Las encuestas como factor de conocimiento social

Pocas personas prestan atención a las estadísticas oficiales. 

 


Da igual el tema del que hablemos: (des)igualdad de género, usos y costumbres sociales, usos dialécticos léxicos y gramaticales en una región, preferencias personales en cuanto a gustos, aficiones, estudios y empleo, etc. ¿Existen estadísticas oficiales de todos y cada uno de esos temas? 

Por supuesto que sí, hay lingüistas, sociólogos, feministas y estudiosos en general que se dedican a hacerlas. Primero, elaboran el borrador y la base de la encuesta en base a unos parámetros científicos válidos; por ejemplo, el porcentaje equitativo mínimo de personas a las que hay que entrevistar para que el estudio sea revelador; después, queda la parte menos dinámica y más de laboratorio: analizar los resultados.

Tal vez piensen que elaborar encuestas es un trabajo fácil y económico, pero no siempre es así. De hecho, no es de extrañar que antes de llevarlas a cabo, el encuestador necesite una inyección económica previa, ya sea mediante créditos rápidos o cualquier otro método de financiación, una buena opción, pero nada fácil es convenciendo a institutos y universidades interesadas en la materia para que se financie su proyecto. 

En cualquiera de los dos casos, el encuestador muy probablemente necesitará una oficina, un ordenador y material diverso; que puede incluir desde utensilios de oficina, como libretas, bolígrafos, lápices y gomas de borrar, hasta un equipo de grabación, pues en ocasiones el modus operandi consiste en grabar las respuestas de la gente y transcribirlas a posteriori. De ese modo, el encuestador no se olvida de nada ni se despista anotando las respuestas de la gente.

Hoy en día, las encuestas no solo son convenientes, sino esenciales. Los tiempos cambian, las luchas sociales se recrudecen en un entorno hostil de crisis económica, cierre de fronteras y desempleo. Se necesita saber cómo afecta esto a los colectivos históricamente desfavorecidos, como las personas racializadas inmigrantes, las mujeres y las personas LGBTQ. 

Por eso, cualquier financiación o dinero de prestamistas invertido en ellas, es dinero aprovechado. Ahora bien, falta que el ciudadano medio se conciencie con la responsabilidad de consultar esas encuestas y aprender. Si no, de poco servirá que haya datos oficiales sobre determinadas situaciones.

UNETE



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