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Acabo de leer, en varios periódicos,
querido Séneca, el escándalo que se ha destapado en los Estados
Unidos por los sistemáticos abusos de curas católicos a niños y
niñas en Pensilvania. No ha faltado quien, rápidamente, a través
de móvil, para “mitigar” la noticia, me ha enviado una larga
carta escrita por un sacerdote católico, cierto o no, pues nunca te
puedes fiar de estas cartas o declaraciones, lamentando los hechos,
sí, pero reivindicando al mismo tiempo todas las acciones que,
muchos otros sacerdotes, están llevando a cabo en tierras lejanas y
dejadas de la mano de dios, por así decir. Lamenta el sacerdote, en
su misiva, que la prensa se ocupe de casos sensacionalistas, como los
abusos en Peninsilvania, y otros muchos lugares, más el silencio de
otros curas y obispos, y obvie el trabajo silencioso de miles y miles
de misioneros y de su desinteresada labor humanitaria.
Tal
vez no le falte razón a este sacerdote. Pero su queja es tan absurda
como la mía, si me doliera yo de que, jamás, la prensa da la
noticia de que algún estudiante ha leído su tesis doctoral, o un
buen trabajo de fin de carrera. Para que lo haga, el interesado tiene
que pagar al periódico en cuestión; y en cambio, gratuitamente, y a
todo color, y en primera plana, difunda peleas a las salidas de
discotecas, a la salida de los campos de fútbol, cuando no dan
noticias y más noticias de violaciones, abusos y guerras. Por
supuesto que ni todos los curas son pedófilos, ni todos los jóvenes
unos violadores dispuestos, además, a matarse por un gol de más o
de menos en un partido de fútbol.
¿Dónde está el problema entonces
que minimiza la carta de este sacerdote? En el sistemático silencio
de las autoridades eclesiásticas y civiles. En el sistemático
ocultamiento de hechos de esta naturaleza, que, sabemos, no es, ni
mucho menos, la primera vez que suceden. Amparados siempre, dichos
sacerdotes, por el silencio, por echar tierra sobre el asunto, y por
culpar, encima, a las víctimas. Y eso no lo tapan las otras posibles
buenas acciones que pueden realizar muchos otros sacerdotes, que sí,
seguro que las realizan. Nada tiene que ver una cosa con la otra.
Miles de jóvenes estudiando y formándose tampoco mitigan las
violaciones ni las bestialidades de los otros.
No hace mucho, en una comida con
buenos amigos, antiguos compañeros de estudios, decía uno, hablando
de ciertos partidos políticos, que uno no se puede quejar, si mete
un ladrón en su casa a dormir, de que al día siguiente le haya
desaparecido todo cuanto de valor tenía en su hogar. Ahora bien, que
invite a dormir a un fraile, y que este le levante a la señora…
creo que es otro cantar. De ciertas personas se espera un cierto
comportamiento, a veces dimanado de sus creencias, o de que lo que
dicen practicar. Me parece, además, que todos se han olvidado de
algo esencial, dicho por ese mismo señor al que tanto les gusta
dirigirse cuando está moribundo, sangrante, y clavado a una cruz:
“Dijo
después a sus discípulos: “Es inevitable que haya escándalos;
pero ¡ay de aquel por el que se provocan!, mejor sería que le
ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar, que no
escandalizar a uno de estos pequeñuelos.”
Terribles
palabras. La incógnita está, como dijo otro de los comensales, en
que como quiera que lo que el Papa ate en la tierra, será atado en
el cielo, palabras del mismo Jesús,
si al callar y no denunciar algunos de los Papas similares hechos,
también el en cielo se pasarán por alto, y pagarán las culpas de
los otros los de siempre, los inocentes. Pero como quiera que no soy
teólogo, ni tengo intención de serlo, no me voy a meter en camisa
de once varas.
De ahí la discusión derivó hacia
el asunto, querido Séneca, que más nos puede interesar a nosotros.
Como es sabido, los cristianos, desde un principio, al menos desde la
época de san Agustín, y de Erasmo, posteriormente, intentaron
acoplar al cristianismo a destacadas figuras del pensamiento griego y
romano, tú entre ellos. Vamos a dejar de lado ahora al famoso
Sócrates, san Sócrates como lo llamaba Erasmo.
Volviendo
al asunto de las traducciones, y de esta apropiación indebida,
siempre me ha llamado la atención que, en muchas versiones de tus
libros, cuando tú escribes deus,
el traductor actual transcriba dicha palabra con una ligero matiz:
Dios. El uso de la mayúscula induce a error, indudablemente. Parece
como si tú estuvieras hablando de un ser único, especial, quien,
claro está, no puede ser otro que el dios de los cristianos. Ahora
bien, esos mismos textos entran en flagrante contradicción cuando
se ven precisados a traducir, Et
si esse vis felix, deos ora ne quid tibi ex his quae optantur
eveniat.
