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Pequeñas incógnitas


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22/07/2018

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Los mochuelos ciegos ocupan el nido de las águilas. Ricardo de Bury, Muy hermoso tratado sobre el amor a los libros.


Estudiando la historia cotidiana de la Roma clásica raro es no hacerse, alguna vez, la típica pregunta de cómo fue posible que un grupo de personas, con la educación que recibieron de niños, llegaran a las elevadas cotas donde llegaron. Sabido es que la escuela, ludus en latín, juego, se denominó así, sin duda, para que el niño en cuestión no se asustara, para que pensara que iba a jugar con otros niños, y no a someterse al tormento al que lo iban a someter durante varios años.

El magister, sin ir más lejos, estaba provisto de una vara a la que acudía con harta frecuencia. Todos los encargados de enseñar los rudimentos de la educación eran, además, esclavos; estaban muy mal pagados e impartían sus clases en plena calle o un lugares sórdidos, llenos de griterío y de ruidos. Allí los desamparados alumnos tenían que aprender a escribir, a leer, y a recitar a los clásicos de memoria, preferentemente la Odisea, Ilíada, y, posteriormente, los poetas romanos. Así pasaban unos pocos años, no demasiados. Añadamos a eso que las “aulas” no contaban con bancos ni asientos: los alumnos se sentaban en el suelo, y sus rodillas hacían la función de mesa. Sobre ellas apoyaban las tabulae, hojas de madera vaciadas y enceradas sobre las que escribían con el estilete. En invierno aquella cera de las primitivas libretas se enfriaba. Y al hacerlo se endurecía dificultando la tarea de la escritura. La amenaza de la vara se cernía sobre espaldas y cabezas de las tiernas criaturas.

La enseñanza que recibían era eminentemente literaria. Iba enfocada al foro, a la vida pública. Quienes deseaban, y podían, seguir una enseñanza superior, tanto en letras como en ciencias, debían pagar a unos maestros ya mejor preparados. Aprender, por ejemplo, a hacer cálculos con números romanos exigía una ardua aplicación. Y aun así, surgieron grandes arquitectos. No hay más que ver los famosos acueductos que los romanos fueron dejando por allá por donde pasaron. Todos ellos son muestras de la más alta ingeniería, pues deben tener la inclinación necesaria, salvando valles y montañas, ríos y desniveles, para que el agua vaya desde el manantial a la urbe, donde un castellum, un depósito provisto de varias salidas, la distribuye a las distintas partes de la ciudad. Y todo ello, sabido es, sin contar con más motor que la propia fuerza del agua convenientemente encauzada. Y con el grado de inclinación adecuado en el acueducto a fin de no provocar ni estancamientos ni grandes riadas. Prodigios de ingeniería, como se ha dicho. Máxime si se tiene en cuenta que el acueducto iba cubierto para evitar la caída de desperdicios en el agua, y preservar, así, su pureza.

Aquella escuela, ludus, fue criticada muy pronto por quienes la habían sufrido en sus propias carnes. Tanto por los métodos utilizados como por quienes las regentaban. No le cabía en la cabeza, a alguna que otra persona sensata, que la educación de los niños se la encomendaran a esclavos, y que estos, encima, estuvieran mal pagados y peor considerados. Tan mal pagados que se hallaban cercanos a la miseria. Por el contrario, hubo sofistas, tanto en Grecia como en Roma, que ganaron ingentes cantidades de dinero, dando charlas, lecciones de dialéctica, o enseñando a refutar al contrario. Cosa que llevó, como es sabido, al abuso y a los absurdos juegos silogísticos. Famoso es aquel de “Tienes lo que no has perdido, no has perdido los cuernos, luego tienes cuernos”. Pero hubo más, mucho más. Hubo, por ejemplo, gente apasionada por el saber, gente que recurrió a otras culturas, y que trató de adaptar lo mejor de aquellas a la suya. Séneca, sin ir más lejos, se preocupaba por la pobreza del latín frente al griego, ya que le resulta difícil traducir algunos términos filosóficos griegos1. En la misma onda se mueve Cicerón, quien, harto de oír hablar en griego en su querida Roma, decide latinizar la filosofía griega adaptándola al su idioma2. En ambos casos, como se puede apreciar, se recurre a otra civilización para enriquecer la propia. Y algo similar va a suceder con las ciencias: se estudian los templos griegos, las teorías de los primeros filósofos y todas sus mediciones y especulaciones en torno a las distancias, los cuerpos y demás. Sin duda fueron estas actitudes, más que la escuela, las que llevaron a Roma a la cima de la lengua y la literatura, sin olvidar el derecho.

