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Asesores o la tiranía del voto


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18/08/2018

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Tiene mayores exigencias la ostentación del dolor que el propio dolor. Séneca, Epístolas morales a Lucilio, epístola, 99


Es durante el verano cuando se producen los grandes desembarcos de emigrantes en el sur de Europa. Tiene toda su lógica que sea así, puesto que estos, en su inmensa mayoría, deben cruzar la mar en unas condiciones muy precarias. Aprovechan, pues, el buen tiempo que ofrece el verano, la mar calmada, aunque no los ánimos, para arrimar sus esperanzas a la otra orilla sin sufrir grandes oleajes ni mares embrabecidos, propios de otras épocas del año.

Rara vez, por desgracia, los emigrantes son bien venidos, o aceptados, en los países donde desembarcan. Aunque, con ellos, los políticos de medio pelo, los incapaces de buscar soluciones, han encontrado el remedio a todas sus inutilidades: todos los males que suceden ya no se deben a sus ineptitudes, ni a su falta de ideas cabales, sino a la llegada de esta gente desesperada, tan desesperada que es capaz de tenderle la mano a su peor enemigo.

A menudo me he preguntado, ingenuo de mí, qué impulsaba o impulsa a una persona a dedicarse a la política. Lo comparaba con otras aficiones o aptitudes; y, por más que lo examinaba, no le veía ninguna explicación. Dedicarse al arte es, con toda seguridad, padecer necesidades y gozar; hacerse profesor requiere vocación si es que no se quiere sufrir, y mucho, y disfrutar; y hacerse empleado es someterse a unos sueldos de misera para poder sobrevivir, sin apenas gozar ni disfrutar. Pero hay que hacerlo, claro. ¿Está ahí la respuesta? ¿En el buen sueldo típico de los políticos, un mejor retiro, y la poca o ninguna responsabilidad y menos trabajo?

La respuesta, como siempre, depende de a quién se le haga la pregunta. Los interesados, los políticos, dicen tener una idea del país, que quieren, llegando a poder, ponerla en práctica, sin duda para llevar a dicho país a la completa felicidad. Eso supone un claro conocimiento de la tierra y de sus gentes, lo cual, de entrada, ya parece una utopía, máxime cuando empiezan a lanzar sus discursos y soflamas que, casi siempre, tienen la virtud de dejar fuera a una buena parte del país para alegrarle la vida a la otra mitad. Evidentemente, como dijo monsieur De Gaulle, un país que tiene una variedad de 264 quesos es difícil de gobernar: siempre habrá alguien descontento. Ahora bien, cuando esa parte es siempre la misma, resulta todo un tanto sospechoso. O, como mínimo, lo es la idea de país que tiene tan patriótico político.

Se pueden hacer, entonces, varias cosas: intentar “fabricar” el país a la imagen que se tiene de él, a fin de eliminar, en lo posible, las diferencias utilizando diversos medios. Se pretende llevar a cabo esto a través de la educación, de la televisión y de la ignorancia, sin olvidarse de esconder todo aquello que puede resultar perjudicial para el honesto político y su visión de la tierra y de la gente. La educación no parece que funciona muy bien a este respecto, aunque no conviene olvidarla ni obviarla. Sí que funciona, bastante bien, la televisión. Ya advirtió, hace muchos años, el cineasta Pier Paolo Pasolini, que teniendo los medios de comunicación en sus manos no necesitaba el ejército para nada. Quizás fue un poco exagerado; pero estaba señalando algo verdaderamente importante, aunque no nuevo: la ósmosis entre el pensamiento del poder y de la gente que sufre dicho poder. Sea esta ósmosis inducida o natural.

Eso, evidentemente, ya lo vieron tanto los griegos como los romanos: no en vano fueron los creadores del teatro, unos; y los grandes constructores de teatros, por todo el Imperio, los otros. No quiere decir esto que todas las obras de teatro fueran maniqueas ni mucho menos. Pero servían, como mínimo, para implantar una lengua, unos dioses, y una cierta visión de la vida, sin olvidar aquello del pan y del circo. No hay más que leer, al respecto, la opinión que tenían ciertos intelectuales de aquel decadente espectáculo romano, tan alejado ya de lo que fue el teatro griego.

Hollywood, muchos siglos después, llevaría estos intentos de conducir el pensamiento, a través del espectáculo, hasta los límites del descaro y de la desvergüenza, si no es que fue mucho más allá. Siempre hay, por supuesto, artistas díscolos que no se someten a las reglas, y que consiguen hacer una obra crítica y personal. Es la válvula que se les permite a quienes no se acaban de creer del todo las bondades de los políticos de turno. Las vanguardias, por unas cosas u otras, siempre son problemáticas para el poder. Por eso lo mejor es volver a la educación: si se cercena el arbolito de pequeñito, jamás podrá llegar a entender todo aquello que no le den mascado y triturado. El resto le marea, no lo digiere y lo rechaza. Y así, sin quitarle ningún mérito a Lope de Vega ni a Tirso de Molina, sería interesante estudiar, si fuera posible, hasta qué punto los espectadores de los corrales, del siglo XVII, captaron las críticas a la monarquía vertidas por aquellos en algunas de sus obras1.

