. Séneca,
Epístolas
morales a Lucilio, epístola,
99
Es durante el verano cuando se
producen los grandes desembarcos de emigrantes en el sur de Europa.
Tiene toda su lógica que sea así, puesto que estos, en su inmensa
mayoría, deben cruzar la mar en unas condiciones muy precarias.
Aprovechan, pues, el buen tiempo que ofrece el verano, la mar
calmada, aunque no los ánimos, para arrimar sus esperanzas a la otra
orilla sin sufrir grandes oleajes ni mares embrabecidos, propios de
otras épocas del año.
Rara vez, por desgracia, los
emigrantes son bien venidos, o aceptados, en los países donde
desembarcan. Aunque, con ellos, los políticos de medio pelo, los
incapaces de buscar soluciones, han encontrado el remedio a todas sus
inutilidades: todos los males que suceden ya no se deben a sus
ineptitudes, ni a su falta de ideas cabales, sino a la llegada de
esta gente desesperada, tan desesperada que es capaz de tenderle la
mano a su peor enemigo.
A menudo me he preguntado, ingenuo
de mí, qué impulsaba o impulsa a una persona a dedicarse a la
política. Lo comparaba con otras aficiones o aptitudes; y, por más
que lo examinaba, no le veía ninguna explicación. Dedicarse al arte
es, con toda seguridad, padecer necesidades y gozar; hacerse profesor
requiere vocación si es que no se quiere sufrir, y mucho, y
disfrutar; y hacerse empleado es someterse a unos sueldos de misera
para poder sobrevivir, sin apenas gozar ni disfrutar. Pero hay que
hacerlo, claro. ¿Está ahí la respuesta? ¿En el buen sueldo típico
de los políticos, un mejor retiro, y la poca o ninguna
responsabilidad y menos trabajo?
La
respuesta, como siempre, depende de a quién se le haga la pregunta.
Los interesados, los políticos, dicen tener una idea del país, que
quieren, llegando a poder, ponerla en práctica, sin duda para llevar
a dicho país a la completa felicidad. Eso supone un claro
conocimiento de la tierra y de sus gentes, lo cual, de entrada, ya
parece una utopía, máxime cuando empiezan a lanzar sus discursos y
soflamas que, casi siempre, tienen la virtud de dejar fuera a una
buena parte del país para alegrarle la vida a la otra mitad.
Evidentemente, como dijo monsieur
De
Gaulle, un país que tiene una variedad de 264 quesos es difícil de
gobernar: siempre habrá alguien descontento. Ahora bien, cuando esa
parte es siempre la misma, resulta todo un tanto sospechoso. O, como
mínimo, lo es la idea de país que tiene tan patriótico político.
Se pueden hacer, entonces, varias
cosas: intentar “fabricar” el país a la imagen que se tiene de
él, a fin de eliminar, en lo posible, las diferencias utilizando
diversos medios. Se pretende llevar a cabo esto a través de la
educación, de la televisión y de la ignorancia, sin olvidarse de
esconder todo aquello que puede resultar perjudicial para el honesto
político y su visión de la tierra y de la gente. La educación no
parece que funciona muy bien a este respecto, aunque no conviene
olvidarla ni obviarla. Sí que funciona, bastante bien, la
televisión. Ya advirtió, hace muchos años, el cineasta Pier Paolo
Pasolini, que teniendo los medios de comunicación en sus manos no
necesitaba el ejército para nada. Quizás fue un poco exagerado;
pero estaba señalando algo verdaderamente importante, aunque no
nuevo: la ósmosis entre el pensamiento del poder y de la gente que
sufre dicho poder. Sea esta ósmosis inducida o natural.
Eso, evidentemente, ya lo vieron
tanto los griegos como los romanos: no en vano fueron los creadores
del teatro, unos; y los grandes constructores de teatros, por todo el
Imperio, los otros. No quiere decir esto que todas las obras de
teatro fueran maniqueas ni mucho menos. Pero servían, como mínimo,
para implantar una lengua, unos dioses, y una cierta visión de la
vida, sin olvidar aquello del pan y del circo. No hay más que leer,
al respecto, la opinión que tenían ciertos intelectuales de aquel
decadente espectáculo romano, tan alejado ya de lo que fue el teatro
griego.
Hollywood,
muchos siglos después, llevaría estos intentos de conducir el
pensamiento, a través del espectáculo, hasta los límites del
descaro y de la desvergüenza, si no es que fue mucho más allá.
Siempre hay, por supuesto, artistas díscolos que no se someten a las
reglas, y que consiguen hacer una obra crítica y personal. Es la
válvula que se les permite a quienes no se acaban de creer del todo
las bondades de los políticos de turno. Las vanguardias, por unas
cosas u otras, siempre son problemáticas para el poder. Por eso lo
mejor es volver a la educación: si se cercena el arbolito de
pequeñito, jamás podrá llegar a entender todo aquello que no le
den mascado y triturado. El resto le marea, no lo digiere y lo
rechaza. Y así, sin quitarle ningún mérito a Lope de Vega ni a
Tirso de Molina, sería interesante estudiar, si fuera posible, hasta
qué punto los espectadores de los corrales, del siglo XVII, captaron
las críticas a la monarquía vertidas por aquellos en algunas de sus
obras.
