. He dicho que este es el fundamento, es el culmen. Ha
llegado a la perfección quien sabe de qué gozar, quien no ha
entregado su felicidad a un poder ajeno.
Séneca,
Epístolas
Morales a Lucilio, Ep.
23,1
No
recuerdo dónde, leí, querido Séneca, y no le presté mucha
atención, que el Senado, el Romano, por supuesto, no permitía
celebrar las victorias obtenidas contra el enemigo en las guerras
civiles. Nada, pues, de coronar al general victorioso, llevado en un
carro y conduciendo delante de él tropas de soldados cargadas de
cadenas. Era más que posible que padres y madres vieran a sus hijos
pasar ante ellos, uno como vencedor, y el otro como vencido. Era
mejor evitar tan bochornoso espectáculo.
Siempre
he pensado que era, y es, mucho mejor, evitar todo tipo de guerras y
confrontaciones armadas. Pero me temo que esto es pedir peras al
olmo. Estos días, en los cuales los periódicos se llenan con la
noticia de la posible exhumación de los restos de Franco del Valle
de los Caídos, me ha dado por leer libros sobre la I y la II guerra
mundial. No es que ello me vaya a aclarar nada. Estaba,
sencillamente, continuando con las lecturas que me había marcado
hace tiempo. Pese a todo, sigo sin entender cómo fue posible que
estallaran tales guerras, y se produjeran tantos miles y miles de
muertos. Me ha hecho sentir verdadero asco y repugnancia leer cómo
se desarrollaba la vida de los soldados en las trincheras, y de qué
forma tan absurda y necia morían. Eso sin olvidar la terrible
película de Dalton Trumbo, Johnny
cogió su fusil.
La palabra heroico cuanto menos me causa estupor.
No he visto las trincheras de la I
guerra mundial más que en el cine; pero sí he visto las trincheras
de la guerra civil española de 1936-1939, que todavía están en pie
por así decirlo. Se hallan en lugares escarpados, de difícil
acceso, y donde la vida no tenía que ser nada fácil. Allí no había
ningún tipo de comodidades, ni nada que se le pareciera. No había
espacio para el estudio, la meditación, la charla inteligente, el
cine, el teatro, ni nada de lo que distingue al ser humano del resto
de los animales. La vida en las ciudades no era mejor: todos,
fabricantes y operarios, mujeres y hasta niños, estaban entregados
en cuerpo y alma a la fabricación de utensilios para matar o causar
el máximo daño posible al enemigo.
Ya hace tiempo que no me pregunto
para qué ha servido tanto horror, tanto desperdicio vano de vidas
humanas, jóvenes y vigorosas, pues la pregunta, creo, no tiene
sentido, tal vez por la enorme cantidad de respuestas que ha
recibido, ninguna definitiva, si es que la hay.
A
menudo, haciendo un leve recorrido literario, he pensado que la
literatura ha pasado de la épica, de la exaltación de la guerra,
Iliada,
Eneida, Mio Cid, etc.,
a un rechazo frontal de la misma, precisamente por todo aquello que
la violencia genera: Guerra
y paz; y,
sobre todo, los Episodios
nacionales,
de Galdós, en especial a los más sangrientos, los dedicados a las
guerras carlistas. Como no podía dejar de suceder, querido Séneca,
también tú alzaste la voz en contra de la guerra:
“Nuestro
furor no es ya privado sino público. Los crímenes y los asesinatos
individuales los castigamos: pero ¿qué decir de las guerras y del
glorioso asesinato de pueblos? Ni la avaricia, ni la crueldad conocen
límite alguno. Estos delitos, mientras se cometen clandestina e
individualmente, son menos nocivos y horrorosos: ahora bien, la
violencia se ejerce mediante decisiones del Senado y decretos de la
plebe, y la autoridad pública ordena lo que está prohibido a los
particulares.
[…]
Los hombres, la descendencia más dulce de los seres, no se
avergüenzan de alegrarse de la sangre mutuamente derramada, y de
hacer la guerra, y de recomendar a sus hijos que la hagan, siendo así
que hasta los animales y las fieras tienen paz entre sí.
Desde luego, vistas las cosas de
esta forma, está claro que ninguna ciudad tiene un monumento al
asesino más famoso que haya tenido entre sus habitantes, como podría
ser Landru, Jack es destripador, Rasputín, o los asesinos y
violadores de las niñas de Alcàsser, por poner unos pocos ejemplos.
Sin embargo, no faltan estatuas de generales, reyes e incluso
infantes que, armas en mano, van decididos hacia un enemigo que ya no
existe sino en sus vacíos ojos.
La pregunta que siempre te he hecho,
ante estas atrocidades, es qué postura debe adoptar el sabio, qué
deber hacer cuando todo un pueblo se encamina hacia la guerra. Creo
sinceramente que ni tú mismo tenías una respuesta válida, pues, y
no está mal, analizas las causas de la guerra: la ambición, el
placer y hasta el espectáculo:
“Se
busca el placer de todas las cosas. Ningún vicio permanece dentro de
sus límites: la lujuria se precipita en la avaricia. El olvido de lo
honesto lo invade todo. Nada es torpe si agrada. Se mata al hombre,
un ser sagrado para el hombre, ya por juego o por diversión. Y si
era ilícito adiestrarlo para infringir o recibir heridas, se le hace
bajar a la arena desnudo e inerme, y produce satisfacción el
espectáculo que ofrece la muerte de un hombre.”