Es
decir: si quieres ser feliz, ruega a los dioses que no te suceda nada
de cuanto piden para ti [los familiares]. En casos similares ya no
pueden traducir deos
por Dioses, porque el dios cristiano es único. Y si bien es posible
que haya tentaciones de meter aquí a la Santísima Trinidad, el
resultado podría ser verdaderamente grotesco y desternillante. Que
yo sepa nadie se ha atrevido a tanto. ¿Por qué entonces traducir
deus, con minúscula, por Dios? ¿A qué dios te estás refiriendo
tú? Cuando utilizas el plural evidentemente surge en la cabeza de
cualquiera, la corte celestial romana, o la mitología romana:
Júpiter, Venus, Mercurio… No creo, sinceramente, que al pasar al
singular estés pensando en el Yavé de la Biblia, ni mucho menos. Tu
concepto de deus,
por
otra parte, no está muy claro que digamos. Y, además, no hubieras
dado tal salto al dios cristiano sin justificarlo. Hay muchos más
ejemplos, pero creo que será suficiente con este:
“Prohibamos
el uso del saludo matinal y permanecer ante las puertas de los
templos: a la ambición humana le seducen estas devociones, pero a
dios lo honra quien lo conoce. Prohibamos que se le ofrezcan a
Júpiter lienzos y cepillos para el baño y que se le sostenga el
espejo a Juno: dios no busca servidores. ¿Por qué no? Es él quien
sirve al género humano, está al servicio de todos en todas partes.
[…] ¿Qué causa motiva a estos dioses a hacer el bien? Su
naturaleza. Se equivoca quien piensa que ellos nos pueden herir: no
pueden”.
No
creo, sinceramente, que estas palabras tuyas se puedan aplicar al
cristianismo, ni, mucho menos, que se hayan aplicado. Si los dioses
no pueden herirnos es inútil rogarles por la desaparición de la
peste, por el cese de las inundaciones o de la guerra o de cualquier
desgracia, pues nada de eso ha sido motivado por ellos por la
sencilla razón de que no pueden hacer el mal. Dicho esto en la Edad
Media, seguramente nos hubiéramos hecho acreedores de las hogueras
de la santa Inquisición, pues los sacerdotes, al contrario que los
pontífices romanos, son los mediadores entre dios y el pueblo; y si
este no tiene miedo, no ruega, el abad no yanta de lo que canta. No
quiere decir esto que no se puedan hallar puntos de contacto entre el
cristianismo y tu filosofía: la búsqueda de la sabiduría, vivir
sin ambiciones, tener pocos y escogidos amigos, etc. Pero está luego
el problema del suicidio. Defendido por ti siempre, y condenado
siempre por la Iglesia. Hasta el punto de negarles a los suicidas la
tierra santificada del cementerio. Creo recordar que es la novela de
Italo Calvino, El
barón rampante, donde
se cuenta que los familiares de los suicidas colocaban los ataúdes
de estos en las ramas de los árboles que traspasaban las tapias del
cementerio. Sinceramente creo que traducir deus
por Dios es hacerse con una apropiación indebida que induce a error
al lector. Como tal vez induzca a error el mirar hacia otro lado en
cuestiones tan delicadas como el abuso de menores. Ni es un tema
baladí ni se puede justificar con nada. Vale.
Et
hoc ipsum argumentum est in melius translati animi, quod vitia sua
quae adhuc ignorabat videt; quibusdam aegris gratulatio fit cum ipsi
aegros se esse senserunt.
Evangelio
según san Lucas, 17, 1
Yo
te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te
daré las llaves del Reino de los Cielos, y lo que tú atares en la
tierra será atado en los Cielos, y lo que desatares en la tierra,
será desatado en los cielos. Evangelio según san Mateo, 16, 18
Séneca,
Espìtulae morales ad Lucilium, Liber
IV, ep, 31, 2
Vetemus salutationibus matutinis fungi et foribus adsidere
templorum: humana ambitio istis officiis capitur, deum colit qui
novit. Vetemus lintea et strigiles Iovi ferre et speculum tenere
Iunoni: non quaerit ministros deus. Quidni? ipse humano generi
ministrat, ubique et omnibus praesto est. [...] Quae causa est
dis
bene faciendi? natura. Errat si quis illos putat nocere nolle: non
possunt. Séneca, Espìtulae
morales ad Lucilium, ep.
95, 47
Véase
también Sobre
la providencia, 1
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