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La tentación antiliberal


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07/07/2018

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Hombres como los eminentes liberales del siglo XIX Alexis de Tocqueville y John Stuart Mill fueron muy lúcidamente conscientes de que el aumento de la libertad de los individuos para determinar la propia forma de vida podía repercutir en un aumento de la uniformidad en la vulgaridad y de la mediocridad colectiva. Vieron que esa libertad podía favorecer, en lugar del aumento de la diversidad individual, la extensión del famoso fenómeno de la masificación. Hay que advertir que John Stuart Mill parece querer seguir achacando, en última instancia, el fenómeno a una falta de libertad, la impuesta por el dominio y presión de la opinión social, y no a una consecuencia de la misma libertad, que al permitir el desarrollo de las tendencias espontáneas del hombre haría más visible la naturaleza de los muchos, afín espontáneamente a la mediocridad.


            John Stuart Mill llega a reconocer que la difusión de la educación, al poner al pueblo bajo las mismas influencias, favorecería este proceso. Hay aquí una oportuna duda frente a la ilusión pedagógica, tan común en el liberalismo, de creer en la capacidad de la educación para fomentar un uso enriquecedor y no empequeñecedor de la libertad individual. Para romper definitivamente esa ilusión cabría ir a la afirmación de que el único modo de producir individualidades originales y enriquecidas sería sustituir la educación liberal y humanista por la nietzscheana crianza del hombre superior.

            Es admirable la defensa del genio que hace John Stuart Mill en su ensayo “Sobre la libertad”, y no precisamente del genio artístico, sino de la genialidad en el sentido de originalidad de pensamiento y acción. ¡Con los grandes liberales del siglo XIX daba gusto! Pero para el genio en este sentido siempre se dará la tentación antiliberal, como reacción a las tendencias gregarias y masificadoras en el uso de la libertad, de considerar ideal un estado social en el que los hombres fueran obligados a formas de vida excelentes. Es fácil pasar de la valoración del genio en el sentido indicado a lo que Stuart Mill, pensando seguramente en Carlyle, llama el “culto a los héroes” que considera digno de alabanza al hombre de genio que se apodera del gobierno del mundo para someterlo a sus propios mandatos, desarraigando así la tendencia instintiva de los más a la “mediocridad colectiva”. Como indica Isaiah Berlín en la presentación del ensayo de Mill, éste, como liberal consecuente, siempre resistió la tentación de desear convertir  a los disidentes de la opinión común en guardianes platónicos. Si se cae en esta tentación, el mismo individualista, cuya existencia como tal ha sido hecha posible gracias a la libertad de elección de formas de vida, puede convertirse en un enemigo de la libertad.

            Es grande la tentación antiliberal de propugnar que, como la libertad será siempre usada por los muchos en el sentido de un igualitarismo espiritual en la vulgaridad, incluso coactivo hacia los usos individualistas de la libertad, entonces es preferible que las vidas pequeñas de los muchos sea conformada por un Estado ético y pedagógico que las transfigure poniéndolas al servicio de los grandes fines de lo histórico-universal. En épocas, como la presente, de pérdida de los “grandes relatos” que fijaban esos fines histórico-universales con primacía sobre las preferencias y necesidades individuales inmediatas, todavía cabe una versión de ese antiliberalismo basada en el “mito de la cultura” , que establecería como misión del Estado ético y pedagógico elevar a los individuos desde sus tendencias particularistas espontáneas hasta la satisfacción de las verdaderas, auténticas y comunes necesidades específicas del hombre en cuanto ser “espiritual”.

No obstante, y aunque ello pueda suponer el retroceso de una mayoría de la población a un estado de barbarie, tal y como de hecho está ocurriendo, no parece que puedan existir un conocimiento infalible de la verdad sobre la naturaleza humana y medios políticos no inhumanos de imponerla que permitan plantear una alternativa a los principios liberales de la búsqueda de la excelencia como un asunto exclusivamente individual y de una educación que proponga y no imponga como único medio aceptable de difundir esa excelencia.



Etiquetas:   Política   ·   Filosofía Social

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