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Utopías pedagógicas


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10/08/2018

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Nadie está libre de decir necedades. Lo malo es decirlas con aplicación. Michel de Montaigne, Ensayos.


Durante algún tiempo, siendo estudiante, me estuve debatiendo entre si eran más razonables las teorías de los epicúreos o las de los escépticos. He de confesar que siempre he tenido una cierta debilidad por Séneca; y, por lo tanto, me decantaba por estos últimos. No obstante, algo me decía que sus planteamientos con respecto a la enseñanza, a la educación, no eran acertados, ni mucho menos. Y menos todavía su insistencia en estar en primera línea de la política, en educar al regente o a quien estuviera al frente de la ciudad o de la república. Yo prefería pensar, y con el tiempo se me fue agudizando este razonamiento, que la educación, la escuela, en el fondo influye en las personas mucho menos de lo que creemos; y la política como tal, como ejercicio cotidiano, como trabajo, no me interesa lo más mínimo. En estos puntos me sentía, pues, partidario de Epicuro.

Desde muy pronto, los filósofos, Platón sobre todo, intentaron aplicar aquello que, siglos más tarde, sistematizaría Erasmo de Rotterdam: “...no siendo lícito elegir al príncipe, es lícito educarlo”1. Como es sabido a ello se dedicó Platón intentando hacer un filósofo del tirano de Siracusa, Dioniso. Pensaba que así sería un mejor gobernante, más justo y más equitativo. El que poco después el mismo Platón fuera vendido como esclavo por Dionisio en nada influyó, o muy poco, en el resto de los filósofos. No todos, desde luego, buscaron esta educación, ni influir en los poderosos. Aun así, y pocos años después, sería otro filósofo, Aristóteles, quien sería el preceptor de otro conquistador famoso, Alejandro Magno.

Por desgracia no tenemos constancia del contenido de las clases, o de las charlas, que tuvo Aristóteles con el joven Alejandro. Y a este, como a todo el mundo, hay muchos modos de estudiarlo y analizarlo. Desde siempre se nos ha presentado como un gran guerrero, un gran conquistador, y un hombre poco paciente. Ahora bien, lo interesante para el tema que nos atañe reside en la opinión que tenían de él los pueblos con los que entró en contacto, y no de forma pacífica precisamente. ¿Era Aristóteles partidario de cuanto hacía su alumno?

En el verano del año 329 a. C., Alejandro recibió en su tienda a una embajada de veinte escitas para anunciarle que renunciara a cruzar el río y a fundar una nueva Alejandría. Esto le dijo el más anciano de los embajadores:

“Si los dioses hubieran querido que tu estatura corriera pareja con tu ambición, el orbe no podría contenerte: con una mano tocarías el Oriente, con la otra el Occidente [...A]nsías incluso lo que no puedes abarcar. Desde Europa alcanzas Asia; desde Asia pasas a Europa. Después, si sometes a todo el género humano, te dispondrás a luchar con los bosques y las nieves y los ríos y las fieras salvajes. ¿Ignoras acaso que los árboles corpulentos tardan mucho en crecer pero son arrancados en una sola hora? Necio es aquel que contempla sus frutos pero no calibra su altura. […] ¿Qué tenemos nosotros que ver contigo? Nosotros no hemos tocado la menor porción de tu tierra. ¿Acaso no nos está permitido, habitantes como somos de extensos bosques, ignorar quién eres y de dónde vienes? Ni podemos servir a nadie ni deseamos mandar sobre nadie. [...T]ú, que te vanaglorias de venir en persecución de bandidos, te has convertido en el bandido de todos los pueblos a los que has llegado. […] ¿Qué necesidad tienes de unas riquezasque te obligan a estar hambriento? Tú eres el primero al que la saciedad le ha provocado hambre, de modo que cuando más tienes con más ardor anhelas lo que no tienes [...P]ara ti de la victoria nace una nueva guerra, pues aun admitiendo que seas el mayor y el más fuerte de todos, sin embargo nadie desea sentir sobre sí el peso de su dueño extranjero”.2

Son palabras que no sabemos hasta que punto Alejandro, o Filipo, su padre, le hubieran permitido pronunciar a Aristóteles o al mismo Platón. Pero son palabras que comenzaron a declamar los bárbaros elocuentes, cuestionando todo clase de imperialismo. De nada, o de muy poco, sirvió, si es que sirvió de algo, pues siguieron las guerras, las muertes y la esclavitud. Y sí, Julio César también recibió, al parecer, una exquisita educación, cosa que no le impidió invadir las Galias y masacrar a toda la tribu que se le opuso en sus ansias de poder y de dinero.

Según los autores renacentistas, la historia de la humanidad se puede dividir en tres grandes etapas: Grecia y Roma, que formarían la edad dorada, donde el hombre alcanza el máximo saber, seguida de una época oscura y bárbara, la Edad Media, para resurgir, siglos después, una nueva etapa de gloria y esplendor, el Renacimiento, que conecta directamente con Grecia y Roma. Uno de los grandes humanistas fue Erasmo de Rotterdam. Y una de sus grandes preocupaciones fue, retomando la vieja preocupación, la educación del príncipe cristiano. Sin duda fue este calificativo el que le hizo pensar que ya no sería posible que el filósofo, maestro o consejero del gobernante, terminara como acabaron Sócrates y Séneca, o que fueran vendidos, como Platón.

