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Lignum sine acumine (Flecha sin punta)


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05/05/2018

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No hay momento en nuestra vida que no deba estar presidido por la justicia. Cicerón, Sobre los deberes.






En estos inicios del siglo XXI, ya un tanto creciditos, que nos ha tocado vivir, no se sabe que es peor, si los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa, o la retransmisión y repetición, por parte de los medios de comunicación, una y otra vez, con ligeras variantes, de los mismos hechos. Viendo y oyendo el mismo suceso, una y otra vez, sin descanso, en periódicos, televisiones, radios y tertulias, no puede uno por menos que acordarse, para maldecirla, de Hera, mujer que fue de Zeus, y de su terrible castigo a Eco, la ninfa de la bella voz. Cierto es que cuando esta terrible diosa, rencorosa, vengativa, y sin atacar jamás a su consorte, el causante de casi todos sus problemas, castiga a Eco al privarla de voz, o a que selvas y montañas repitan una y otra vez sus últimas palabras, no pensó en los pobres mortales castigados, al mismo tiempo, a oírla sin cesar allá por do fueren, vivieren o habitaren.

Es cierto que nadie se baña dos veces en el mismo río, ni tan siquiera en la misma acequia. Y no menos cierto que todo cambia y se transforma. Así, y de esta forma, ni las maldiciones o los terribles castigos de los dioses iban a quedar a resguardo de mutaciones y transformaciones. Y así, el castigo que, en un principio, se aplicó a una pobre ninfa, de la cual goza Zeus, y que se enamora del bello Narciso, nos ha sido transmitido a los pobres mortales de estos creciditos inicios del siglo XXI.

Y como nada permanece igual, salvo excepciones que veremos enseguida, el terrible castigo de Hera, remozado en la actualidad, consiste no en repetir las últimas palabras de la ninfa, sino las mismas historias, cuando no vaciedades y nimiedades, una y otra vez, sin descanso, sin respiro, per omnia saecula, saeculorum.

Si aceptamos este pequeño principio de que estamos siendo castigados por la diosa Hera por estos largos ecos, la pregunta que deberíamos hacernos es por qué, y a causa de qué, nos viene el castigo. Y aquí las respuestas podrían ser tan variadas como elementos parlantes hay sobre la faz de la tierra. Ya se sabe: tantos son los bachilleres, tantos son los pareceres. Habría que hacer, por lo tanto, una amplía encuesta, y sacar algún denominador común. O encomendarse a alguna persona de seso y enjundia. Y según algunas de estas personas, ni conocidas ni famosas, el susodicho castigo nos vendría dado por la indiferencia del ciudadano corriente hacia la polis, hacia el sistema de gobierno, y hacia nuestros propios conciudadanos. Por supuesto que siempre hay excepciones. Y tal vez se deba a esas excepciones el que todavía no hayamos sido destruidos, como Sodoma y Gomorra, por un fuego purificador, o por la ira de la rencorosa Hera.

La primera vez que leí aquello de dar gracias a los dioses por no tener que ocuparse el filósofo, todos los días, por el imperio romano, me pareció una gran frase, algo dicho con mucha sensatez y gran tino. Hoy no sólo lo dudo sino que creo que ahí está el origen de nuestros males, del terrible castigo de Hera a la ninfa, que ha centuplicado, tal vez porque, sin ser dioses, vamos tras la estela de Zeus, y no nos ocupamos de nada que no sean más que nuestros inmediatos intereses. Cosa, por otra parte, que estaría muy bien si cada uno de nosotros nos ocupáramos en ser mejores de lo que somos sin molestar a nadie, ni aun cuando estemos muertos. Pero no sucede así, no es así. Por desgracia.

Sin salir de la antigüedad, sabemos que uno de los terribles castigos de aquellos tiempos fue debido a la vanidad. Por ser o dejar de ser la más bella del mundo, tres diosas se enzarzaron en una discusión, que zanjó el sobornado Paris, el boquirrubio que, con Helena y sus amoríos, el soborno de Atenea, dio origen a la guerra de Troya. Y pasado el tiempo, uno se pregunta, qué más daría ser esta o aquella fuera más fea o más hermosa. Máxime si se tiene en cuenta que ni el concepto de belleza es inmutable. Tal es así que hoy, esas chicas, pintadas por Rubens, están muy lejos de ser consideradas hermosas. Hoy la mujer se ha hecho más apolínea, como dice un amigo mío no sin cierta pedantería. Apolínea, pero vanidosa como sus rubenianas antecesoras, esa misma vanidad ha sido el inicio del final de la carrera de una rubia presidenta, que prefirió aferrarse a aquello de mantenello y no enmedallo.

