. Ricardo
de Bury, Muy
hermoso tratado sobre el amor a los libros.
Estudiando
la historia cotidiana
de la Roma clásica raro es no hacerse, alguna vez, la típica
pregunta de cómo fue posible que un grupo de personas, con la
educación que recibieron de niños, llegaran a las elevadas cotas
donde llegaron. Sabido es que la escuela, ludus
en
latín, juego,
se
denominó así,
sin duda, para que el niño en cuestión no se asustara, para que
pensara que iba a jugar con
otros niños,
y no a someterse al tormento al que lo iban a someter durante varios
años.
El
magister,
sin
ir más lejos,
estaba
provisto de una vara a la que acudía con harta frecuencia. Todos
los
encargados de enseñar los rudimentos de la educación
eran,
además,
esclavos; estaban
muy mal pagados
e
impartían sus clases en plena calle o un lugares sórdidos, llenos
de griterío y de ruidos. Allí los desamparados alumnos tenían que
aprender a escribir, a leer, y a recitar a los clásicos de memoria,
preferentemente la Odisea,
Ilíada, y,
posteriormente, los poetas romanos. Así pasaban unos pocos años, no
demasiados. Añadamos a eso que las “aulas” no contaban con
bancos ni asientos: los alumnos se sentaban en el suelo, y sus
rodillas hacían la función de mesa. Sobre ellas apoyaban las
tabulae,
hojas
de madera vaciadas y enceradas sobre las que escribían con el
estilete. En invierno aquella cera de las primitivas libretas se
enfriaba. Y al hacerlo se endurecía dificultando la tarea de la
escritura. La amenaza de la vara se cernía sobre espaldas y cabezas
de las tiernas criaturas.
La
enseñanza que recibían era eminentemente literaria. Iba enfocada al
foro, a la vida pública. Quienes deseaban, y podían, seguir una
enseñanza superior, tanto en letras como en ciencias, debían pagar
a unos maestros ya mejor preparados. Aprender, por ejemplo, a hacer
cálculos con números romanos exigía una ardua aplicación. Y aun
así, surgieron grandes arquitectos. No hay más que ver los famosos
acueductos que los romanos fueron dejando por allá por donde
pasaron. Todos ellos son muestras de la más alta ingeniería, pues
deben tener la inclinación necesaria, salvando valles y montañas,
ríos y desniveles, para que el agua vaya desde el manantial a la
urbe, donde un castellum,
un
depósito provisto de varias salidas, la distribuye a las distintas
partes de la ciudad. Y todo ello, sabido es, sin contar con más
motor que la propia fuerza del agua convenientemente encauzada. Y con
el grado de inclinación adecuado en el acueducto a fin de no
provocar ni estancamientos ni grandes riadas. Prodigios de
ingeniería, como se ha dicho. Máxime si se tiene en cuenta que el
acueducto iba cubierto para evitar la caída de desperdicios en el
agua, y preservar, así, su pureza.
Aquella
escuela, ludus,
fue
criticada muy pronto por quienes la habían sufrido en sus propias
carnes. Tanto por los métodos utilizados como por quienes las
regentaban. No le cabía en la cabeza, a alguna que otra persona
sensata, que la educación de los niños se la encomendaran a
esclavos, y que estos, encima, estuvieran mal pagados y peor
considerados. Tan mal pagados que se hallaban cercanos a la miseria.
Por el contrario, hubo sofistas, tanto en Grecia como en Roma, que
ganaron ingentes cantidades de dinero, dando charlas, lecciones de
dialéctica, o enseñando a refutar al contrario. Cosa que llevó,
como es sabido, al abuso y a los absurdos juegos silogísticos.
Famoso es aquel de “Tienes lo que no has perdido, no has perdido
los cuernos, luego tienes cuernos”. Pero hubo más, mucho más.
Hubo, por ejemplo, gente apasionada por el saber, gente que recurrió
a otras culturas, y que trató de adaptar lo mejor de aquellas a la
suya. Séneca, sin ir más lejos, se preocupaba por la pobreza del
latín frente al griego, ya que le resulta difícil traducir algunos
términos filosóficos griegos.
En la misma onda se mueve Cicerón, quien, harto de oír hablar en
griego en su querida Roma, decide latinizar la filosofía griega
adaptándola al su idioma.
