. Pues hay que reconocer que la audacia le
ha salido bien, aunque buena parte de los riesgos ahí siguen.
A la tercera ha ido la vencida. Sánchez ya
ha conseguido entrar en la Moncloa, y no de visita, sino para quedarse. Podría
haber subido al estrado a exponer un programa sólido y creíble, y desmarcarse
de los que quieren la destrucción de España, pero con eso no hubiera conseguido
sacar adelante la moción de censura. Por eso optó por sustituir las propuestas
por guiños al nacionalismo antiespañol, que ya veremos si llevan además
escondidos acuerdos por debajo de la mesa para sacar de la cárcel a los
golpistas catalanes, y para plegarse al resto de exigencias de Puigdemont y sus
secuaces. Con ello ha conseguido la presidencia evitando unas elecciones que
hubieran sido perniciosas para él y su partido. ¿Pero ahora qué?
Lo que está claro es que Sánchez aguantará
en la presidencia todo el tiempo que pueda. Podemos dar por segura la
derogación de la reforma laboral, de la prisión permanente revisable, y de la
ley de seguridad ciudadana. Es muy probable una vuelta de tuerca a la ley de la
memoria histérica, o a la ley de violencia de género, incluso alguna ley para
garantizar la paridad incluso en los tríos. No acometerá ni una de las reformas
que de verdad necesita España, la economía se resentirá y volveremos a
despertarnos preguntando por la prima de riesgo. Pero si se queda ahí, el
tiempo puede jugar a su favor en términos electorales.
El problema, más para el PSOE que para
Sánchez, serán los posibles pagos a cuenta a los golpistas catalanes por su
apoyo de hoy. El problema se planteará si el PSOE sucumbe a la pulsión podemita
de derrumbar el régimen del 78. Cada plato que rompa Sánchez en Madrid lo
pagará el PSOE en Andalucía, en Aragón o en Castilla-La Macha en las
autonómicas de dentro de un año. Y ojo, porque ahí puede estar el suicidio
definitivo del PSOE.
En cuanto a Ciudadanos, da la impresión de
que esta moción de censura les ha descolocado un tanto. En sus cuentas de la
lechera estaban unas elecciones anticipadas y, en el peor de los casos, un
final de legislatura desgastando al PP desde la oposición para restarle los
votos de un electorado por el que compiten. Rivera y su entorno volvieron a
precipitarse creyendo que al retirar su apoyo al gobierno iban a forzar el
ansiado adelanto electoral, pero en lugar de eso forzaron la tormenta perfecta,
la moción de censura de Sánchez que no quería elecciones ni en pintura, y la
deserción del PNV que también había dicho por activa y por pasiva que no le
hacía ni pizca de gracia el adelanto electoral tan ansiado por Rivera.
Y al final se han quedado sin elecciones
anticipadas y sin año y pico de desgaste al PP. Quizás por eso ellos y sus
terminales mediáticas andaban hasta esta misma mañana como locos por pasillos y
redes sociales clamando por una dimisión de Rajoy tan innecesaria a estas
alturas como inútil para evitar la formación del gobierno Frankenstein de
Sánchez (los letrados de las Cortes deben estar aún descojonándose), y que el
único rédito que hubiera rendido habría sido una claudicación y humillación
postrera para desgastar al PP hasta su último minuto en el gobierno.
Los de Rivera van a tener que cambiar de
estrategia. Rajoy ha dejado de ser el pim pam pum a costa del cual seguir
arañando votos. Seguirán con su cantinela de las elecciones anticipadas, pero
ya no será un gobierno del PP el que esté enfrente. Ahora tendrán que mirarse
muy mucho con lo que hacen con su pacto en Andalucía con la Susana de los ERE,
y en Madrid con el gobierno de Sánchez, que también es de los ERE. Ahora
Ciudadanos va a encontrar al PP por delante de él en la oposición, cuando no
soplándole en la nuca, y de momento con el mismo Rajoy que en dos elecciones
consecutivas le dio la vuelta a esas encuestas que tan bien pintaban para los
naranjas.
En cuanto al PP y Rajoy, la moción de
censura ha vuelto a sacar a la superficie sus inconsistencias. El PP no supo
enfocar la legislatura, y ver que el equilibrio de fuerzas que llevó a Rajoy
por última vez a la Moncloa era tan frágil que podía romperse en cualquier
momento. Gürtel fue la coartada para hacer saltar ese equilibrio por los aires,
pero lo que estaba detrás era el miedo a unas elecciones que sólo quería
Rivera. Por eso resulta absurdo que Rajoy se haya dedicado a seguir maltratando
a su electorado para intentar contentar a unos socios que estaba claro que le
dejarían caer en cuanto les conviniera. Ahora se ha quedado sin gobierno y con
un importante desgaste electoral.
Sin ir más lejos, Rajoy optó, contra las
preferencias de sus votantes, por tragarse las imposiciones de Sánchez y Rivera
para aplicar un 155 que pudo aplicar él solito con mayor firmeza con su mayoría
en el Senado. Apenas seis meses después
de aquello, los socios a los que pretendía contentar le han apuñalado por la
espalda, con el agravante de que Ciudadanos tiene incluso la desfachatez de
reclamarle ahora la firmeza que pedía entonces no tener.
Ahora al PP le toca rearmarse, e intentar
impedir que los que han acabado con el gobierno de Rajoy consigan además acabar
con el partido. Las presiones para borrar al PP del panorama político van a ser
fuertes. Al ya tradicional cordón sanitario de la izquierda se suma ahora la
Brunete mediática de Ciudadanos. Mientras exista el PP existirá techo electoral
para el partido naranja. Por eso Rivera y sus lobbys van a intentar eliminar
cualquier competencia en su nicho electoral. Hacer con el PP lo mismo que hicieron
con UPyD.
En resumen, las prisas de Rivera y la
desesperación de Sánchez nos ha metido a todos en una ratonera de la que no
está claro cómo vamos a salir. Lo que es seguro es que nos dejaremos unos
cuantos pelos en la gatera. Y ojalá y sea sólo eso