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Morósofos (sabios necios)


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18/05/2018

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La única garantía efectiva de que no se convertirán [los guardianes del estado] de guardianes del estado en dueños y señores de él, de que no degenerarán de perros guardianes en lobos que devoran el rebaño que deben guardar, reside según el filósofo en una buena educación.


Werner Jaeger, Paideia.





Hace unas semanas nos contaba un viejo profesor, en la cena que le ofrecimos sus ex alumnos en el día de su jubilación, las pesadillas que tuvo nada más comenzar a impartir sus primeras clases. Nos dijo entonces, y lo repitió en varias ocasiones en el aula, que ser profesor era lo último que deseaba ser en esta vida: recordaba el trato dado por algunos alumnos, compañeros suyos, a sus maestros y profesores, y la vergüenza ajena que sintió en más de una desagradable ocasión.

-Yo -decía- quería dedicarme a la investigación, no relacionarme con nadie, o a la sumo, con cuatro o cinco personas. Pero nunca ponerme delante de veinte o treinta alumnos, y tenerlos pendientes de mis labios.

La investigación, sin embargo, no da para comer. No tuvo más remedio que preparar oposiciones, presentarse y aprobarlas. Y así fue como se hizo profesor. Y comenzaron sus pesadillas. Consistían estas en que alguien, en plena clase, acudía a la puerta del aula, llamaba educadamente, entraba, y desde la tarima del profesor, desplazándolo a él, mostraba a los alumnos diversos papeles oficiales convenientemente sellados. En dichos papeles quedaba demostrado, clara y tajantemente, que el viejo profesor no había terminado la carrera: tenía asignaturas de primero de carrera pendientes, algunas de tercero y varias de cuarto y quinto curso. Un desastre de expediente. Ante aquellos papeles, era tal la vergüenza que sentía el profesor que no le quedaba sino el recurso del desmayo.

-Pero -contaba- cosa curiosa: el desmayo en el sueño coincidía con el despertar en la realidad. Y el sueño había sido tan intenso, tan verídico, tan fuerte, que, sin apenas abrir los ojos, con el corazón latiéndome desaforadamente, me dirigía al mueble donde guardo todos los papeles, buscaba la carpeta con el rótulo ESTUDIOS, y la abría en busca del título, de las notas, de todo aquello que avalara que ocupaba mi plaza de profesor legalmente.

No contento con eso se llevaba la carpeta a su despacho, se lavaba la cara, de tomaba un café y volvía a revisar los papeles. Se tranquilizaba después de haberlos leído un par de veces, de recordar clases y exámenes; pero le resultaba imposible, entonces, volver a conciliar el sueño. Se dedicaba en aquellas horas a preparar clases, a estudiar o a leer, así que sus clases, muchas, fueron magistrales. Doy fe de ello. Así se lo hicimos saber no sólo el día de su jubilación.

-Eso se daba por sabido -nos dijo-. Bueno, quiero decir que era mi obligación, que es lo que debía hacer. Ahora bien, lo que me inquietaba a mí era porqué se producían aquellas terribles pesadillas, que estuvieron a punto de matarme. Porque aquello no sucedió una ni dos veces. Se repitió bastante a menudo. Tantas que tentado estuve, en más de una ocasión, de ir al psiquiatra. Estaba seguro de que en alguna parte había una quiebra, un fallo en mí, y no conseguía dar con él.

No fue al psiquiatra. Y deseando darse una explicación, como casi todo el mundo, atribuyó sus pesadillas a un exceso de desconfianza en sí mismo, a la inseguridad que lo corroía, según él, aunque nosotros nunca se la notamos. Nos confesó que entraba en clase temblando; pero que una vez estaba ante su mesa, siempre se repetía lo mismo: “es tu trabajo, y lo tienes que hacer lo mejor que puedas”. Y comenzaba la clase con verdadero aplomo.

Fuera cual fuese el tema que impartía siempre nos insistía en la importancia de la educación en la vida. Era su tema recurrente; y, tal vez, su tabla de salvación contra las pesadillas. Un día uno de los alumnos se atrevió a replicarle. Vino a decirle este que la educación, en el mundo actual, no servía para nada. Y dudaba incluso de que en alguna época de la humanidad hubiera tenido algún tipo de utilidad. Pues al fin y al cabo, concluyó, quienes mejor viven no son, precisamente, los más educados, cosa que se puede interpretar en el sentido que se quiera.

Aquella mañana se creó una cierta expectación en la clase: deseábamos saber cómo iba a defender su posición el profesor sabiendo, todos, que nuestro compañero tenía mucha razón: nunca jamás, por ejemplo, un médico, o un abogado, o un profesor, no digamos ya un labrador o un albañil, van a gozar de la posición, y de los privilegios, y hasta de la admiración y algo de cariño, de un político, sea de la laya que sea, y ocupe el sillón que ocupe. De todos era sabido, por otra parte, que estos personajes, y alguno más, hasta podían obtener sus títulos y reconocimientos académicos por favores políticos, e incluso de otra índole. Nada nuevo bajo el sol, sin embargo.

