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Reseña "La Ley de los Justos" de Chufo LLoréns


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03/08/2018


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Exposición Universal de Barcelona, 1888. Es el telón histórico de una novela que sin embargo arranca en una Cuba que a España se le va de las manos. Losespacios físicos están conectados a miles de kilómetros través de los personajes principales que viven en esta historia tan grande como el número de páginas. Para mí nunca ha sido una pega el volumen de un libro porque si me gusta, a mayor cantidad, mayor felicidad. El problema es cuando el arranque se alarga tanto que destroza la paciencia del lector que percibe lo bueno que está por llegar.La familia Ripoll con su patriarca Práxedes al frente, es la muestra del poder económico que atesora la burguesía catalana de finales del siglo XIX. Se resiste a abandonar el tráfico de esclavos ya abolido. Como buen olfateador de dinero buscará la manera de sortear las prohibiciones, medrando hasta el infinito. Los tentáculos de poder generan dependencia y el señor Práxedes debe mantener ojo avizor para no perder comba entre su territorio español y cubano.


Este fresco de la Barcelona asediada por las revueltas anarquistas se cuenta a través de sagas familiares que conviven entre estratos sociales que se sufren mutuamente. El apellido Bonafont estará unido a los Ripoll desde la parte baja en la que le ha colocado la sociedad. El lector vivirá la tremenda historia de amor que navega en “La Ley de los justos” mezclando ambos apellidos. El mil veces novelado amor imposible se sufre a rabiar en este libro mientras Lloréns desgrana los avatares de los miembros de las dos familias.

Una vez más se constata que el entorno familiar no garantiza que un hijo salga “bueno” o “malo”. Con esta obviedad el autor nos presenta personalidades volubles e ingratas, leales y crueles hasta lo inimaginable que compondrán este teatro novelado de pasiones al límite. Estallan las bombas y el amor con letras mayúsculas a ritmo acompasado en esta Barcelona “sin ley” donde la del más fuerte gana por goleada, como en la mayoría de las ocasiones. No ha cambiado mucho el mundo. Los errores se repiten y sin embargo, la esperanza es lo último que se pierde. Está bien que Chufo Lloréns nos lo recuerde entre tanto sinsabor y amargura.

No entraré en muchos más detalles sobre lo que acontece en esta enorme obra que afortunadamente transcurre en capítulos breves. Digo afortunadamente porque como comentaba al principio de esta reseña, el comienzo es lo peor. Algo que me llama poderosamente la atención. Si a las primeras cincuenta páginas el lector no se queda enganchado, ¿qué ocurre si eso no sucede, transcurrido el primer centenar de ellas? Sí. He tenido que realizar un enorme esfuerzo para no decaer.

Las descripciones exasperantes piden demasiado al lector. Es un error de manual que aún no me explico teniendo en cuenta que después, mucho después de ese arranque que se hace eterno, la novela se convierte en novelón: emocionante, con ritmo, lleno de tramas interesantes. Un sinfín de ingredientes que espera el ávido lector. Y llegan con creces. Pero…, ¿por qué tarda tanto? Describe hasta las puntillas de una prenda del vestuario de la época, los números de edificios en las calles, el detalle irritante de la lámpara sobre la mesilla de la habitación de la vivienda…

Prescindiendo de tanto párrafo innecesario la obra se reduciría notablemente. Pero insisto: no porque asusten más de mil cien páginas, sino porque no aportan nada. Cuando en una lectura compruebo que de manera instintiva mis ojos buscan algo y no sé qué y sin darme cuenta, acabo saltando párrafos, es que… la cosa no va bien. He querido abstraerme de esta sensación ya que el autor es Chufo Lloréns pero reconozco que con un desconocido habría cerrado el libro. Después ha merecido la pena. Por supuesto. Pero esa es la gran ventaja de los escritores consolidados.

Por otra parte es destacadísima la labor de documentación realizada. Los personajes reales enmarcan el período histórico pero son los creados por el escritor los encargados de describir la deslumbrante Barcelona que mira para otro lado. Las altas esferas pretenden esquivar la realidad, pero esta les estalla. Literalmente. Son ahora las “víctimas” de la opresión que ellos mismos han forjado. En paralelo se les escapan las riendas con las que tenían amarrada la Cuba de sus amores. Amores económicos, claro está. Me gusta especialmente el relato de ese otro lado del charco gracias a Juan Pedro. Una de las víctimas –reales– de ese poder español al que aludo.

No porque no mencione a otros personajes han dejado de gustarme. Para bien y para mal: esos odiados Germán y Fredy, esas sufrientes Luisa y Candela, ese peculiar mosén Verdaguer,… Tantos. Esta es una novela coral. Es un auténtico desfile (madre mía, impresionante Pancracia Betancourt) donde los secundarios nada tienen que envidiar a los principales.

Me alegro de haber leído “La Ley de los justos”, con todas sus cuestas arriba y tropiezos porque la sensación final es la que queda. La del disfrute de aprender y conocer a través de las vivencias de otros aunque nunca existieran. Esa es la magia…







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