. Existe evidencia de un buen número de
personas que quieren trabajar, pero no lo manifiestan adecuadamente y muchas
que tienen empleo parcial, pero que quieren trabajos de tiempo completo.
INEGI
acaba de reportar que la tasa de desempleo nacional repuntó de 3.2% en mayo a
3.4% en junio. La tasa de desempleo urbano, más relevante para entender el
mercado laboral del país, también aumentó de 3.7% en mayo a 4.1% en junio. Fuera
del ruido normal de un mes a otro, la tasa de desempleo urbano se ha
estacionado alrededor de 4.0% desde hace ya un poco más de un año. Este
promedio, bastante estable, se ubica por debajo de cualquier nivel que hemos
observado desde que existe la encuesta actual (ENOE) que arrancó en 2005. De
alguna forma u otra, el nivel tan bajo del desempleo se puede comparar con tan
solo dos momentos en el pasado, de 1991-1993 y 2000-2001. De acuerdo al balance
INEGI y la argumentación oficial, no debemos preocuparnos, y eso es en parte
cierto.
¿Cómo
podemos interpretar estas cifras? Varios analistas dicen que estamos ya en una
situación de “pleno empleo”. Esto significa que ya es muy difícil observar una
tasa menor porque el desempleo existente es casi todo “friccional”; es decir,
el que proviene de personas cambiando de un trabajo a otro. Cuando la tasa de
desempleo era más elevada, cualquier empresa que quisiera emplear a alguien
tenía de donde escoger. Pero ahora, ante esta situación de “pleno empleo”, las
empresas tendrán que ofrecer mejores salarios para convencer a personas ya
empleadas en otro trabajo para que acepten su oferta.
¿Existe
este peligro ahora? No necesariamente. Existe todavía mucha holgura en el
mercado laboral de personas que buscan trabajo. El problema es que la tasa de
desempleo tradicional no capta una buena parte de esta demanda. La razón es que
la definición que utiliza el INEGI, que proviene de las recomendaciones
internacionales y metodologías aprobadas por la Organización Internacional de
Trabajo (OIT) y las Conferencias Internacionales de Estadísticos de Trabajo
(CIET), es muy estrecha. Solamente abarca las personas que no trabajan ni una
hora a la semana y que están activamente buscando trabajo. Sin embargo, hay muchas personas que quieren trabajar, pero no lo
manifiestan adecuadamente y muchas que tienen empleo parcial, pero que quieren
trabajos de tiempo completo.
En
el primer trimestre del año, INEGI reportó 1.7 millones de personas desempleados
en el sentido tradicional, lo que arroja una tasa de 3.1% de la fuerza laboral.
Sin embargo, existen 5.8 millones de personas que no están consideradas como
parte de la fuerza laboral que están disponibles para trabajar. Este grupo de
personas, a veces llamado “desempleo disfrazado”, representa 15.2% de la
población económicamente inactiva. Están en esta categoría básicamente porque
no hacen el esfuerzo por encontrar trabajo. A diferencia de la población
económicamente activa (PEA), esta parte de la población es económicamente pasiva,
pero igual requiere trabajo.
Mucha
gente que se queda sin trabajo, o que buscan ocuparse por primera vez, aceptan
un empleo de tiempo parcial en lo que encuentran el trabajo que realmente
buscan. Por ejemplo, una persona acepta trabajar unas horas diarias en la
mañana en una tienda de conveniencia y en la tarde sale a buscar empleo. Esta
persona puede considerarse realmente desempleada, pero al no caer en la
categoría oficial, el INEGI no la cuantifica. No obstante, INEGI encontró 3.8
millones de personas que, en el primer trimestre, elaboraban menos horas a la
semana de lo que querían por razones de mercado, por lo que estos
“subempleados” también buscan y requieren un empleo.
Esto
significa que la cantidad de personas en el país que necesitan un empleo no son
solamente los 1.7 millones de desempleados, sino también los 5.8 millones de
desempleados disfrazados y los 3.8 millones de subempleados. Si sumamos las
tres características, llegamos a la cifra de 11.1 millones de personas (mdp) que
necesitan un empleo de tiempo completo.
Para
esto, la última CIET (en 2013) aprobó varias nuevas definiciones, que agrupa la
población ocupada y la desempleada, tanto activa como pasiva. La fuerza laboral
tradicional, también conocida como la población económicamente activa (PEA), es
la suma de la población ocupada y la desempleada que activamente busca trabajo.
Al sumar ahora a la PEA la población desempleada pasiva (desempleo disfrazado),
obtenemos la fuerza laboral potencial (FLP), que en el primer trimestre sumó
60.4 millones de personas. Resulta que los 11.1 mdp personas que necesitan
trabajo es 18.3% de la FLP. Esta tasa se llama la “brecha laboral” y es un
indicador del mercado laboral mucho más robusta que la tasa de desempleo
abierto o tradicional. Las cifras son muy diferentes. No es lo mismo decir que
el 3.1% de la fuerza laboral está desempleada que anotar que 18.3% de la fuerza
laboral potencial necesita empleo.
La
tasa de desempleo tradicional llegó a su pico de 6.1% de la fuerza laboral en
el tercer trimestre de 2009; desde entonces ha marcado una clara tendencia a la
baja hasta llegar a un mínimo de 3.1% en el primer trimestre de 2018. La brecha
laboral registró su pico de 25.1% en el segundo trimestre de 2009 y desde
entonces ha marcado una tendencia a la baja hasta llegar a un mínimo de 18.3%,
también en el primer trimestre de 2018. Ambos indicadores muestran un
comportamiento similar pero con orden de magnitud y de impacto en la población muy
diferente e impreciso.
Si
solo tomamos en cuenta al desempleo tradicional (el que gusta “presumir” el
gobierno) llegamos a la conclusión que estamos cerca de una situación de “pleno
empleo”. Pero si consideramos la brecha laboral vemos que, si bien hemos
experimentado progreso en los últimos ocho años, queda mucho terreno por
recorrer. Más o menos 15.2% de la PEA que se ubica en condiciones críticas de
ocupación.
@leon_alvarez