En ambos casos, como se puede apreciar, se recurre a otra
civilización para enriquecer la propia. Y algo similar va a suceder
con las ciencias: se estudian los templos griegos, las teorías de
los primeros filósofos y todas sus mediciones y especulaciones en
torno a las distancias, los cuerpos y demás. Sin duda fueron estas
actitudes, más que la escuela, las que llevaron a Roma a la cima de
la lengua y la literatura, sin olvidar el derecho.
Es
muy posible que aquella escuela, ludus,
ni
de lejos fuera la ideal. Pero de ella salieron hombres de verdadera
valía, aunque
lo hicieron renegando de ella.
Tal
vez
la escuela no sea tan importante como pensamos, o quizás, pese a
todo, ha sido capaz de crear aptitudes y despertar inquietudes.
Resulta
curioso constatar lo lentamente que, en algunas cosas, ha ido
avanzando la humanidad. Es
sabido que
a finales del siglo XIX ya no había esclavitud en Occidente. Los
maestros ya no eran esclavos, aunque los medios con los que contaban
eran bastante similares a los que poseían sus colegas romanos. No
hay más que leer el libro Historia
de una maestra, de
Josefina Aldecoa. Es triste comprobar en los medios en los que se
movían los maestros de la época. También cabe pensar que en las
zonas rurales, por un desprecio congénito a la gente del campo, no
se necesitaba más. Tal vez la lectura y el teatro hubiera aliviado
la miseria de aquella gente. Es una suposición.
Moviéndonos
en otros ambientes y en otras épocas, hay dos libros esenciales para
conocer el funcionamiento de la universidad española de principios
del siglo XIX.
Descrito por dos de sus más eminentes alumnos, la pregunta vuelve a
surgir con insistencia: ¿Cómo es posible que de aquellas aulas
saliera gente mínimamente preparada? Quizás hay algo que se impone
sobre escuelas y universidades. O quizás, cabe dudar de todo, y
la escuela en Roma no fuera tan horrible como nos la han pintado. En
alguno de aquellos nidos tuvo que haber alguna águila capaz de crear
algo
que no fuera apatía y aburrimiento.
Cabe pensar que hubo centros en los que estudió concienzudamente. Y
que fueron esas personas las que hicieron avanzar las ciencias y las
letras.
En el caso de Josep Pla y de Gaziel,
la universidad de sus años de estudiantes les produjo el más
profundo de los rechazos. Pero bien por el ambiente familiar, bien
porque, pese a todo, alentó lo que, sin duda, ellos ya llevaban en
sí, los determinó a inclinarse por unas salidas en las que
destacaron de forma clara y contundente. Y, por supuesto, y al igual
que hicieron sus antepasados romanos, también ellos emprendieron el
vuelo hacia otros ambientes y otras culturas, Francia, Alemania,
Italia, que les sirvió para romper con la mediocridad y miseria de
aquellas fatuas enseñanzas.
No se deduce de estos parcos
razonamientos que una buena universidad vaya a crear genios; pero sí
gente mucho más preparada y menos fatua. Es posible. Es como el
típico razonamiento de que igualmente, si no fumas, puedes terminar
con un cáncer de pulmón. Ahora bien, si fumas, tienes más
probabilidades de que así sea. Luego está, por otra parte, el
enorme deseo de dedicarse cada uno a aquello que le guste por mucho
que eso esté mal pagado si es que se paga alguna vez.
Con todas las reservas del mundo,
hoy en día se ha avanzado bastante en el mundo de la educación.
Siempre habrá mochuelos ciegos en los nidos de las águilas, eso es
indudable; pero creo que, en nuestros días, predominan los
profesores bien preparados aunque crezca, igualmente, la falta de
interés del alumnado por lo que se dice en las aulas. En esta vida
siempre hay agujeros que tapar. Pese a todo sigue saliendo de las
universidades gente muy buena y muy valiosa. Es indudable. Y creo que
a ningún profesor se le ocurriría, aunque he visto casos que me
hacen dudarlo, ningún grupo de apuntes, hecho por él, como
complemento al magro sueldo que cobran. Ya no es el caso, pese a que
ambiciones nunca faltan.
Véase
la Epistola LVIII de Epístolas morales a Lucilio.
Véase
Tusculanas, especialmente el
libro I
El
quadern gris, de Josep Pla, en
especial la entrada 22 de març y ss. Y Tots el camins
duen a Roma, de Gaziel, véase
sobre todo la tercera parte.
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