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Un refugio entre los libros


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06/06/2018

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Se pueden obtener dos cosas con el estudio de los antiguos: la primera expresarse con elegancia; la segunda aprender a hacer el bien imitando a los mejores modelos y a evitar el mal.


Luciano de Samósata, Contra un ignorante que compraba muchos libros.





Teniendo todo el santo día libre, y para dedicármelo a mí mismo, es normal que, tras cuatro o cinco horas de gozosa lectura, dependiendo de a la hora en la que ha cantado el gallo, esté cansado y me lagrimeen los ojos. Hasta hace poco, cuando llegaba ese momento, solía sentarme en el sofá, conectar la televisión, y entretenerme cambiando de canal. En todos ellos, con diferentes puntos de vista, teñidos por variadas ideologías, estaban ocupados en lo mismo: la moción de censura al gobierno y derivados. Unas cadenas, o sus colaboradores, denunciaban eso que han llamado un golpe de estado y clamaban al cielo; otros proponían o apoyaban una moción transversal (?), la cuadratura del círculo o no sé qué más lindezas. Como en botica, en las cadenas había de todo. Menos sensatez y sentido común. Asomaba en alguna, aunque muy levemente.

Me llamó la atención, no obstante, que algunas personas, autodenominadas constitucionalistas, se empeñaran en definir la moción de censura como un intento de arrebatar, con nocturnidad y alevosía, lo que no sé quién había ganado en las urnas. Salvo que yo tenga una versión interesada de la Constitución, tan constitucional es el famoso artículo 155 como la moción de censura. Y que sepa, al presidente del gobierno no lo eligen las urnas sino el parlamento. En fin, oyendo tan enclenques argumentos, y tanta necia mentira, al final, como siempre, todo quedaba reducido a lo mismo: cualquier imbecilidad dicha por mí, o por mi familia, deja de ser una imbecilidad. Y así era imposible el debate. Y lo es.

No había día, pues, que tardara más allá de diez minutos en apagar la televisión, y en volver a los libros o a la música clásica. De los periódicos, mejor ni hablar, aunque algunos hay que comienzan a barruntar nuevos derroteros. Nada, sin embargo, comparable con los libros, el verdadero refugio contra tanta sandez.

Cuando era joven y pobre tuve la enorme suerte de conocer a Pilar, Pili, apasionada por la historia y la filosofía. Ella me inició en la historia de Roma y de Grecia. Y recuerdo, con verdadero cariño, las discusiones que tuvimos a causa de Nerón y de Séneca. Ella defendía que, el hecho de que Séneca fuera condenado a suicidarse por el emperador, se debía a que aquel había participado en la conjura de Pisón. Yo no lo tenía claro; no veía al filósofo como un intrigante. Y me empeñaba en afirmar que, aunque hubiera sido así, estaba fuera de lugar condenar a muerte a una persona, y más a un anciano. Estábamos tocando un tema peliagudo. Estudiar las penas de muerte lo haría mucho después. Y me pareció, y me parece, una salvajada privar a nadie de su vida. No me servía aquel famoso chantaje de “qué harías si mataran a tu madre...”

Lo importante de aquellas conversaciones con Pilar, Pili, fue que yo me interesé por Séneca. Leí lo que pude entonces, que no fue mucho, pues éramos jóvenes y pobres. Pero volví a interesarme años después, ya no era tan joven, pero tenía mucho más dinero, así que me compré las obras completas de Séneca, traducidas al castellano, y me las leí con verdadera fruición. Para entonces mi querida amiga ya había fallecido. Sí, muy joven. Algunas cartas de Séneca fueron un verdadero consuelo en aquel trance, un bálsamo; las palabras que sólo puede pronunciar un gran amigo.

Estoy totalmente de acuerdo con Heráclito cuando dijo que nadie se baña dos veces en el mismo río. Hay gente, no obstante, que encuentra paralelismos entre las diferentes edades del hombre, entre los primeros y los últimos años, por ejemplo. Hay alguna concomitancia, pero poco más. Quiero decir con esto que, con el paso del tiempo, volví a ser pobre, pero no joven. Me jubilé, gocé de una pensión, con ella tuve que ayudar a un par de estudiantes renuentes, y dejé de comprarme libros. No me preocupó mucho la situación, pues siempre he pensado que puedo comenzar a releer todos los que tengo en casa; y, seguramente, me moriré antes de llegar a la mitad de la tarea. Estoy empleándome a fondo en ello.

Un día, harto de los políticos y de los profetas y agoreros, y de las televisiones que los alumbran, me puse frente a una estantería, y me entretuve en sacar libros y en hojearlos. Están todos tan apretujados, tan metidos como sardinas en bote, que al sacar uno se cayeron cuatro o cinco. Entre ellos había uno que ni recordaba que estaba por estos lares. Se trata de un conjunto de diálogos de Luciano el samósata. Sorprendido, lo abrí. Está todo rayado y subrayado. Y con anotaciones. Eso me tranquilizó: era la señal inequívoca de que lo había leído, pese a que no recordaba nada de nada. Lo aparté con la idea de volver a leerlo, cosa que hice inmediatamente.

Disfruté muchísimo con los diálogos de Luciano el samósata. Y me percaté de cuánta es su modernidad en vista de todo cuanto estaba sucediendo con la moción de censura, y los vanos sofismas de políticos y contertulios. ¿Decía alguien la verdad? Tal vez. Por regla general, los políticos suelen decir la verdad cuando están en la oposición; llegados al poder, tienen que matizar lo que dijeron -eufemismo para decir que mintieron entonces o van a mentir ahora- y, por supuesto, no se enteran de las marrullerías, robos y corruptelas de sus conmilitones.

