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El Conjuro de la Mala Natura por Ricardo Loebell


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20/07/2018


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Prefacio al libro "Mala Natura" de Laurent Ronet


Laurent Ronet tiene un ojo de poeta cinematográfico. Sabe revertir los procesos de la naturaleza, ya que el tiempo de la tragedia se retuerce en secuencias del propio montaje creativo. En su poesía consuena una estética de un tiempo esculpido en que los cuerpos y la naturaleza se descifran mutuamente. En ese ir y venir del sujeto que implora a un ser amado se funden tiempo y espacio íntimamente. El amor se describe en su poesía como una percepción un tanto otra. En el poema “No tenemos nada que decirnos mientras nos amamos”, la escritura se transforma en un inquietante registro que se abstiene a un juicio al describir los sucesos desde la mirada de un niño que narra de manera fidedigna cada momento sin sentir la necesidad de comprenderlo para entregar su testimonio.

Distinto a lo que sucede en el filme, el universo de la poesía abarca todo aquello que es registro de la filmación junto a lo que se margina de la pantalla. Si se piensa en Raoul Ruiz, sería todo aquello fuera del ecrán aún más significativo. Laurent deja que el sujeto poético cante la naturaleza ausente a través del cuerpo metafórico de un ser amado, por extrañar todo rededor que no percibimos cuando miramos por el lente o cuando amamos. Ahí toda presencia es mensajera de la ausencia; el ser camina junto a la sombra de su no-ser; el rostro en su carácter infinito –si se piensa en Lévinas- no se le presenta al sujeto como la vida vulnerable, frágil y efímera, sino que por contraste, es un memento mori que recuerda a la muerte. Aquí la escritura se embarga y se embaraza de su no-escritura. De la misma manera cada poema evoca el universo velado de su composición, que por no tener dimensiones definidas o finitas circula fuera del libro. Esto se evidencia en el poema “Tu rostro para mí es como la muerte”. La empatía con la naturaleza sucede cuando el sujeto deja que la naturaleza habite en un lugar recóndito de su ser. Pues eso le permite expresar y clamar sentimientos y sensaciones que de ser metabolizados en su interior pasan a la conciencia en un lenguaje que enuncia esa comunión. Goethe en su conocido poema “La naturaleza”, adjudicado inicialmente a Christoph Tobler y escrito alrededor de 1782, adopta una voz de una naturaleza antropomorfa, una naturaleza sintiente, como puede imaginarse un individuo a su encuentro en la conciencia de su genesíaca separación. En esa naturaleza que lo ha instalado, que se lo llevará y que no aborrecerá su obra, confía el sujeto de Goethe, desarrollado en un discurso poético que propende a renacer.

Diferente es el proceso en la obra de Laurent Ronet, que comienza con el gris atardecer del primer poema “Tus vuelos nocturnos” para terminar con un cielo ensombrecido en el último, “Al final de la luz tenue”. La mística de la poesía coincide con definir la vida en un alto del flujo infinito y ahí todo lo que sucede, mueve y conmueve, parece no poder ir más allá de lo inconsolable, cuando “se vive sin vivir en sí, y tan alta vida se espera, que se muere cuando no se muere”, así se lee en los versos teresianos que fueron escritos en la frontera de la vida y la eternidad. Comprender que después de la muerte del sujeto todo sigue en su rumbo sempiterno, equivale a pensar que al término del poema, éste continuará escribiéndose solo.

La escritura amorosa en Ronet puede reconstituir la arena esparcida del reloj o buscar las marcas del metabolismo en el cuerpo que permiten medir el tiempo. Por algo todo está destinado a terminar en el comienzo. “Mala Natura” está escrita en una estética ocre, de versos amarillos y dorados que constatan el flagrante transcurso de la humanidad formada por temerosos pasajeros solitarios en ciudades asfaltadas, desterradas de la tierra. Pareciera ser que siempre fue así, que “el final” habita en la médula de la conciencia de cada uno. Eso transforma la naturaleza del sujeto en algo imaginario que permite vivir de la ilusión de la vida como en un sueño inequívoco.

El ojo inquieto que desata esta poesía de Laurent Ronet permite establecer una relación con el último filme del húngaro Béla Tarr, El caballo de Turín (2011). A través del relato de la vida de un caballo de tracción, se narra de manera indirecta cómo la mezquindad y la astucia de los hombres han depredado el mundo con sus acciones y han envenenado la tierra. La nobleza y dignidad humanas parecieran haberse extinguido, su existencia carece de sentido en un mundo dominado por la ilimitada avidez. En esta historia se aprecia el lento deterioro de todo lo que los circunda, como una especie de rebelión de la naturaleza contra la distancia ética del hombre. Las termitas dejan de alimentarse de la madera, los elementos se disuelven del cuajo de la materia primordial, el pozo se seca, la brasa se consume. Como en un apocalipsis, todo se oscurece en una noche eterna como un sueño sin final… Aquí en el último poema el sujeto ‘al final de la luz tenue’ vuelve a su sueño, ‘el cielo ensombrece’ y todo vuelve a la calma; al parecer los cuerpos se entregan a un metabolismo superior. Por de pronto, en las tinieblas, hay tiempo para prestar oído a ese proceso de lenta y temporal disolución.

Ricardo Loebell, PhD en Filosofía y Estética.



Etiquetas:   Poesía Moderna

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