El asunto puede parecer complicado; pero no por eso el poder, o quienes medran a su sombra, lo descuida. Sería suficiente, para ello, con echar un vistazo a los programas de televisión, y a las obras y autores, de cualquier tipo y género, que se premian en eventos llamados culturales. Decían los griegos que los dioses no daban nada gratis. El poder, menos.

Lo que parece que siempre ha funcionado bien en los políticos sin escrúpulos, ni ideas, es la división, más artificial que natural, de la sociedad. La falsa democracia que vivimos ha hecho creer a muchas personas que la ignorancia de unas es igual a la sabiduría de otras. Añádase a ello las famosas redes sociales donde cualquier soflama, cualquier necedad o estupidez, tiene cabida sin más filtro ni autocrítica que la propia necedad, que, en ocasiones, es sublime.

Es viejo el proverbio de “A río revuelto, ganancia de pescadores”. Todavía es más antiguo el de “Divide y vencerás”. Sea como fuere, quizás porque el ser humano es así, un ser muy perfeccionable, resulta más fácil enfrentarlo con su vecino que buscar los puntos de contacto que, sin duda, tiene con él. Algo de esto conocía ya don Miguel de Cervantes quien, como siempre, le encontró su punta de ironía por no decir de mala baba. Me refiero al famoso capítulo XXV de la segunda parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. En él se enfrentan dos pueblos porque el alcalde de uno rebuznaba mejor que los propios burros. Lo cual no deja de ser motivo de chanza y de burla para el otro pueblo, que se cree sin pecas ni defectos. Este capítulo se puede aplicar a tantas situaciones actuales que, sin duda, muchas personas se sentirían ofendidas, a no ser que no consideran que no eran ellas quienes rebuznaban. Siempre es el otro el culpable, por supuesto. El otro siempre es diferente. Y si encima es pobre y no tiene donde caerse muerto, le han puesto en bandeja al político, sin ideas ni escrúpulos, una forma muy sencilla de ganar votos. O de intentarlo. Azuzando al miedo al extranjero. Al emigrante.

Todos los veranos, aprovechando el buen tiempo, llegan emigrantes, no son millones ni mucho menos; y todos los veranos asistimos a la vergüenza de ver cómo los trata la Unión Europea, esa Unión que tiene el Himno a la Alegría, 9º sinfonía de Beethoven, como himno y meta, pero una meta exclusiva, por supuesto. Reservado el derecho de admisión. El sol, según ellos, solo brilla para quien habita Europa o no necesita moverse de su pueblo porque allí tiene la vida solucionada. No hay dinero para solucionar el problema de la emigración, pero sí para invertirlo en armas y más armas por si nos invaden los marcianos o los la Galaxia que todavía no hemos descubierto.

Es una pena que el hombre esté hecho a imagen y semejanza de un cierto dios, o que este fuera tan rencoroso que fue capaz de hacer que el hombre hablara multitud de idiomas para no entenderse entre ellos. Ahí está la primera división, y con un fin muy claro: que el hombre no pudiese llegar a la morada celeste, do habitaba ese dichoso dios. La famosa Torre de Babel. Una pena que ese dios no hubiera sido más generoso, y hubiera dotado a su criatura de ser capaz de hablar todas las lenguas del mundo sin ningún acento que lo delatara. Así podría moverse libremente por todo el orbe. Claro, queda el color de la piel, y la idea de que la tierra donde hemos nacido nos pertenece a nosotros y a nadie más. No sé por qué. Demasiado complicado.

Se ha culpabilizado a los emigrantes de casi todo. Y se utiliza su llegada como forma de ganar votos. No obstante, y pese mal que bien, la sociedad va cambiando. Y muchas personas se van solidarizando con aquellos que, por las razones que sean, se ven obligados a abandonar sus casas. Rara vez se emigra por gusto. Y así algún que otro político, tal vez con un toque de atención por parte de su asesor, ha tenido que rectificar, y dar la mano a varios emigrantes para hacernos creer que la bondad, el buenismo, la idiotez que se dice ahora, no es patrimonio de un solo partido, que el suyo también lo tiene. Y para demostrarlo, se va al puerto, le da la mano a varios negros, les pregunta cómo están, y aquí paz y allá gloria y la casa por barrer, que eso da votos. Quizás hubiera sido mejor que él, sus asesores, y unos cuantos más, se hubieran puesto a estudiar cómo solucionar ese problema en lugar de gastar millones y millones de euros en armamento y en un irrisorio submarino, en no difundir bulos sobre los millones de emigrantes que van a venir, y en dejar de sonar el Himno a la Alegría, a menos que suene para todos independientemente de dónde se haya nacido y dónde se haya de morir. Demasiada faena para gente que se pasa el día en la calle repitiendo simplezas y majaderías. Vale.





1En La estrella de Servilla, de Lope, El burlador de Sevilla, de Tirso, sin olvidar al Calderón de El alcalde de Zalamae. Hay nás, por supuesto.



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Etiquetas:   Dogmatismo

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