Cuando los primeros monjes dominicos y franciscanos, principalmente, arribaron a lo que fuera La Nueva España traían un objetivo muy claro, catequizar a los indios, de pasadita, acumular algunas propiedades y riquezas y muy buena onda como eran, se entregaron a la tarea de enseñarles a hacer trabajos de artesanías en barro y telares, de esas que puedes comprar a precios de baratija en muchas banquetas de la Ciudad de México o a precios de oro en el Aeropuerto Internacional pero de ninguna manera a compartirles instrucción académica de ningún tipo. Se trataba de domesticarlos, hacerlos dóciles y sumisos mas no de enseñarles a pensar y razonar por sí mismos. ¿A qué poderoso, en su sano juicio podría tener un pueblo instruido y pensante? ¡Semejante cosa es una aberración! ¡Un peligro para el sistema! Por eso, aunque poniendo otros pretextos expulsaron a los jesuitas de España y la Nueva España en el año de 1767, los muy infames estaba enseñando matemáticas, física, química, biología, a leer, comprender y a escribir. ¡Vaya! En resumen ¡A pensar! Y eso es algo que en forma alguna se puede ni debe permitir. Semejante lastre nos sujeta desde aquellos “lejanos” ayeres y no conseguimos soltarnos de él. Siempre habrá una Elba Ester Gordillo, un Andrés Manuel López Obrador o algún otro tipejo de esos que ponga en marcha todas sus artimañas, incluso violentas como las que acostumbran la dichos Sección 22 del Sindicato Nacional de Trabajadores de Educación (SENTE) y otros tantos grupúsculos mafiosos. ¿Quién podría querer reorganizar el sistema educativo en México? La anodina comodidad alcanzada por esos “heróicos maestros” no debe ser tocada ni con el pétalo de una rosa. ¿Qué los alumnos salen siendo unos burros de primera marca que no tan la flauta ni por casualidad? ¡Mejor aún! Eso fortalece a los liderazgos monolíticos, a la corrupción que tantos beneficios trae para esa anquilosada burocracia. ¿Para qué reorganizar las escuelas públicas? Tan contentos que están los maestros y directivos con ese sistema de sentencias prefabricadas e irreflexivas que los niños deben aprender, literalmente hablando, como periquitos. ¿Porqué molestarse en sacudir un poco la polilla y hacer que las neuronas se ejerciten un poco?




