Para dirigirse a casa de Metronacte se ha de pasar, como sabes, por delante del teatro de Nápoles. Éste se halla repleto de público y en él se decide con gran entusiasmo quién es un buen flautista; el trompeta griego y el heraldo tienen tienen asimismo su auditorio. En cambio, en aquel otro lugar donde se investigan las cualidades del hombre de bien, donde se aprende a serlo, son poquísimos los que toman asiento y éstos dan la impresión al vulgo de no tener ningún cometido bueno que realizar; se les clasifica de torpes e indolentes1.