Dicha apolínea y rubia presidenta se había colgado de la pechera una medalla y un título que no le pertenecían. Y, una vez más, tuvo que ser la juventud, divino tesoro, quien se lanzara a la calle protestando y poniendo denuncias, tal vez para evitar que el castigo de Hera fuera a mayores. Pero el triunfo, si lo hubo, no fue de la juventud. El triunfo, lo que obligó a enmedallo, se debió a la mezquindad, a un miserable hurto, filmado, de unos botes de crema valorados en 40 euros, cuando la buena señora, según propia confesión, tiene 3.000 euros en el banco. No cabía cosa menos épica ni menos gloriosa. El caso me ha recordado, con una enorme distancia, al pobre vejete don Patricio Sarmiento1. Este busca a su hijo Lucas, perdido en una acción contra el gabacho en la Andalucía del siglo XIX, por los cuarteles del Madrid del Narizotas, a saber, de Fernando VII. Lucas, así se lo cuenta un compañero de armas de su hijo a don Patricio, murió. Cuando se entera, don Patricio se empeña en que le narre la gloriosa muerte de su hijo. Pero no hubo tal: el pobre Lucas murió de miedo al enemigo, a la guerra, a los tiros y a la violencia. A mí me parece una muerte dignísima.

Será don Patricio quien, poco después, se convierta en un héroe, héroe sin homenajes, sin recordatorios y sin que nadie, o muy pocos, conozcan su vida y sus hechos, y no hace falta explicar por qué. Don Patricio, no obstante, sí que toma conciencia de la situación, y trata de luchar en contra de ella. Su final, tras sufrir la tortura de soportar a los frailes, dado que no se quiere confesar, es el patíbulo. Don Patricio Sarmiento es uno de los personajes de Galdós que más profunda humanidad y tristeza deja en el lector.

Pero volvamos a la antigüedad clásica, que, aunque muchos no lo sepan, es la madre de todo el saber, o del buen saber. Hay un mito que siempre, y cuál no, me ha llamado mucho la atención. Tal vez por haber sido profesor, hijo y luego padre. Es el mito de Casandra: la mujer que sabe, que dice lo que va a suceder, pero a la que nadie le hace caso. A veces contemplo los eventos consuetudinarios que acaecen en la rúa como si fuera Casandra lanzando una de sus profecías. Y las calles se han llenado de mujeres protestando por la sentencia de un grupo de hombres que violaron a una mujer. La sentencia, benévola, no ha sido del agrado de nadie, y las calles se han llenado de protestas. Esperemos que no sean en vano. Y una y otra vez, sin descanso, ha sonado la voz de Eco, por valles, ríos y montañas.

Hay personas que no es que sean clásicas sino que se han quedado ancladas en el tiempo, al menos para lo que les interesa. Lo digo porque una de las cosas que llama poderosamente la atención cuando se lee, por ejemplo, Metamorfosis, de Ovidio, es que siempre que hay una violación a una mujer, por parte de Zeus, o de quien sea, la culpable de la misma siempre es la propia mujer, aunque esta se haya resistido y haya rogado por su castidad. Siempre es ella la castigada, y siempre es Zeus quien se va libre de culpa y sin problemas de conciencia. Hay tantos ejemplos sobre la materia que nombrarlos sería escribir de nuevo Metamorfosis, cosa que, afortunadamente, ya está hecha. La mujer solo obtiene una cierta “justicia” cuando se la toma por su mano. Y entonces esta se vuelve terrible, y también carga sobre los inocentes2.

Acabados, pues, los ecos de aquella medalla indebida, que en su sostenella quiso hacernos creer la rubia presidenta que le fue impuesta por la universidad con alevosía, traición y nocturnidad; y de aquellos botes, que se robaron sin ser consciente de ello, hemos tenido los ecos, duraderos y pertinaces, de una sentencia por una violación, que la justicia no entiende como tal, y por las desafortunadas palabras de un juez. Este, como Hera, ha cargado la mano contra la víctima intentado dejar libres a los cinco hijos de Zeus, los supuestos violadores, que eran, como su santo padre, merecedores de toda la benevolencia, entre otras cosas porque, al parecer, en una violación la víctima también disfruta sexualmente. Igual la chica, como todas las ninfas que pasaron por los brazos de papá Zeus, debería estar agradecida al grupo salvaje, como aquellas lo deberían estar al amontonador de nubes y señor del Rayo. Y que luego se diga que no somos un país clásico, o que por España, como quería el otro don Miguel, no pasan los años. Lo malo es que si pasan lo hacen dejando un detritus en el que siempre, creo, se queda lo peor. Lo mejor sería que los actos de todos y cada uno de nosotros, estuviera presidido por la justicia, como deseaba Cicerón. Me temo que eso es pedirle peras al olmo. Pero tengamos, al menos, un poquito de justicia, que no sea esta siempre la famosa telaraña que deja pasar a los elefantes y a sus cazadores, y coge a moscas y mosquitas. Que no sea esto una utopía. Esperemos, pues, que la voz de Casandra sea tenida en cuenta, y no sirva para responder aquello, apócrifo y bello, de que coman pasteles si no tienen pan. Y usted que lo vea, señora, con un poco de silencio, sin tanto ruido ni eco y con una pizca de madura reflexión. Vale.

1Véase Benito Pérez Galdós, El terror de 1824, cap. I, II y III.



2Véase como ejemplo, la historia de Tereo, Procne y Filomela en Metamorfosis, de Ovidio, libro VI. Y Medea.



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Etiquetas:   Justicia

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