......Hoy
inicié mi día asistiendo como oyente al Observatorio
de Participación Política de las Mujeres, donde trataron el tema de la
violencia política hacia las mujeres. Volví
a escuchar los mismos diálogos que escuché por primera vez hace tres años,
en el 2015, en la Universidad de Salamanca, España. Obstaculización, invisibilización,
ridiculización, cosificación sexual, la doble tarea, los techos de cristal, de
cemento y, lo más importante, las creencias.Debido a lo anterior me cuestione lo siguiente:¿De qué nos sirven
tantos protocolos de equidad y tantas leyes creadas para lograr la igualdad y
la paridad? De todas maneras, siempre pasa algo que, de pronto, hace la vida
más complicada y las cosas más básicas parecen ser inalcanzables: un trabajo,
una familia, y claro el famoso “empoderamiento femenino” que tanto anhelamos y
tanto nos buscan conseguir las leyes y las instituciones sin resultado alguno.
Me
parece ridículo el “empoderamiento” que se busca obtener en estos tiempos. Y
digo que me parece ridículo porque hace falta mucho valor, autoestima,
seguridad, integridad y, sobre todo, amor propio para que una persona, sea del
género que sea, pueda ser capaz de sobresalir pese a cualquier circunstancia y
sin perder su esencia.
Sin
embargo, diariamente, las mujeres viven una serie de sucesos que comienzan a
denigrar su persona, DIARIAMENTE, desde su nacimiento hasta su muerte.
Ejemplos:
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¿Qué ropa debo usar hoy? No tomamos en cuenta la comodidad, tomamos en
cuenta el lugar a donde vamos, quiénes estarán ahí, quién podría burlarse,
criticarnos o acosarnos.
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¿Qué camino debo tomar? No tomamos el más corto, tomamos el más
iluminado, el más transitado, el más “seguro”.
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¿Qué transporte debo tomar hoy? No tomamos el más económico ni el más
cómodo, sino el más seguro, incluso algunas veces tomamos el más concurrido,
pensando en que nos facilitará la posibilidad de pedir ayuda bajo cualquier
circunstancia de riesgo
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¿Qué trabajo debo buscar? No tomamos en cuenta el que más nos apasiona y
tampoco el que nos dará más ingresos. Buscamos uno donde podamos trabajar medio
tiempo o uno con horarios flexibles porque en algún momento vamos a casarnos y
a tener hijos que ¿quién sino nosotras habremos de cuidar?
Si cada una de nosotras
exteriorizara su propia experiencia, nos daríamos cuenta que todas vivimos las
mismas situaciones que nos hacen pensar de esa manera. En México se vive un
severo acoso todos los días, éste inicia de una manera sencilla y TODOS lo
dejamos pasar, las mujeres nos preparamos para tolerarlo, pero no para acabar
con él. Por ejemplo, el simple hecho de caminar por la calle y ser observada de
la misma manera en que alguien observa con deseo la comida cuando tiene hambre.
“Mamacita”, “estás bien rica”, “yo si te doy”, “muévelas
más”, etc. son un ejemplo de la serie de vulgaridades que recibimos
diariamente, vulgaridades que como mujeres escuchamos, sintiéndonos impotentes
de no poder hacer nada al respecto, o más bien no querer hacer algo porque se
nos ha dicho que de hacerlo, las consecuencias podrían ser peores. Eso denigra,
y denigrarse crea en uno mismo la sensación de poco a poco comenzar a
despreciarse.
Y claro, el ejemplo de la
ropa no puede faltar. El típico “estás enseñando mucho”, “tu falda está muy
corta”, “tu escote está muy pronunciado”, “tu pantalón está muy ajustado”, etc.
Ocultar tu cuerpo o mostrar tu cuerpo, todo depende del objetivo, pero ambos
parten del mismo punto: La cosificación sexual.
