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Sabemos que un “morrongo” es un “gato”
porque estas dos palabras son sinónimos, pero desconocemos el momento exacto en
que el gato se volvió un morrongo. Si bien, no somos los más estudiosos del
origen de las palabras y su significado, si no tenemos esa sed insaciable por
beber de la copa del conocimiento, ese apetito voraz por la iluminación que separa
los destinos de los hombres, esa voluntad irrefrenable por descubrir la esencia
de la vida, y si al final, no estamos llamados por la divina providencia para
habitar los templos de la inmortalidad; tenemos una pequeña gloria, un éxito
minúsculo -pero sustancial- mediante la redefinición y representación nacional
de un término: La morronguería.
Para el colombiano de a pie un “morrongo”
no tiene ningún tipo de relación con los felinos. Un morrongo es una persona
solapada, un taimado, un socarrón, un ladino; sin embargo, nuestra tradicional
inclinación por el cuidado del prestigio y las buenas maneras nos llevó a usar
una palabra diferente, menos brusca, menos directa, más cautelosa y, en una
suerte de ironía, más morronga para definir unos de los rasgos personales típicos
de la nación; porque siempre hemos sabido que la sociedad colombiana es el pináculo
de la morronguería y ejemplo del desdén por las verdades incómodas. El sólo
hecho de no usar las palabras correctas para describir una conducta humana es
una muestra de esta característica.
Por naturaleza el morrongo anuncia
que prefiere que le digan las cosas en la cara, pero se ofende cuando se las
dicen de frente. Para el morrongo el soborno debería tener una pena capital en
las altas esferas del gobierno, pero también es una salida inteligente, viable
y barata frente a un problema de tránsito, una pequeña licencia que todos en el
país tenemos libertad de darnos. El morrongo no evade impuestos, pero levanta
su voz de protesta excavando en los vericuetos de la ley todas las formas
posibles de reducir la renta. Al morrongo le encantan las novelas, series y
películas de narcos y prostitutas, pero le indigna que se lo recuerden en el
extranjero. El morrongo es quien comete acciones reprochables durante una noche
de tragos, pero jura y perjura que es la primera vez que le sucede. El morrongo
es partidario cuando está de frente, pero es opositor cuando le dan la espalda.
Hace varios días se realizó un
debate de control político al nuevo ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla
y, aunque a todas luces, los hechos muestran sólidamente la intención de
enriquecimiento particular por cuenta de la fabricación de leyes acomodadas a
negocios futuros; tanto el Ministro de Hacienda como el Presidente de la
República responden que no hay nada ilegal en su forma de actuar. Esa es la
salida “morronga” para sostener en el poder a personas cuya intención dista
profundamente de un servicio a la patria y, además, se cubre con la cobija de
una legalidad inmoral. En un país discreto y honesto, Alberto Carrasquilla
nunca podría ser un servidor público porque su inclinación natural no favorece el
bienestar general para el cuál es llamado a ser Ministro.
Igualmente sucede con el
presupuesto de la nación que no alcanza para la Educación y la Salud pero si se
puede incrementar el presupuesto de Defensa. Se rasgan las vestiduras porque el
país está quebrado proclamando la necesidad imperiosa de ampliar la base gravable
del IVA a todos los productos de la canasta familiar, pero hay silencio cómplice
cuando se destinan los fondos al Ministerio de Defensa con la excusa infantil
de una supuesta guerra con Venezuela. Tenemos políticos frenteros que dan la
cara siempre, pero piden otra pregunta amigo. Tenemos desplazados por la
violencia que llamamos “migrantes internos”, asesinatos selectivos de civiles llamados
“falsos positivos” y grupos armados de asesinos que se llaman “Bacrim”.
Innumerables muertos han caído en
Colombia por decir lo que se piensa o por buscar la verdad en este país de morrongos
sin pena, pero sin gloria. ¿Será esta la razón por la que el poeta inglés dijo
que dónde la ignorancia es una dicha, la locura es ser sabio? Mejor guardar
silencio porque la tarde en que el minino caiga en cuenta de lo que es ser un
morrongo, perderá una de sus siete vidas.