21: La Muerte

21: La muerte

 

. Es precisamente la consciencia de la muerte la que convierte la vida en un asunto serio, y algo misterioso; una especie de prodigio precioso por el que debemos luchar.

La certidumbre personal de la muerte nos HUMANIZA, es decir, nos convierte en verdaderos humanos, en MORTALES (entre los griegos "humano" y "mortal" se decía con la misma palabra). Así las plantas y los animales no son mortales porque no saben que TIENEN que morir. No es mortal quien muere, sino quien está seguro de que va a morir.

La muerte es lo más individualizador y a la vez lo más igualitario; nadie puede morir por otro, pero todos moriremos. Lo mismo que al nacer traemos al mundo lo que nunca antes había sido, al morir nos llevamos lo que nunca volverá a ser.

 

Creemos saber, más o menos, lo que es morirse, pero no lo que es morirme.    

Al decir de los sabios, día a día algo nuestro muere, pero nunca estamos muertos; a fin de cuentas, durante mucho tiempo NO fuimos y eso no nos hizo sufrir en modo alguno. Tras la muerte iremos al mismo sitio o ausencia de todo sitio donde estuvimos (¿o no estuvimos?) antes de nacer. Ni antes nos dolió no estar ni es razonable suponer que luego nos dolerá nuestra definitiva ausencia.

Tan grande como el asombro de la muerte, es la maravillosa circunstancia de haber nacido; de hecho estos dos misterios son los extremos de las alas del tiempo en que transcurre nuestra vida. Si la muerte es no ser, ya la hemos vencido una vez: el día en que nacimos. Nosotros somos mortales pero de la muerte eterna ya nos hemos escapado. A esa muerte enorme le hemos robado un cierto tiempo, y ese tiempo, pase lo que pase, siempre será nuestro.

Así las cosas, la muerte nos demuestra nuestra temporalidad, y por ello nuestra existencia alcanza su valor total  cuando se le aprecia en su limitación temporal. La vida realza su significado con la muerte, ésta nos hace valorar la vida, nos enseña el Arte de Vivir.

Podemos decir entonces que la muerte es nuestra inexorable compañera desde que somos concebidos. La muerte es como hermana gemela univitelina, esa que cuando llega el fin, con su compañía, logra en nosotros la "integración de opuestos", la unidad del ser y el estar.

Así, somos deudores de lo efímero, porque en el morir se esconde lo que somos. Somos también hijos del tiempo pero la defunción es nuestra, el acto de morir nos pertenece. 

En definitiva, pensar acerca de la muerte deviene inevitablemente en una reflexión sobre la vida. Y quién ha vivido como un ser humano de Bien, jamás debe temerla, tal como lo hicieron los 21 que partieron.

MBA. Universidad de Talca.

UNETE



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