está más preocupada
pensando en qué país va a ubicar la sede de su banco.
Tras la tormenta perfecta de la moción
Frankenstein ha quedado para los naranjas una calma chicha de ni fu ni fa, en
la que ya no hay desgaste del PP, y en la que el PSOE suple por la extrema
izquierda los votos que se le puedan escapar por el centro. Los de Rivera ya no
son los chicos nuevos de la clase, y lo de la “nueva política” suena ya a
viejo. Ahora tienen su mochila y su historia, y en ella caben las mil caras de
Marín, la nimiedad de Villacís, y las interpretaciones de Cantó. En ella cabe
el apoyo sin fisuras a Susana Díaz, y el abrazo del oso a Cifuentes. En ella
cabe esa Arrimadas que un día juega a ser la esperanza del constitucionalismo
catalán, y otro a ser la heredera del nacionalismo moderado convergente.
La novedad es que por encima de esta
indefinición calculada y consustancial a Ciudadanos, empieza a percibirse un
cierto aroma a oportunidad perdida que, en función de lo que ocurra en las
próximas elecciones autonómicas y municipales, puede empezar a resultar
empalagoso.