“¿Es que no sabías el cuidado que necesita la cosa y que, a poco que uno se desvía del camino, todo se va a la ruina?”1

Los diálogos de Luciano están teñidos de un fino humorismo, de una suave ironía, que hace que el lector mantenga una leve sonrisa en tanto tiene el libro abierto entre las manos. Es indiferente, para el caso, se crea o no en los dioses. En sus diálogos, Luciano se ríe de sus comportamientos, que son tan humanos como el de cualquiera de nosotros. Aunque los de los dioses tienen, por supuesto, su punto de necedad. Así Apolo “ha abierto tiendas para vender oráculos”; pero “los inteligentes se dan cuenta de que, por lo general, se comporta como un charlatán. Por ejemplo, él, que es un buen adivino, no previó que iba a matar a su amado con el disco, ni adivinó que se le escaparía Dafne…”2 Se puede aplicar a otras religiones.

Lo pasé muy bien leyendo estos diálogos. Y no tardé mucho en dar con pasajes que me recordaban, y mucho, a Séneca. Son aquellos en los que insiste en la moderación, en huir de la vanidad, en mantenerse alejado de los ruidos de la calle y de la vida social. Así se expresa Diógenes hablando con el famoso Mausolo:

“Diógenes, en cambio, ni siquiera sabe si su cuerpo tiene una tumba; tampoco se preocupa de ello, pero en cambio ha dejado entre los hombres de bien magnífica fama de sí mismo, por haber vivido una vida humana más elevada que tu monumento y construida en una base más sólida, ¡oh tú el más servil de los Carios!”3

Me gustaron tanto aquellos diálogos que, y no me arrepiento de ello, me compré más libros de Luciano. Muy económicos. Y si bien algunos de aquellos libros me hicieron olvidarme de todas las sandeces que, tirios y troyanos, estaban enviando por esa maraña llamada redes sociales, a cuenta de la moción de censura, otros me retrotrajeron a eventos acaecidos poco ha. Me pregunté entonces, ante ciertas corruptelas universitarias, dar títulos a políticos sin haber pisado la universidad, por ejemplo, cómo era posible que una persona culta se prestara a semejantes manejos. Tal vez mi error estaba en relacionar a toda la universidad con la cultura. O a los libros con la misma. Tiene Luciano un bello librito, Contra un ignorante que compraba muchos libros, que, inmediatamente me llevó a Séneca de nuevo. Cuenta este, en una de sus epístolas, que Calvisio Sabino, para suplir su ignorancia, “compró esclavos; uno que supiese de memoria a Homero, otro a Hesíodo, además asignó otro a cada uno de los nueve líricos. Que los hubiera comprado con gran dispendio no debe extrañarte: no los había encontrado preparados. Una vez adiestrada esta servidumbre, comenzó a incordiar a sus invitados. Tenía a sus pies a estos esclavos, a los que pedía sin cesar le sugiriesen versos para repetirlos, pero a menudo se perdía en medio de una frase.”4

¿Se puede llegar a catedrático con ayuda de algunos esclavos? No lo sé.

Pero hallé algo que podría ser la solución final, lo que me lo explicaba casi todo. “¿Acaso su adquisición [de los libros] te ha hecho más virtuoso?”5 No responde nada Calvisio. Y Séneca concluye que no es esta, la libresca, la verdadera sabiduría. “La sabiduría ni se presta, ni se compra, y pienso que si estuviera en venta no tendría comprador; por el contrario, la insensatez se compra diariamente.”6

Ante estos dos autores, comenzó a palidecer todavía más todo cuanto estaba sucediendo a mi alrededor. Decidí, cuando estuviera cansado de leer, meterme en la cama y reflexionar sobre lo leído. Me di cuenta, no obstante, cuán difícil es llegar a la serenidad que demandan ambos autores, pues todavía me enervo ante ciertas cosas y ciertas palabras o afirmaciones; pero creo que estoy ya en el buen camino. Y todavía me quedan muchos libros por leer de mis viejas estanterías. Por lo pronto ya no contesto a los mensajes y chistes de todo tipo y laya que me envían al móvil. Algunos de muy mal gusto. Tengo la suerte, entonces, de acordarme de Pilar, de nuestras viejas discusiones sobre Séneca, y le digo que cada día que pasa tengo más claro que Séneca no participó en la conjura de Pisón; y que Nerón fue el verdadero asesino de su maestro. Esto para mí es más importante que todo cuando se dice, o se deja de decir, sobre este o aquel gobierno. ¿Vamos a ser más virtuosos ahora que antes? No lo creo. Pero tal vez no esté mal tener una leve esperanza… Tal vez.





1Luciano de Samósata, Diálogos de los dioses, p. 79. Alianza Editorial, Madrid, 1987. Traducción de Juan Zaragoza Botella.



2Ibídem, p. 60



3Ibídem, Diálogo de los muertos, p.133



4Séneca, Epístolas morales a Lucilio, libro III, ep. 27, 6. Madrid, 1986. Traducción de Ismael Roca Meliá.



5Luciano de Samósata, Contra un ignorante que compraba muchos libros, Barcelona, 2013, p. 45. No consta el nombre del traductor.



6Séneca, Ibídem, ep, 27, 8



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