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Epístolas a Séneca III. Apropiación indebida. Abusos


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08/09/2018

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Esta es la prueba irrefutable de que un alma ha llegado a la perfección: que descubre los propios defectos que antes ignoraba; a ciertos enfermos se les felicita cuando se percatan de que están enfermos1.


Acabo de leer, en varios periódicos, querido Séneca, el escándalo que se ha destapado en los Estados Unidos por los sistemáticos abusos de curas católicos a niños y niñas en Pensilvania. No ha faltado quien, rápidamente, a través de móvil, para “mitigar” la noticia, me ha enviado una larga carta escrita por un sacerdote católico, cierto o no, pues nunca te puedes fiar de estas cartas o declaraciones, lamentando los hechos, sí, pero reivindicando al mismo tiempo todas las acciones que, muchos otros sacerdotes, están llevando a cabo en tierras lejanas y dejadas de la mano de dios, por así decir. Lamenta el sacerdote, en su misiva, que la prensa se ocupe de casos sensacionalistas, como los abusos en Peninsilvania, y otros muchos lugares, más el silencio de otros curas y obispos, y obvie el trabajo silencioso de miles y miles de misioneros y de su desinteresada labor humanitaria.

Tal vez no le falte razón a este sacerdote. Pero su queja es tan absurda como la mía, si me doliera yo de que, jamás, la prensa da la noticia de que algún estudiante ha leído su tesis doctoral, o un buen trabajo de fin de carrera. Para que lo haga, el interesado tiene que pagar al periódico en cuestión; y en cambio, gratuitamente, y a todo color, y en primera plana, difunda peleas a las salidas de discotecas, a la salida de los campos de fútbol, cuando no dan noticias y más noticias de violaciones, abusos y guerras. Por supuesto que ni todos los curas son pedófilos, ni todos los jóvenes unos violadores dispuestos, además, a matarse por un gol de más o de menos en un partido de fútbol.

¿Dónde está el problema entonces que minimiza la carta de este sacerdote? En el sistemático silencio de las autoridades eclesiásticas y civiles. En el sistemático ocultamiento de hechos de esta naturaleza, que, sabemos, no es, ni mucho menos, la primera vez que suceden. Amparados siempre, dichos sacerdotes, por el silencio, por echar tierra sobre el asunto, y por culpar, encima, a las víctimas. Y eso no lo tapan las otras posibles buenas acciones que pueden realizar muchos otros sacerdotes, que sí, seguro que las realizan. Nada tiene que ver una cosa con la otra. Miles de jóvenes estudiando y formándose tampoco mitigan las violaciones ni las bestialidades de los otros.

No hace mucho, en una comida con buenos amigos, antiguos compañeros de estudios, decía uno, hablando de ciertos partidos políticos, que uno no se puede quejar, si mete un ladrón en su casa a dormir, de que al día siguiente le haya desaparecido todo cuanto de valor tenía en su hogar. Ahora bien, que invite a dormir a un fraile, y que este le levante a la señora… creo que es otro cantar. De ciertas personas se espera un cierto comportamiento, a veces dimanado de sus creencias, o de que lo que dicen practicar. Me parece, además, que todos se han olvidado de algo esencial, dicho por ese mismo señor al que tanto les gusta dirigirse cuando está moribundo, sangrante, y clavado a una cruz:

“Dijo después a sus discípulos: “Es inevitable que haya escándalos; pero ¡ay de aquel por el que se provocan!, mejor sería que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar, que no escandalizar a uno de estos pequeñuelos.”2

Terribles palabras. La incógnita está, como dijo otro de los comensales, en que como quiera que lo que el Papa ate en la tierra, será atado en el cielo, palabras del mismo Jesús3, si al callar y no denunciar algunos de los Papas similares hechos, también el en cielo se pasarán por alto, y pagarán las culpas de los otros los de siempre, los inocentes. Pero como quiera que no soy teólogo, ni tengo intención de serlo, no me voy a meter en camisa de once varas.

De ahí la discusión derivó hacia el asunto, querido Séneca, que más nos puede interesar a nosotros. Como es sabido, los cristianos, desde un principio, al menos desde la época de san Agustín, y de Erasmo, posteriormente, intentaron acoplar al cristianismo a destacadas figuras del pensamiento griego y romano, tú entre ellos. Vamos a dejar de lado ahora al famoso Sócrates, san Sócrates como lo llamaba Erasmo.

