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Epístolas a Séneca VI. El sabio agradecido


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29/09/2018

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No avergüenza a los hombres, la estirpe más dulce, regodearse con la sangre recíproca vertida, hacer la guerra y encomendar a sus hijos que la hagan, cuando hasta entre los animales y las fieras hay paz.1






Siempre que he leído, querido Séneca, y lo he hecho varias veces, la epístola en la cual dices que el sabio tiene que ser agradecido con el poder, se me han puesto los pelos de punta. No se me ocultó, en un primer momento, que estabas deseando alejarte de Nerón. O que, alejado de él, querías disfrutar de tus ocios, que nada ni nadie enturbiara tu paz, tus libros, tus charlas con tus amigos; y tal vez temías que el emperador no estuviera dispuesto a hacerlo, o lo hiciera definitiva y drásticamente. De ahí nace, pues, el agradecimiento que le brindabas de antemano: el gobernador, le decías, debe ocuparse de que sus súbditos disfruten de paz, ya que sólo mediante esta se puede llegar al goce de la sabiduría, de los libros, de los amigos y de todo aquello que conforma la vida humana. De ahí el agradecimiento. Y tal vez el temor, pues sabías, perfectamente, “cuánto cuesta a los amigos de los reyes los buenos consejos”2.

No obstante, y por desgracia, también la guerra y la violencia forman parte de la cultura humana. No se te ocultaba, como tantas otras cosas. En la guerra se permite hacer todo aquello que en la paz, particularmente, está prohibido. De ahí el horror de esta:

“No solamente en privado sino en público nos enfurecemos. Los homicidios y los asesinatos particulares los reprimimos. Pero ¿qué decir de las guerras y del asesinato de pueblos? Ni la avaricia ni la crueldad conocen sus límites. Estos delitos, cuando se cometen clandestina e individualmente, son menos nocivos, menos monstruosos: ahora bien, instruida la violencia por el senado y por la plebe, mandan hacer públicamente lo que está prohibido en privado. Lo que hecho ocultamente pagaríamos con la cabeza, lo alabamos porque lo hace el militar.”3

Siempre que he leído estas palabras tuyas, querido Séneca, y luego volveremos al sabio, he recordado las que escribió Erasmo de Rotterdam sobre los conflictos bélicos: “No hay paz tan inicua que no sea preferible a la más justa de las guerras.”4

Sabido es, no obstante, que Erasmo ha sido acusado en más de una ocasión de cobardía.5 Rehuía toda situación bélica, o complicada, por mor de dedicarse a las letras, al estudio, a las ediciones de libros o traducciones de los mismos. Si ha habido alguien en esta vida con menos ganas de guerras y batallas ese ha sido, sin duda, Erasmo. Y eso, aunque no le da las gracias a ningún príncipe por el ocio, es lo que hace que lo vea tan próximo a ti en algunos momentos, y a Montaigne, pues si bien Erasmo se declara enemigo acérrimo de la guerra, tú, haciendo una pirueta, como haces en algunas ocasiones, dejas de hablar de la guerra misma para centrarte en los sangrientos combates de gladiadores. Como tú mismo has dicho poco antes, no es ese el problema: el problema está en que el senado y el pueblo, senatus populusque Romanus, permita esas guerras y esas matanzas de pueblos enteros, con su inagotable número de prisioneros y esclavos, gracias a las cuales, y a los cuales, acumulabais tantas riquezas los nobles.

Casi siempre que he hablado de ti, llegado a un punto, se ha planteado el mismo problema, y lo mismo da que dicho problema sea filológico que histórico, pues el fondo no varia: si las palabras cambian, como de hecho sucede, también lo hacen las nociones que el hombre tiene de todo: el amor, la muerte, la vida, el valor de todas las cosas en fin. Según algunos relatos históricos, una vida, en tu época, valía bien poca cosa. Hoy tampoco se valora mucho; no ha cambiado tanto el mundo: si un esclavo era poco menos que un mueble con capacidad para articular palabras, del que había que deshacerse cuando envejecía o enfermaba, cualquier emigrante o desplazado por cualquier guerra actual, no es más que un mal de cabeza, una molestia a la que, a veces, se deja morir en el mar o en desastrados campamentos sin que los gobiernos se inmuten, cuando no lo celebran. Pues no falta quien aplauda tanto desprecio y tanta criminal dejadez. Sólo nos falta llevarlos al circo.

Ahora bien, me resulta muy difícil aceptar que escribiendo tratados sobre la sabiduría, la clemencia y demás, no te percatarás de lo horrible de la guerra, y no solamente porque el sabio no tenía tiempo, entonces, para dedicarse a sus estudios sino por la cantidad de personas que el ejército romano masacraba. Pero el Imperio, claro está, y aun la República, no podía mantenerse sin ese saqueo continuo de pueblos, a menos que los Gracos, y sus deseos de una mejor distribución de la riqueza, hubiera triunfado, cosa a la que se opuso, como sabes, el mismo senado. Eran los senadores quienes se repartían las tierras conquistadas entre sí. La ambición es el único saco que no tiene fondo.