Que sepamos ni Erasmo ni su amigo Juan Luis Vives fueron maestros de ningún rey o reyezuelo de la época. Es más, Vives tuvo que salir rápidamente de Inglaterra por miedo a Enrique VIII, que mandó ejecutar a Tomás Moro, de quien Vives y Erasmo eran amigos, aunque dicho descabezamiento no se debió a teorías filosóficas ni pedagógicas, como es bien sabido.

Sea como fuere, queda claro que, con el tiempo, se vio que el príncipe debía recibir una educación esmerada para ser capaz de gobernar a una nación. Ahora bien, el príncipe o el rey siempre ha tenido a su alrededor varias camarillas que han tratado se ganárselo, cuando no de apropiárselo, para sus propios intereses. También los otros, los no filósofos, por llamarlos de alguna manera, se percataron de lo importante que es la educación que se le de al futuro regente de una nación. Y surgió la pregunta que no habían tenido en cuenta ni Platón ni Erasmo: ¿quién escoge al encargado de educar al príncipe? Ellos daban por sabido que deberían ser ellos mismos, los filósofos. Pero se tropezaron con un enemigo poderoso y terrible: las camarillas en un caso, y la Iglesia en el otro.

No es este el lugar para juzgar los hechos de los reyes, sus decisiones, triunfos y fracasos, por la educación recibida o por los maestros que los alumbraron. Nos interesa la educación en sí. Y los testimonios de primera mano, si es posible. Sea o no de primera mano, contamos con un documento muy esclarecedor de nuestro convulso siglo XIX3.

Galdós sirviéndose de una criatura de ficción, Tinito, nos lleva al palacio, y nos muestra los juguetes y la educación del futuro Alfonso XII. Esto es lo que le cuenta Tinito a su padre tras la visita regia:

“-Papá, voy a decirte una cosa. Alfonso no sabe nada. No le enseñan más que religión y armas.”

De nada le valen a Tinito las objeciones de su padre mentando al rey san Fernando. El niño sigue implacable:

“-Yo pensé que un rey tenía que aprender gramática, porque… si no sabe gramática, ¿cómo ha de escribir los decretos?

[…]

“Sin venir a cuento, volvió el chicuelo a mofarse de las lecciones de su regio amiguito, insistiendo en que no le enseñaban más que historia sagrada y religión.”

En Episodios anteriores ya ha dejado bien claro don Benito Pérez Galdós cómo era la preparación del clero de España por aquellas fechas4. Se deduce de ello lo que podía esperarse de un monarca con tal preparación y con el ambiente familiar que tuvo. Siempre ha sido más fácil, y útil para algunos, hacer idiotas que sabios.

Y así, con otro pequeño salto, llegamos a la época actual. En esta, gracias a los avances de todo tipo, quien más y quien menos ha pasado por una escuela, y ha aprendido gramática y también religión. Y otras muchas cosas que, tal vez, sirvan para regir un país o una casa. Y como casi todo el mundo pasa por la Universidad, los políticos, aquellos que se quieren dedicar a la cosa pública, tampoco podían ser menos. Y si no han ido, dado que se pasan la vida yendo de acá para allá diciendo sandeces y tonterías, ganando votos y no haciendo nada útil, se inventan los títulos, que siempre hay estómagos agradecidos y gente con ganas de prebendas, que más cornadas da el hambre. Y se falsifica lo que haga falta. Entre medias se han olvidado de, tal vez, lo más importante de la educación, es la educación misma. De tal forma que no resulta ya nada extraño, por desgracia, oír a políticos, más o menos irrelevantes, utilizar un lenguaje despectivo, insultante, chulesco y denigrante para referirse a aquellos que no comulgan con sus ideas. Y lo peor de todo es la persistencia, la aplicación, en semejante despropósito, como si fuera un chiste muy gracioso, que hay que repetir una y otra vez.

La educación, el buen comportamiento con el otro, no es más que solidaridad, reconocer que el otro existe, y que se merece un saludo, una mínima atención, cierta cortesía. Si no se tiene eso, una pequeña deferencia con el vecino, ¿cómo se van a solidarizar semejantes zopencos con los emigrantes, con la gente que sufre, y que les podía suponer, tal vez, algún pequeño problema para ellos? Hay que dejar, pues, que los pobres desgraciados se ahoguen en el Mediterráneo, o donde sea, ya que los mares siempre fueron caminos de cultura, de la educación que, en algún momento, se fue al fondo del mar. Tal vez algún día podamos rescatarla. Vale.





1 Erasmo de Rotterdam, Adagios del poder y de la guerra, Madrid, 2008, p. 160. Edición y traducción de Ramón Puig de la Bellacasa.

2 Juan R. Ballesteros, Bárbaros elocuentes y salvajes silenciosos en la antigüedad y en el humanismo. Revista de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, nª144, p.58. Traducción de Francisco Pejenaute Rubio.

3 Benito Pérez Galdós, La de los tristes destinos, Véase en especial el capítulo XII

4 Véase, entre otros, los episodios Napoleón en Chamartín y Los duendes de la camarilla.



Etiquetas:   Platón

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