Como he dicho, nos das ninguna
solución para el sabio en un caso similar, de guerra total, que no
de lucha de gladiadores, pues en este caso, y hasta cierto punto, al
parecer, y según cuenta san Agustín, fácil es no asistir al
espectáculo y no ver tamañas salvajadas. Ahora, ¿qué hacer cuando
esas salvajadas son asumidas por todo un pueblo? ¿Qué hacer cuando
uno es obligado a lanzarse a la guerra o a vivir sometido al mal?
¿Qué hacer cuando se ve a miles y miles de personas sufrir por
cosas que no han hecho, y ni siquiera pensado:
“¿Qué
crimen horrendo han cometido esas gentes? ¿Cuál es su falta
imperdonable? ¿Qué mal han hecho?..”
se pregunta Gaziel viendo el éxodo de los campesinos de Murichovo.
Huyen para evitar que las avanzadillas del ejército enemigo los
mate, sencillamente por haber nacido donde han nacido. Y este, al
sentir de Gaziel, es uno de los terribles problemas de nuestra época.
Tú también te considerabas ciudadano del mundo, así que te
encantarán las palabras de este excepcional periodista:
“Un
exceso de ideología y una falta de fraternidad (defectos comunes a
los que descuellan sobre el inmenso rebaño humano, por su
inteligencia o por su fuerza) nos impulsan a considerar la tierra
como un mapa aparcelado, y a poner en cada uno de sus compartimentos
sendos letreros orgullosos o simplemente sonoros: ALEMANIA, FRANCIA,
INGLATERRA, SERBIA, BULGARIA, RUSIA, TURQUÍA, etc. […]
Llamémosla
inglesa, turca, serbia, italiana u holandesa, la turbamulta de los
desheredados permanece siempre la misma, sumergida en su miseria,
sujeta a todos los males y arrastrada, sin tener arte ni parte, a
sufrir todos las calamidades de la vida”.
No
soy historiador; pero siempre he creído que se han producido guerras
que se podían haber evitado perfectamente. No se evitaron, desde
luego. Pero sirvieron para que miles de personas tuvieran que huir de
sus hogares, de su tierra, que temer por sus vidas y sus bienes, y
sufrir represalias y brutalidades sin fin. Y todo, lógicamente, sin
tener voz ni voto en ninguna instancia del gobierno derrocado ni del
salido de la victoria. Dejando muchas cosas aparte, solamente por eso
ningún militar se merece ni monumentos ni tumbas glorificadas. Así
lo decía otro periodista, hablando de la II guerra mundial, a quien
las derechas querían fusilar, y las izquierdas lo veían como
fusilable:
“Francia
sabe, y no ha podido olvidarlo, que hasta ahora no se ha descubierto
ninguna forma de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha
encontrado sistema de gobierno más perfecto que el de una asamblea
deliberante, ni hay otro régimen de selección mejor que el de la
libre concurrencia: es decir, la paz, la libertad, la democracia.
En
el mundo no hay más.”
Y
esto es lo que nos debería redimir de guerras y violencias: el
diálogo, el toma y daca, la democracia. Pero las ambiciones siempre
terminan por imponerse. Y demos gracias a los dioses por no vernos
involucrados en ningún conflicto armado. No quiero la guerra
sencillamente por ser dueño de mi destino, aunque a veces... Creo
que me entiendes. Vale.
Huius
fundamentum quod sit quaeris? ne gaudeas vanis. Fundamentum hoc esse
dixi: culmen est. Ad summa pervenit qui scit quo gaudeat, qui
felicitatem suam in aliena potestate non posuit
Non
privatim solum sed publice furimus. Homicidia conpescimus et
singulas caedes: quid bella et occisarum gentium gloriosum scelus?
Non avaritia, non crudelitas modum novit. Et ista quamdiu furtim et
a singulis fiunt minus noxia minusque monstrosa sunt: ex senatus
consultis plebisque scitis saeva exercentur et publice iubentur
vetata privatim.
[...]Non pudet
homines, mitissimum genus, gaudere sanguine alterno et bella gerere
gerendaque liberis tradere, cum inter se etiam mutis ac feris pax
sit. Séneca, Epistulae, Ep.
95, 30-31
Voluptas
ex omni quaeritur. Nullum intra se manet vitium: in avaritiam
luxuria praeceps est. Honesti oblivio invasit; nihil turpest cuius
placet pretium. Homo, sacra res homini, iam per lusum ac iocum
occiditur et quem erudiri ad inferenda accipiendaque vulnera nefas
erat, is iam nudus inermisque producitur satisque spectaculi ex
homine mors est. Séneca, Espistulae, Ep.
95, 33
Gaziel,
De París a Monastir, Libros
del Asteroide, Barcelona, 2014, p. 270
Gaziel,
Ibidem, ps. 271-272
Manuel
Chaves Nogales, La agonía de Francia, Libros
del Asteroide, Barcelona, 2010, p. 173
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