-Evidentemente -le respondió el profesor-. Tienes razón. Y has hecho bien en plantearlo. Decía Séneca que la escuela enseña para la escuela, no para la vida. Y creo que no le faltaba razón. Máxime en estos tiempos que corren, que todo se quiere pragmático y con una utilidad inmediata. Ahora bien, cabría preguntarse qué se entiende por utilidad o enseñar para la vida. ¿Es útil la belleza, el arte, la historia, la filosofía? Depende de cómo consideremos al hombre; y depende de qué cosas queremos alcanzar o lograr.

-Creo -replicó el alumno- que todos aspiramos a la felicidad. Y me parece que esta es inalcanzable cuando a mí se me exige un comportamiento ético, muchas horas de estudio y de trabajo, y otros obtienen lo mismo que yo por un simple regalo, por corrupción, por manejos inconfesables. Y con respecto a la cortesía, lo mismo da ser educado que no. Saludas, y nadie, o muy pocas personas, contestan.

-Te equivocas: no obtienen lo mismo que tú comprando su título. Obtienen un mismo certificado, que es papel mojado…

-Sí, papel mojado; pero les da acceso a puestos de trabajo a los que yo no puedo acceder porque no tengo un expediente tan brillante como el de ellos. Eso si es cierto lo que dicen los periódicos.

-Por ahí deberíamos comenzar -replicó el profesor- por enseñar a leer a los alumnos, y a moverse por todo ese entramado llamado redes sociales, que, la mayoría de las veces, no son sino pura intoxicación.

-¿Quieres decir que todo cuanto se cuenta en ellas, y en los periódicos o las televisiones, es pura mentira? ¿Propaganda?

-No, no he dicho eso. Digo que todas estas noticias, y este falso pragmatismo, hay que cogerlo con guantes, o, si quieres, con espíritu crítico. De todos es sabido que los políticos han utilizado las redes para darse prestigio, para hacernos creer que miles y miles de personas apoyan y alababan su gestión. E igualmente se puede hacer lo contrario. Y tal vez se ha hecho.

-¿Y a quién creemos? ¿Dónde está la verdad?

-No lo sé. Y como no lo sé, insisto, una y otra vez, en la necesidad de la educación. Y de la cortesía. Tú dices que obtiene lo mismo el que compra un título que el que se lo gana honradamente, con trabajo, esfuerzo y dedicación. Y yo te digo que no: uno miente, es un tramposo; y el otro no. Y sin una buena educación, el político acaba en la corrupción; se vuelve un lobo, si no lo era ya antes. Por otra parte, quien entra en un lugar y saluda, es una persona amable y solidaria; y quien no contesta es, en el mejor de los casos, un maleducado.

-Pero eso son convenciones, puras convenciones.

-¿Y qué es la cultura? ¿Y qué es el hombre? ¿Recuerdas aquella frase, no recuerdo ahora de quién, de “se empieza por matar a su madre, y se termina por no ir a misa?”

Yo me acordé de una historia que me leían de pequeño en la escuela: por la caída de un clavo, el caballo perdió una herradura; por la pérdida de esa herradura, el caballero se cayó del caballo; por la caída de ese caballero se perdió la batalla…

-¿Quieres decir con esto que hay que estar siempre atento y vigilante? ¿Que no podemos bajar la guardia en ningún momento?

-No hay que ser tan exigentes; pero, al menos, en los momentos importantes hay que estarlo. Y no se está si uno no se prepara. Como decía también Séneca, releyendo a Epicuro, el soldado, en tiempos de paz, se entrena; y aun cuando no hay ningún enemigo a la vista, levanta la empalizada. De esta forma, cuando llegue el momento de la batalla estará listo y preparado.

-Y perderá la batalla y la guerra.

-Y habrá caído con honor. Y sabiendo que ha cumplido con su deber.

-¿Y eso sirve para algo? ¡Qué más da todo!

-Sirve para darte cuenta de que no eres un tramposo y un embustero. Que eres honesto, y que eres una persona. Eso es la educación… Sí -se anticipó- ya sé lo que me vas a objetar: la gente seguirá votando a los corruptos y a los tramposos. Pero no todos. No todos. Y, tal vez, algún día, minemos su poder… Lo dudo. Pero me queda algo de esperanza... Yo sabía, cuando comencé a estudiar, que no iba a ser ni Platón, ni Séneca, ni Aristóteles; pero he estudiado, lo he intentado. Y ahí ha estado mi crimen y mi castigo. Y no da lo mismo. No: yo al menos no me cambio por ninguno de esos personajes que presionan para obtener un título, ni de los sabios necios que lo firman y dan su visto bueno a cambio de cuatro prebendas que, entiéndeme, no son necesarias para la vida. Y, además, conducen a un espejismo de felicidad.

Nos contó la noche de la cena de su jubilación que ese día, el de la discusión, no tuvo la pesadilla que lo perseguía una y otra vez. Pero que salió de clase con mal sabor de boca, deseando no haber sido nunca profesor a fin de no tener conversaciones como aquella. O ser como aquellos que se ceñían al libro, al texto, y a nada más.

-Cuando me muera -nos dijo al despedirnos a altas horas de la noche- ponéis sobre mi lápida la siguiente inscripción: “vivió con la sensación de no haber hecho nunca nada bien. Sit tibi terra levis”.

Le prometimos que cumpliríamos su encargo.









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Etiquetas:   Educación   ·   Profesores

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