Es muy posible que aquella escuela, ludus, ni de lejos fuera la ideal. Pero de ella salieron hombres de verdadera valía, aunque lo hicieron renegando de ella. Tal vez la escuela no sea tan importante como pensamos, o quizás, pese a todo, ha sido capaz de crear aptitudes y despertar inquietudes.

Resulta curioso constatar lo lentamente que, en algunas cosas, ha ido avanzando la humanidad. Es sabido que a finales del siglo XIX ya no había esclavitud en Occidente. Los maestros ya no eran esclavos, aunque los medios con los que contaban eran bastante similares a los que poseían sus colegas romanos. No hay más que leer el libro Historia de una maestra, de Josefina Aldecoa. Es triste comprobar en los medios en los que se movían los maestros de la época. También cabe pensar que en las zonas rurales, por un desprecio congénito a la gente del campo, no se necesitaba más. Tal vez la lectura y el teatro hubiera aliviado la miseria de aquella gente. Es una suposición.

Moviéndonos en otros ambientes y en otras épocas, hay dos libros esenciales para conocer el funcionamiento de la universidad española de principios del siglo XIX3. Descrito por dos de sus más eminentes alumnos, la pregunta vuelve a surgir con insistencia: ¿Cómo es posible que de aquellas aulas saliera gente mínimamente preparada? Quizás hay algo que se impone sobre escuelas y universidades. O quizás, cabe dudar de todo, y la escuela en Roma no fuera tan horrible como nos la han pintado. En alguno de aquellos nidos tuvo que haber alguna águila capaz de crear algo que no fuera apatía y aburrimiento. Cabe pensar que hubo centros en los que estudió concienzudamente. Y que fueron esas personas las que hicieron avanzar las ciencias y las letras.

En el caso de Josep Pla y de Gaziel, la universidad de sus años de estudiantes les produjo el más profundo de los rechazos. Pero bien por el ambiente familiar, bien porque, pese a todo, alentó lo que, sin duda, ellos ya llevaban en sí, los determinó a inclinarse por unas salidas en las que destacaron de forma clara y contundente. Y, por supuesto, y al igual que hicieron sus antepasados romanos, también ellos emprendieron el vuelo hacia otros ambientes y otras culturas, Francia, Alemania, Italia, que les sirvió para romper con la mediocridad y miseria de aquellas fatuas enseñanzas.

No se deduce de estos parcos razonamientos que una buena universidad vaya a crear genios; pero sí gente mucho más preparada y menos fatua. Es posible. Es como el típico razonamiento de que igualmente, si no fumas, puedes terminar con un cáncer de pulmón. Ahora bien, si fumas, tienes más probabilidades de que así sea. Luego está, por otra parte, el enorme deseo de dedicarse cada uno a aquello que le guste por mucho que eso esté mal pagado si es que se paga alguna vez.

Con todas las reservas del mundo, hoy en día se ha avanzado bastante en el mundo de la educación. Siempre habrá mochuelos ciegos en los nidos de las águilas, eso es indudable; pero creo que, en nuestros días, predominan los profesores bien preparados aunque crezca, igualmente, la falta de interés del alumnado por lo que se dice en las aulas. En esta vida siempre hay agujeros que tapar. Pese a todo sigue saliendo de las universidades gente muy buena y muy valiosa. Es indudable. Y creo que a ningún profesor se le ocurriría, aunque he visto casos que me hacen dudarlo, ningún grupo de apuntes, hecho por él, como complemento al magro sueldo que cobran. Ya no es el caso, pese a que ambiciones nunca faltan.









1Véase la Epistola LVIII de Epístolas morales a Lucilio.



2Véase Tusculanas, especialmente el libro I



3El quadern gris, de Josep Pla, en especial la entrada 22 de març y ss. Y Tots el camins duen a Roma, de Gaziel, véase sobre todo la tercera parte.



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