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16/07/2018

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Desde que las riquezas empezaron a convertirse en un honor y eran su séquito y gloria, el mando y el poder, empezó a perder fuerza la virtud, a ser tenida la pobreza como un oprobio y a considerarse la honradez como malevolencia. Salustio, La conjuración de Catilina.


Nunca me ha gustado polemizar, o discutir. De joven porque tenía una enorme tendencia a enervarme, a ponerme hecho un gallito y a despreciar a quien se me oponía; y de mayor porque me he percatado de la inutilidad de la polémica, salvo en contadas ocasiones. De joven, saliera o no victorioso de la contienda, siempre terminaba con muy mal sabor de boca, pues en ningún caso, con razón o sin ella, me gustaba nada mi comportamiento. Supongo que eso me condujo a un cierto hastío. Máxime cuando me percaté de que se discute, o polemiza, más para afianzar las propias ideas que para conocer las del otro, y contrastarlas con las propias y llegar a comprender algunas cosas. ¿Para qué discutir entonces? Por regla general solo polemizan los inseguros de sí mismos y de sus ideas, y quienes quieren tener razón a toda costa. Cosa que explica, perfectamente, los gritos de las tertulias, las continuas interrupciones cuando no las descalificaciones y las faltas de educación y de respeto.

Para saber discutir, o polemizar, hay que aprender a escuchar. No se hace desde el mismo momento que se están cometiendo infinidad de barbaridades con este verbo. Muy a menudo se confunde con el verbo oír. Escuchar requiere una cierta atención, prestar oídos a lo que se nos está diciendo. Tal vez el problema esté en que no se escucha, sino que se oye. Y mientras se oye se está pensando, por regla general, en lo que se va a responder en lugar de prestar la máxima atención, escuchar, a cuanto se nos está diciendo.

Este sería un primer problema, o un segundo o un tercero, a tener en cuenta a la hora de establecer un debate. Otro, no menos importante, es aquel que podríamos denominar las ideas recibidas, y que, de alguna forma, marcan o conforman un tabú. Estaremos todos de acuerdo, por ejemplo, en que robar es una falta, sea cual sea la cantidad que se robe, a quién se robe, y cómo se robe. Hay muchas formas de hacerlo, como es bien sabido. Y muchos ladrones, como es harto conocido. Pues bien, llama la atención que, comenzando por la Justicia, esta haga sus distingos con según quién y para quién. Cosa que a ningún estudiante de clásicas le debía llamar la atención, si se acuerda de los siete sabios de Grecia. Uno de ellos fue quien dijo aquello de la justicia y la tela de araña: esta coge a las pobres moscas y a los débiles insectos, pero perece antes elefantes y animales de mayor envergadura. Efectivamente, nada nuevo bajo el sol.

Poniéndonos en plan arbitristas del siglo XVII, deberíamos pedir que la Justicia, efectivamente, fuera ciega. O que, por lo menos, el juez asistiera a la vista con los ojos vendados… Evidentemente demandar tal cosa es una necedad, pues si tiene que juzgar el robo de un pan, ya sabe él que tamaña tropelía la ha cometido quien no tiene donde caerse muerto, en tanto que hacerse con millones de euros, sea en comisiones o sacándolo directamente del cajón, no lo puede hacer cualquiera. No hay solución pues: estamos vendidos: la Justicia ni es ciega ni es igual para todos.

Evidentemente, las posiciones mantenidas en una polémica también se deben a la propia ideología de cada uno. Y muchas veces esa ideología nos lleva a defender lo que es indefendible. Así, por ejemplo, todos estamos de acuerdo en que robar es una falta; ahora bien, si quien roba tiene cierto poder, y su caída puede perjudicar algún statu quo, entonces se hará lo que sea por defender a quien robó sin ningún problema de conciencia. Y, además, se procurará, por todos los medios, no dar información en los periódicos ni en las televisiones. Llama la atención, al respecto, que el robo de dos botes de crema la cuesten a una persona su puesto, y las multimillonarias comisiones cobradas por quien se cree que el país es suyo, a imitación de aquella reina que cedía los territorios de España a la propia Esapaña, no suponga absolutamente nada. Entonces, con aquella famosa reina, Isabel II, de infausto nombre, también hubo, como no podía dejar de suceder, alabanzas para la señora, a quien compararon con Isabel la Católica. También hubo protestas, por supuesto; y un famoso artículo, El rasgo, escrito por Emilio Castelar, que condujo a la famosa noche de san Daniel: el rector de la universidad se negó a destituir a Castelar, a quien así se lo había demandado Narváez, presidente del gobierno en aquel negro momento, y ante las protestas de estudiantes, y demás, se dio la respuesta de siempre: policía, guardia civil y cargas. Mientras, la reina y su santa madre, con su morganático marido, no se llevaron el país en la maleta porque no les cabía. Y aquí paz y allá gloria: había que preservar a la monarquía como fuera, aunque la reina y su consorte, el infausto Francisco de Asís, no tuvieran la más mínima noción de ética por muchas misas que oyeran.

Decía alguien que por España no pasan los años: se conserva igual de bien que cuando tenía dieciocho años. Pero hay gente que sí que aprende. Para estos, lógicamente, el estado ideal de un gobernante es el del poder absoluto: puede hacer cuanto le venga en gana sin tener que rendir cuentas a nadie. Eso o poner al gobernante por encima de la ley, de los dioses y de los hombres. Y, claro está, amordazar a la prensa y al sector crítico, a los castelares de turno, a quienes, por encima de todo, hay que privar del pan y de la sal. Está muy bien defender aquellos de no robarás; pero, como todo en la vida, hay matices y distingos. Siempre hay alguien que paga por los otros, siempre hay gente que puede robar, y siempre hay gente que sale impune: tienen dinero, tienen buenos abogados, y tienen poder para colocar a aquellos jueces que ni son ciegos ni mancos, y que buscan alguna que otra prebenda. Aquí paz y allá gloria. Y total para haberse de morir.

Por desgracia somos un país en el que se lee muy poco. Tampoco sé, y lo dudo, si leer sirve para algo. Quizás si nos hubiéramos leído los Episodios nacionales, de don Benito Pérez Galdós, hubiéramos podido intuir muchas de las cosas que iban a pasar, aunque dudo que las hubiéramos podido evitar: Galdós noveló, como nadie, una parte importante de nuestro siglo XIX. Y puede pasar hoy, perfectamente, por un visionario, pues hay cosas que se han vuelto a repetir con una exactitud machacona. Los robos y la impunidad. Pero, claro está, entonces nadie votó a Fernando VII, y sabido es que en eso llamado Transición, se votó lo que se votó. Y no se votó lo que no interesaba porque se sabía de antemano el resultado, y era peor el remedio que la enfermedad ya que no se está dispuesto a aceptar el resultado de las urnas. Democracia hasta cierto punto, como todo. Un rasgo a tener en cuenta. Seguimos igual que entonces: una imbecilidad dicha por los míos, deja de ser una imbecilidad. ¿Para qué polemizar entonces? Una pena que siempre se tenga que solucionar todo a mamporrazos. Algún día aprenderemos.







Etiquetas:   Corrupción   ·   Justicia

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