La cosificación sexual es
otro fenómeno que se vive comúnmente de mujeres hacia mujeres y de hombres
hacia mujeres. Si soy un objeto y si enseñando me vendo, entonces decido
enseñar. Si soy un objeto y enseñar es visto como una manera de vender mi
cuerpo, entonces decido cubrirme el cuerpo y me avergüenzo, me incomodo de mi
propio cuerpo, de mis curvas, de lo que ha formado y formará parte de mí el
resto de la vida, porque no me puedo arrebatar el cuerpo. De ser humanos,
pasamos a ser cosas; de ser cosas, pasamos a ser una molestia cuando nos
proyectamos, una burla cuando nos enojamos y un alboroto cuando rompemos
paradigmas.
¿Alguno de ustedes ha visto a
una mujer llegar a ejercer un cargo público y verse fuerte y capaz, sin que
piensen “seguro se las dio a su jefe”, “es que viene de familia con dinero y
bien posicionada", “su papá pagó por su puesto”, etc.? ¿Pensaron que
estaba ahí y que no lo merecía porque en el fondo no sabía nada y que seguro
era tonta? ¿Pensaron que cómo podía ser posible?
Nos
burlamos de las feministas, les decimos “feminazis” porque creemos que
exageran, y sí. Claro que exageran, pero no podemos invisibilizar esa
“exageración” no podemos ignorarla, no podemos clasificarlas como locas y luego
reírnos, ¡no! ¿Acaso nadie se pregunta qué hay detrás de ese comportamiento?
Hay odio, hay muchísimo odio e inconformidad, frustración, cansancio y
desesperación.
¿A
quién acudimos? Somos mujeres y gritamos para que nos escuchen, pero es
imposible, es como si habláramos un lenguaje distinto, y así es, porque este es
un patriarcado. Lamentablemente, este es un mundo de hombres, y no ha cambiado
nada, su esencia sigue intacta, el resultado nos llena de ira y está lejos de
la utopía de la equidad de género.
Mi
papá, un hombre racional y con gran sentido común, suele decir que la paridad
es una tontería, las mujeres llegan al poder (las que pueden) y no hacen nada,
no cambian nada, se comportan igual que los hombres. Por tanto, considera que
este método es inefectivo y contrario al objetivo, impide que personas que sí
son capaces se vean limitadas a concursar en una contienda de 50 y 50. Sostiene
que el gran problema que enfrentan las mujeres no son los hombres, son ellas
mismas. Y claro, cuánta razón tiene mi padre. Cuando una cae en cuenta de que
la sociedad se mueve en torno al permanente “empoderamiento masculino” aborrece
su ser, aborrece ser eso que los demás no toman en cuenta y en algún momento de
su vida intentó ser algo más que sólo el objeto que satisface las necesidades
del hombre, pero en una y otra esquina se topaba con alguien que la limitaba y
la ponía de vuelta al lugar “de cosa” al que pertenece. Esos intentos no son
más que pequeñas frustraciones que, acumuladas, se vuelven ira y odio,
empezando por una misma, por ser mujer. La misoginia no es cosa de hombres, el
machismo no es cosa de hombres, es cosa de mujeres y hombres.
Las
leyes nos han abierto el camino que por muchos años parecía imposible
encontrar. Gracias Estado, gracias Poder Judicial y Cortes Internacionales.
Tristemente encontramos un camino oscuro, lleno de baches y de bestias feroces
que nos limitan el paso, que nos hacen dar la vuelta, que nos hacen caer y, si
es que nos levantamos, dejamos de ser las mismas, pues cargamos miedo e
inseguridad de estar en el camino correcto, dudamos. Nos volvemos frías y
crueles para tolerar la burla con la que nos topamos y cuando llegamos a la
meta no somos las mismas. La sensibilidad que tanto nos distingue se pierde, el
sentimiento, la emoción y el amor de ser mujeres se limita. Y digo que el
camino de las mujeres está obstaculizado porque ¿qué tan frecuente es que un
hombre se encuentre en su camino con un “no puedes”? ¿a qué hombre no se le
toma en cuenta? El hombre desde que nace lleva el sello de “Superman” de que lo
puede todo y tiene que poder. Mientras que la mujer nace con el sello de “a ver
si puede y a ver si no sale embarazada”. Es a lo máximo que aspiramos en la
mente de la sociedad, lo demás ya es ganancia.
