. Dije que sobresale el hecho de que éste será el primer sexenio desde
1980 (antes no tenemos datos) en el que no hubo recesión, sin embargo, va a
terminar como el segundo peor (en términos del crecimiento promedio anual) para
cualquier gobierno priista (por lo menos desde Lázaro Cárdenas cuando empezaron
los sexenios). Esta “mediocridad” se explica por la baja en la producción
petrolera, el estancamiento del valor agregado del gasto público y el bajo
crecimiento de la inversión privada. Esto último a pesar de las famosas
reformas estructurales que se aprobaron a principios del sexenio.
Lo que
sucedió con las reformas es que simplemente extraviaron la brújula, atendiendo
una agenda política descuidando la gran coalición que logró ésos cambios
constitucionales: “Pacto por México” y, por otro lado, una lucha interna y
mezquina (más de lo que un Presidente con amplio poder de mandato ganado en las
urnas pudo soportar) en el gabinete priísta, terminó por echar por la borda
cambios estructurales muy necesarios para el país. Ineptos y pusilánimes desde
el gobierno federal es lo que refleja 80% de la desaprobación presidencial.
Ahora
bien, el desplome en la producción petrolero llevó consigo una disminución
paulatina en los ingresos por derechos de exportación de petróleo. Afortunadamente
(para el gobierno), se aprobó una reforma tributaria que aumentó la recaudación,
que neutralizó la caída en los ingresos no tributarios. Sin embargo, el
gobierno incrementó significativamente el gasto público de tal forma que
mantuvo un déficit fiscal abultado (especialmente en los primeros cuatro años)
y la deuda pública (como porcentaje del PIB) creció enormemente. Se critican
las políticas estatistas y eso es lo que se hizo en materia presupuestal con
Videgaray y Peña Nieto al frente del poder ejecutivo. Al final del sexenio de
Fox la deuda pública se ubicaba alrededor del 27% del PIB; para 2016 se acercó
al 50% --de hecho hubo lapsus en los que estuvo por encima del 54% cuando el
peso se devaluó fuertemente-. El nivel del gasto público ejercido en 2016
registró un máximo histórico. Insisto, es
difícil entender ahora las preocupaciones mostradas por un supuesto populismo
que ejercería el candidato presidencial que va arriba de las encuestas, sin una
crítica correspondiente a la política de gasto de este sexenio.
Las
cuentas fiscales que pública la Secretaría de Hacienda cada mes muestran
claramente el incremento desmedido en el gasto público ejercido a lo largo del
sexenio. Resalta (entre muchas otras cosas) la brecha cada vez más grande entre
el gasto aprobado y el ejercido. Los números están bien estudiados y
disponibles en los trabajos analíticos de la ONG, México Evalúa. Pero, por otro
lado, tenemos las cuentas nacionales que elabora el INEGI, que calcula el valor
agregado del gasto público, es decir, la contribución del gasto público al PIB.
Para esto, tenemos que recordar que el consumo de gobierno y la inversión
pública son componentes, por el lado del gasto, del PIB. La tarea del INEGI es
analizar el gasto público para ver si es una simple transferencia (y no valor
agregado), o bien si le agrega valor a la producción interna del país. Lo
sorprendente es que el gasto público históricamente elevado no contiene mucho
valor, es decir, es ineficiente en cuanto a su contribución al crecimiento
económico. En otras palabras, nunca
habíamos visto un gobierno gastar tanto sin producir tanto. La ineficiencia
creciente del gasto público es casi por sí misma, la tragedia más grande de
este sexenio.
Si
analizamos el gasto público, encontramos que mucho se ha dirigido a programas
sociales, dirigidos a combatir la pobreza. Sin embargo, CONEVAL nos dice que la
gran mayoría de estos programas no funcionan y no han contribuido a un
verdadero abatimiento de la pobreza. Pero si el gobierno gasta montos
históricos que no tienen valor agregado y no contribuyen a la reducción de la
pobreza, ¿cómo justifica que los ciudadanos les estemos entregando una parte
sustancial de nuestro patrimonio? Si hubiera justicia, deberíamos someter al
100% de los funcionarios públicos de esta administración a un escrutinio
exhaustivo de sus cuentas bancarias, propiedades y riqueza acumulada (incluido
su honorable y beato candidato presidencial).
De los
sublime a lo grotesco, como el mejor gol de los mundiales y la mano de dios de
Maradona en un mismo juego. A este gobierno también se le ha criticado por
haber generado el año con mayor inflación de los últimos 17 años (2017). Sin
embargo, rápidamente se nos olvida que también se logró el año (2015) con la
menor inflación en toda la historia del INPC. De hecho, la inflación promedio
de los cinco años de este sexenio (3.87%) es la más baja de cualquier sexenio
desde que existe el INPC y es el primer sexenio en lograr una tasa promedio por
debajo del rango superior de variabilidad del objetivo de inflación del Banco
de México. Aquí el mérito principal es de Banxico. Esto es producto de la
autonomía del Banco de México (que se intentó vulnerar sistemáticamente como
otras instituciones públicas en este sexenio), esto terminó con la salida de
Agustín Carstens, otro saldo negativo para quienes manejaron la política
económica del país.
@leon_alvarez