Hay momentos en que no importa nada la tranquilidad y el ocio del sabio. No se puede permitir, aunque sea con las armas en la mano, que la barbarie, la intolerancia y el pensamiento único, se hagan dueños de una nación o de un continente. Tú mismo vienes a confirmar esto cuando afirmas que “Los mismos actos pueden ser torpes u honestos: lo que importa es el motivo y la forma de realizarlos”.6 ¿Se puede considerar una guerra de conquista algo honesto? ¿Es honesto que el ejército, mediante una asonada, imponga su voluntad a toda una nación? ¿Es honesto que un número reducido de senadores vivan con todo tipo de lujos y comodidades y la inmensa mayoría de la gente necesite de la annona, de la caridad del estado para subsistir? Los ecos de aquellas justificaciones perduran: hay dinero para una minoría, o campos y tierras, pero no para todos...

Llegados a este punto, una vez más hay que advertir que cambian los conceptos, las ideas y las valoraciones sobre lo que está bien y está mal. Sí. Hay que tener en cuenta el tiempo, el contexto: un abogado de treinta años tal vez no pueda juzgar a un anciano de ochenta: sus tiempos no son los mismos. Pero creo que hay cosas que no varían a lo largo de la historia. Otra cosa es que, por diversos motivos, a quien escribe la historia le interese guardar silencio sobre determinados asuntos. Siempre he dicho, también, que el conocimiento que tenemos de la antigüedad es muy limitado: sólo conocemos lo que pensaba la aristocracia: no tenemos ninguna relación de ningún esclavo, ni de ninguna mujer. Ahora bien, desde el momento en que los esclavos se sublevaron el mensaje está claro. Como claro estaba aquella famosa máxima, que también citas tú: “Por esa misma arrogancia se nos dice con énfasis este proverbio: tantos son los enemigos cuantos son los esclavos. No son enemigos nuestros, pero los hacemos.”7

Esto quiere decir, ni más ni menos, que eras consciente de la esclavitud, y que eso no era nada bueno, pues afirmas poco después que “no hay esclavitud más deshonrosa que la voluntaria”8. Y no solamente tú tenías esa noción de la esclavitud. Plinio el Joven, algunos años posterior a ti, y seguidor de tus enseñanzas, no debía tener la conciencia muy tranquila cuando regaló una finca a una esclava anciana. No obstante, pese a ti, a Plinio y al cristianismo, todavía se tardaría siglos en declarar la esclavitud una lacra, un crimen contra la humanidad. No me cabe duda de que de algo sirvieron vuestras palabras en contra de semejante barbaridad.

Es una pena, por eso mismo, que ninguna influencia hayan tenido tus palabras sobre la guerra, para terminar de una vez con semejante salvajada. Pero no a cualquier precio, desde luego. Nada más lejos de esto que las palabras de san Pablo:

“Que cada uno se someta a las autoridades que están en el poder, porque no hay autoridad que no esté puesta por Dios; y las que existen, por Dios han sido puestas. Así que el que se opone a la autoridad, se opone al orden puesto por Dios; y los que se oponen recibirán su propia condenación.”9

¿Cómo no sublevarse contra ciertos tiranos, o cómo no hacer lo imposible para que no lleguen al poder? Nada más terrible que una guerra, no hay más que leer las crónicas de Gaziel sobre la I guerra mundial para saberlo. Y nada más triste que ver a los hombres matarse entre sí. Pero a veces vale más morir en una trinchera que disfrutar de una paz y un sosiego que no son sino ficticios, como, sin duda, lo fue el tuyo. Valía la pena involucrarse, entonces, en la conjura de Pisón, pues. “Es un crimen hacer daño a la patria; y también a un ciudadano, pues él forma parte de la patria”.10 El sabio, ni nadie, no tiene porqué estar en deuda con el príncipe por disfrutar de un ocio que le corresponde plenamente, como a todos. Vale.





1Non pudet homines, mitissimum genus, gaudere sanguine alterno et bella gerere gerendaque liberis tradere, cum inter se etiam mutis ac feris pax sit. Séneca, Epistulae morales ad Lucilimum, Epi. 95, 31



2quanti constarent regum amicis bona consilia. Séneca, Sobre la ira, 14,5



3Non privatim solum sed publice furimus. Homicidia conpescimus et singulas caedes: quid bella et occisarum gentium gloriosum scelus? Non avaritia, non crudelitas modum novit. Et ista quamdiu furtim et a singulis fiunt minus noxia minusque monstrosa sunt: ex senatus consultis plebisque scitis saeva exercentur et publice iubentur vetata privatim. [31] Quae clam commissa capite luerent, tum quia paludati fecere laudamus. Ep. 95, 30



4Erasmo de Rotterdam, Querella de la paz, Barcelona, 1985. Traducción de Lorenzo Riber, p.131



5Véase como ejemplo el capítulo II, Non placet Hispania, de Marcel Bataillon, Erasmo y España, México, 1979, p.77



6Eadem aut turpia sunt aut honesta: refert quare aut quemadmodum fiant. Ep. 95, 43



7Deinde eiusdem arrogantiae proverbium iactatur, totidem hostes esse quot servos: non habemus illos hostes sed facimus. Ep. 47, 5



8nulla servitus turpior est quam voluntaria. ep. 47, 17



9San Pablo, Carta a los romanos, 13, 1-2



10Nefas est nocere patriae; ergo ciui quoque, nam hic pars patriae est. Séneca, Sobre la ira, libro II, 31,7



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