¿Por qué las leyes no se hacen
efectivas, por qué la mujer cuando llega al poder no cambia las reglas?
Porque
a nadie le gusta ser mujer, nadie quiere ser mujer, nadie quiere entrar a la
batalla siendo mujer porque, de entrada, sabes que en los ojos de tus
adversarios no eres el rival más fuerte. Las personas se siguen sorprendiendo
cuando ven a una mujer hacer algo grande, dicen “y eso que es mujer eh”. ¿Qué
no es normal que como humanos seamos capaces tanto hombres como mujeres? Y las
mujeres que llegan y conquistan, ¿cuánto les costó el éxito, ser figura
pública, la admiración? Un divorcio, no tener familia, ser solteras al paso de
los años, peleas con sus hijos y todo por esa maldita línea entre la familia o
la vocación.
No
hacen falta más leyes que nos precisen la importancia de lo que una mujer
representa. No hacen falta más libros para concientizar sobre los delitos
político electorales que se viven día a día. Hace falta hacer conciencia,
detenernos a pensar. Si eres hombre, preguntarte ¿reconozco a la mujer como un
ser humano, con todo lo que implica serlo? y, si eres mujer, preguntarte ¿me
reconozco como ser humano y me acepto con todo lo que implica serlo?
Mujeres
y hombres tenemos que comenzar a vernos como seres humanos, como lo que somos,
ni los hombres son Superman, ni las mujeres somos la Mujer Maravilla. Somos
humanos y eso es lo que nos hace maravillosos, pero no descubriremos esa
grandeza si no comenzamos a reconocernos primero a nosotros mismos y después a
los demás como individuos semejantes.
¿De qué manera podemos hacer un
cambio legal para fomentar la igualdad y la equidad de género?
Respetando
las leyes y protocolos que YA EXISTEN. Den o no el resultado esperado, respetar
la ley siempre es señal de que se acerca un cambio positivo, y los cambios no
se construyen de la noche a la mañana y no siempre dependen solo de uno mismo.
¿De qué manera podemos hacer un
cambio real para fomentar la igualdad y la equidad de género?
Reconociendo
que se ha jugado la vida con reglas de hombres, reconociendo que a veces ni las
mujeres mismas ven lo maravilloso que es ser mujer, reconociendo que los
obstáculos no son reales, son CREENCIAS y esas creencias existen EN TODOS Y
CADA UNO DE NOSOTROS. Identifica esa creencia que daña, que lastima, que
obstaculiza el camino de las mujeres.
Reconozco que los hombres también viven
discriminación, pero si comenzamos apoyando a las mujeres también abriremos
puertas para liberar la opresión masculina. Un sencillo ejemplo es el caso de
la guarda y custodia del menor hijo siempre dándole preferencia a la mujer para
otorgársela, dejando al hombre en un estado de indefensión y un juicio largo y
costoso en el que tiene que probar que la mujer no necesariamente es la más
apta para cuidar a los menores hijos. De tal modo que, si comenzamos a trabajar
por la igualdad y la equidad, a largo plazo ese resultado también se verá
expuesto en los juzgados, en la corte, y se obtendrá el mejor de los resultados
para ambos géneros, habiendo competido los mismos en una contienda de igualdad
de condiciones, con un camino iluminado, que no esté sesgado y con jueces
justos.
Sin
embargo, el juez justo debemos serlo primero nosotros mismos. Juzga con
igualdad y perspectiva de género, da paso a la justicia interior para que seas
capaz de reconocer la injusticia exterior.