Volviendo al asunto de las traducciones, y de esta apropiación indebida, siempre me ha llamado la atención que, en muchas versiones de tus libros, cuando tú escribes deus, el traductor actual transcriba dicha palabra con una ligero matiz: Dios. El uso de la mayúscula induce a error, indudablemente. Parece como si tú estuvieras hablando de un ser único, especial, quien, claro está, no puede ser otro que el dios de los cristianos. Ahora bien, esos mismos textos entran en flagrante contradicción cuando se ven precisados a traducir, Et si esse vis felix, deos ora ne quid tibi ex his quae optantur eveniat4. Es decir: si quieres ser feliz, ruega a los dioses que no te suceda nada de cuanto piden para ti [los familiares]. En casos similares ya no pueden traducir deos por Dioses, porque el dios cristiano es único. Y si bien es posible que haya tentaciones de meter aquí a la Santísima Trinidad, el resultado podría ser verdaderamente grotesco y desternillante. Que yo sepa nadie se ha atrevido a tanto. ¿Por qué entonces traducir deus, con minúscula, por Dios? ¿A qué dios te estás refiriendo tú? Cuando utilizas el plural evidentemente surge en la cabeza de cualquiera, la corte celestial romana, o la mitología romana: Júpiter, Venus, Mercurio… No creo, sinceramente, que al pasar al singular estés pensando en el Yavé de la Biblia, ni mucho menos. Tu concepto de deus, por otra parte, no está muy claro que digamos. Y, además, no hubieras dado tal salto al dios cristiano sin justificarlo. Hay muchos más ejemplos, pero creo que será suficiente con este:

“Prohibamos el uso del saludo matinal y permanecer ante las puertas de los templos: a la ambición humana le seducen estas devociones, pero a dios lo honra quien lo conoce. Prohibamos que se le ofrezcan a Júpiter lienzos y cepillos para el baño y que se le sostenga el espejo a Juno: dios no busca servidores. ¿Por qué no? Es él quien sirve al género humano, está al servicio de todos en todas partes. […] ¿Qué causa motiva a estos dioses a hacer el bien? Su naturaleza. Se equivoca quien piensa que ellos nos pueden herir: no pueden”5.

No creo, sinceramente, que estas palabras tuyas se puedan aplicar al cristianismo, ni, mucho menos, que se hayan aplicado. Si los dioses no pueden herirnos es inútil rogarles por la desaparición de la peste, por el cese de las inundaciones o de la guerra o de cualquier desgracia, pues nada de eso ha sido motivado por ellos por la sencilla razón de que no pueden hacer el mal. Dicho esto en la Edad Media, seguramente nos hubiéramos hecho acreedores de las hogueras de la santa Inquisición, pues los sacerdotes, al contrario que los pontífices romanos, son los mediadores entre dios y el pueblo; y si este no tiene miedo, no ruega, el abad no yanta de lo que canta. No quiere decir esto que no se puedan hallar puntos de contacto entre el cristianismo y tu filosofía: la búsqueda de la sabiduría, vivir sin ambiciones, tener pocos y escogidos amigos, etc. Pero está luego el problema del suicidio. Defendido por ti siempre, y condenado siempre por la Iglesia. Hasta el punto de negarles a los suicidas la tierra santificada del cementerio. Creo recordar que es la novela de Italo Calvino, El barón rampante, donde se cuenta que los familiares de los suicidas colocaban los ataúdes de estos en las ramas de los árboles que traspasaban las tapias del cementerio. Sinceramente creo que traducir deus por Dios es hacerse con una apropiación indebida que induce a error al lector. Como tal vez induzca a error el mirar hacia otro lado en cuestiones tan delicadas como el abuso de menores. Ni es un tema baladí ni se puede justificar con nada. Vale.





1Et hoc ipsum argumentum est in melius translati animi, quod vitia sua quae adhuc ignorabat videt; quibusdam aegris gratulatio fit cum ipsi aegros se esse senserunt.



2Evangelio según san Lucas, 17, 1



3Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos, y lo que tú atares en la tierra será atado en los Cielos, y lo que desatares en la tierra, será desatado en los cielos. Evangelio según san Mateo, 16, 18



4Séneca, Espìtulae morales ad Lucilium, Liber IV, ep, 31, 2



5 Vetemus salutationibus matutinis fungi et foribus adsidere templorum: humana ambitio istis officiis capitur, deum colit qui novit. Vetemus lintea et strigiles Iovi ferre et speculum tenere Iunoni: non quaerit ministros deus. Quidni? ipse humano generi ministrat, ubique et omnibus praesto est. [...] Quae causa est dis bene faciendi? natura. Errat si quis illos putat nocere nolle: non possunt. Séneca, Espìtulae morales ad Lucilium, ep. 95, 47

Véase también Sobre la providencia, 1



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