. Seguramente en la medida en que obtenemos más poder y las personas
dependen más de nosotros, vamos sumando más soledad a la ya habitual. Quizás no
sólo la desconfianza se apodere de nosotros y no permanezcamos tranquilos ni
siquiera ante la mirada de ese ser que nos devuelve el espejo cada mañana, sino
incluso tampoco podamos relatar a nadie nuestros padecimientos más íntimos sin
que éste nos traicione. Parafraseando a
Lord Acton, si el poder produce soledad, el poder absoluto debe producirla absolutamente
y en abundancia.
Recuerdo que en los años setenta, en los días que el
régimen franquista estaba llegando a su fin, el dramaturgo español Fernando
Arrabal escribió un texto dedicado al gobernante de España titulado Carta al General Franco, que se hizo
inmediatamente famoso. Allí Arrabal se refería al exilio que habían padecido
tantos españoles; a los largos años de inquisición e intolerancia que seguían
sufriendo; incluso a los gustos del caudillo y
a la vida de Sta. Teresa.
Sin embargo, en aquella oportunidad, y debido al
analfabetismo funcional que caracteriza a la juventud, el texto me causó cierta
desazón cuando, junto a algunos compañeros, lo leí en el cafetín del antiguo
Ateneo de Caracas. ¿Cómo era posible que el escritor de El arquitecto y el emperador de Asiria, que sabía de la persecución
que sufrieron personas como Machado, o de la muerte de los inigualables Lorca y
Miguel Hernández, le importara el sufrimiento de alguien como el dictador
español? ¿Cómo era eso de que le
escribía una carta con amor, que no lo odiaba y que quería su felicidad?
¿Estaría el creador del grupo pánico,
quien había estado preso bajo el régimen y perdido a su padre en la Guerra
Civil, finalmente claudicando?
Pero el tiempo
pasa, y como éste todo lo puede (no por
casualidad Cronos fue el dios que
pintan los griegos) también pudo con la vehemencia de mi juventud. Así,
transcurridos los años, pude darme cuenta no sólo de que el texto de Arrabal
era conmovedor sino que tenía diferentes aristas interpretativas. La serenidad
que mostraba Arrabal ante quien había
hecho sufrir tanto a él, a su familia y a media España, se debía a lo mismo que
quería transmitir: el que sufre termina haciendo sufrir a los demás; por lo que
él no guardaba rencor y terminaba instando al dictador a que se transformase, a que cambiara y que fuera al fin feliz, pues
siendo éste feliz haría feliz también a los demás.
En fin, nunca
pensé que ese escrito, que en aquella oportunidad puse a un lado, preso todavía
de la ímpetuosidad de la juventud, me vendría
recurrentemente a la memoria y me asaltaría como lo ha hecho estos días, cuando
pienso en lo que sufren, ya no los pueblos, que son bastantes, sino quienes nos
conducen por derroteros inciertos, supuestamente obligados por la historia. Hobbes
pensaba que el poder surgía del sufrimiento, del temor que tenemos a nuestros
semejantes. Esa guerra de todos contra todos ( que sería el estado de la naturaleza ) hacía que
ansiáramos el poder como medio de defensa; pero ese sufrimiento que nos impele a
aspirar el poder para defendernos de los otros, parece que no acaba ahí y termina
conduciéndonos a tormentos y padecimientos
superiores. Sólo así se explica el daño y el dolor que producen estos
seres tan poderosos, pues como nos dejó dicho sabiamente Arrabal, a quien no
entendí cuando joven y que ahora, después de tantos años y tantos sucesos, me veo obligado a citar: ¨…sólo un ser que
tanto sufre puede imponer tanto dolor en torno suyo¨.