El asunto puede parecer complicado;
pero no por eso el poder, o quienes medran a su sombra, lo descuida.
Sería suficiente, para ello, con echar un vistazo a los programas de
televisión, y a las obras y autores, de cualquier tipo y género,
que se premian en eventos llamados culturales. Decían los griegos
que los dioses no daban nada gratis. El poder, menos.
Lo que parece que siempre ha
funcionado bien en los políticos sin escrúpulos, ni ideas, es la
división, más artificial que natural, de la sociedad. La falsa
democracia que vivimos ha hecho creer a muchas personas que la
ignorancia de unas es igual a la sabiduría de otras. Añádase a
ello las famosas redes sociales donde cualquier soflama, cualquier
necedad o estupidez, tiene cabida sin más filtro ni autocrítica que
la propia necedad, que, en ocasiones, es sublime.
Es
viejo el proverbio de “A río revuelto, ganancia de pescadores”.
Todavía es más antiguo el de “Divide y vencerás”. Sea como
fuere, quizás porque el ser humano es así, un ser muy
perfeccionable, resulta más fácil enfrentarlo con su vecino que
buscar los puntos de contacto que, sin duda, tiene con él. Algo de
esto conocía ya don Miguel de Cervantes quien, como siempre, le
encontró su punta de ironía por no decir de mala baba. Me refiero
al famoso capítulo XXV de la segunda parte de El
ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.
En él se enfrentan dos pueblos porque el alcalde de uno rebuznaba
mejor que los propios burros. Lo cual no deja de ser motivo de chanza
y de burla para el otro pueblo, que se cree sin pecas ni defectos.
Este capítulo se puede aplicar a tantas situaciones actuales que,
sin duda, muchas personas se sentirían ofendidas, a no ser que no
consideran que no eran ellas quienes rebuznaban. Siempre es el otro
el culpable, por supuesto. El otro siempre es diferente. Y si encima
es pobre y no tiene donde caerse muerto, le han puesto en bandeja al
político, sin ideas ni escrúpulos, una forma muy sencilla de ganar
votos. O de intentarlo. Azuzando al miedo al extranjero. Al
emigrante.
Todos los veranos, aprovechando el
buen tiempo, llegan emigrantes, no son millones ni mucho menos; y
todos los veranos asistimos a la vergüenza de ver cómo los trata la
Unión Europea, esa Unión que tiene el Himno a la Alegría, 9º
sinfonía de Beethoven, como himno y meta, pero una meta exclusiva,
por supuesto. Reservado el derecho de admisión. El sol, según
ellos, solo brilla para quien habita Europa o no necesita moverse de
su pueblo porque allí tiene la vida solucionada. No hay dinero para
solucionar el problema de la emigración, pero sí para invertirlo en
armas y más armas por si nos invaden los marcianos o los la Galaxia
que todavía no hemos descubierto.
Es una pena que el hombre esté
hecho a imagen y semejanza de un cierto dios, o que este fuera tan
rencoroso que fue capaz de hacer que el hombre hablara multitud de
idiomas para no entenderse entre ellos. Ahí está la primera
división, y con un fin muy claro: que el hombre no pudiese llegar a
la morada celeste, do habitaba ese dichoso dios. La famosa Torre de
Babel. Una pena que ese dios no hubiera sido más generoso, y hubiera
dotado a su criatura de ser capaz de hablar todas las lenguas del
mundo sin ningún acento que lo delatara. Así podría moverse
libremente por todo el orbe. Claro, queda el color de la piel, y la
idea de que la tierra donde hemos nacido nos pertenece a nosotros y a
nadie más. No sé por qué. Demasiado complicado.
Se
ha culpabilizado a los emigrantes de casi todo. Y se utiliza su
llegada como forma de ganar votos. No obstante, y pese mal que bien,
la sociedad va cambiando. Y muchas personas se van solidarizando con
aquellos que, por las razones que sean, se ven obligados a abandonar
sus casas. Rara vez se emigra por gusto. Y así algún que otro
político, tal vez con un toque de atención por parte de su asesor,
ha tenido que rectificar, y dar la mano a varios emigrantes para
hacernos creer que la bondad, el buenismo, la idiotez que se dice
ahora, no es patrimonio de un solo partido, que el suyo también lo
tiene. Y para demostrarlo, se va al puerto, le da la mano a varios
negros, les pregunta cómo están, y aquí paz y allá gloria y la
casa por barrer, que eso da votos. Quizás hubiera sido mejor que él,
sus asesores, y unos cuantos más, se hubieran puesto a estudiar cómo
solucionar ese problema en lugar de gastar millones y millones de
euros en armamento y en un irrisorio submarino, en no difundir bulos
sobre los millones de emigrantes que van a venir, y en dejar de sonar
el Himno
a la Alegría, a
menos que suene para todos independientemente de dónde se haya
nacido y dónde se haya de morir. Demasiada faena para gente que se
pasa el día en la calle repitiendo simplezas y majaderías. Vale.
En
La estrella de Servilla, de
Lope, El burlador de Sevilla, de
Tirso, sin olvidar al Calderón de El alcalde de Zalamae.
Hay nás, por supuesto.
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