No hay momento en nuestra vida que
no deba estar presidido por la justicia. Cicerón,
Sobre
los deberes.
. Cicerón,
Sobre
los deberes.
En
estos inicios del siglo XXI, ya un tanto creciditos, que nos ha
tocado vivir, no se sabe que es peor, si los eventos consuetudinarios
que acontecen en la rúa, o la retransmisión y repetición, por
parte de los medios de comunicación, una y otra vez, con ligeras
variantes, de los mismos hechos. Viendo y oyendo el mismo suceso, una
y otra vez, sin descanso, en periódicos, televisiones, radios y
tertulias, no puede uno por menos que acordarse, para maldecirla, de
Hera, mujer que fue de Zeus, y de su terrible castigo a Eco, la ninfa
de la bella voz. Cierto es que cuando esta terrible diosa, rencorosa,
vengativa, y sin atacar jamás a su consorte, el causante de casi
todos sus problemas, castiga a Eco al privarla de voz, o a que selvas
y montañas repitan una y otra vez sus últimas palabras, no pensó
en los pobres mortales castigados, al mismo tiempo, a oírla sin
cesar allá por do fueren, vivieren o habitaren.
Es cierto que nadie se baña dos
veces en el mismo río, ni tan siquiera en la misma acequia. Y no
menos cierto que todo cambia y se transforma. Así, y de esta forma,
ni las maldiciones o los terribles castigos de los dioses iban a
quedar a resguardo de mutaciones y transformaciones. Y así, el
castigo que, en un principio, se aplicó a una pobre ninfa, de la
cual goza Zeus, y que se enamora del bello Narciso, nos ha sido
transmitido a los pobres mortales de estos creciditos inicios del
siglo XXI.
Y
como nada permanece igual, salvo excepciones que veremos enseguida,
el terrible castigo de Hera, remozado en la actualidad, consiste no
en repetir las últimas palabras de la ninfa, sino las mismas
historias, cuando no vaciedades y nimiedades, una y otra vez, sin
descanso, sin respiro, per
omnia saecula, saeculorum.
Si
aceptamos este pequeño principio de que estamos siendo castigados
por la diosa Hera por estos largos ecos, la pregunta que deberíamos
hacernos es por qué, y a causa de qué, nos viene el castigo. Y aquí
las respuestas podrían ser tan variadas como elementos parlantes hay
sobre la faz de la tierra. Ya se sabe: tantos son los bachilleres,
tantos son los pareceres. Habría que hacer, por lo tanto, una amplía
encuesta, y sacar algún denominador común. O encomendarse a alguna
persona de seso y enjundia. Y según algunas de estas personas, ni
conocidas ni famosas, el susodicho castigo nos vendría dado por la
indiferencia del ciudadano corriente hacia la polis, hacia el sistema
de gobierno, y hacia nuestros propios conciudadanos. Por supuesto que
siempre hay excepciones. Y tal vez se deba a esas excepciones el que
todavía no hayamos sido destruidos, como Sodoma y Gomorra, por un
fuego purificador, o por la ira de la rencorosa Hera.
La primera vez que leí aquello de
dar gracias a los dioses por no tener que ocuparse el filósofo,
todos los días, por el imperio romano, me pareció una gran frase,
algo dicho con mucha sensatez y gran tino. Hoy no sólo lo dudo sino
que creo que ahí está el origen de nuestros males, del terrible
castigo de Hera a la ninfa, que ha centuplicado, tal vez porque, sin
ser dioses, vamos tras la estela de Zeus, y no nos ocupamos de nada
que no sean más que nuestros inmediatos intereses. Cosa, por otra
parte, que estaría muy bien si cada uno de nosotros nos ocupáramos
en ser mejores de lo que somos sin molestar a nadie, ni aun cuando
estemos muertos. Pero no sucede así, no es así. Por desgracia.
Sin
salir de la antigüedad, sabemos que uno de los terribles castigos de
aquellos tiempos fue debido a la vanidad. Por ser o dejar de ser la
más bella del mundo, tres diosas se enzarzaron en una discusión,
que zanjó el sobornado Paris, el boquirrubio que, con Helena y sus
amoríos, el soborno de Atenea, dio origen a la guerra de Troya. Y
pasado el tiempo, uno se pregunta, qué más daría ser esta o
aquella fuera más fea o más hermosa. Máxime si se tiene en cuenta
que ni el concepto de belleza es inmutable. Tal es así que hoy, esas
chicas, pintadas por Rubens, están muy lejos de ser consideradas
hermosas. Hoy la mujer se ha hecho más apolínea, como dice un amigo
mío no sin cierta pedantería. Apolínea, pero vanidosa como sus
rubenianas antecesoras, esa misma vanidad ha sido el inicio del final
de la carrera de una rubia presidenta, que prefirió aferrarse a
aquello de mantenello
y no enmedallo.
Dicha
apolínea y rubia presidenta se había colgado de la pechera una
medalla y un título que no le pertenecían. Y, una vez más, tuvo
que ser la juventud, divino tesoro, quien se lanzara a la calle
protestando y poniendo denuncias, tal vez para evitar que el castigo
de Hera fuera a mayores. Pero el triunfo, si lo hubo, no fue de la
juventud. El triunfo, lo que obligó a enmedallo,
se debió a la mezquindad, a un miserable hurto, filmado, de unos
botes de crema valorados en 40 euros, cuando la buena señora, según
propia confesión, tiene 3.000 euros en el banco. No cabía cosa
menos épica ni menos gloriosa. El caso me ha recordado, con una
enorme distancia, al pobre vejete don Patricio Sarmiento1.
Este busca a su hijo Lucas, perdido en una acción contra el gabacho
en la Andalucía del siglo XIX, por los cuarteles del Madrid del
Narizotas, a saber, de Fernando VII. Lucas, así se lo cuenta un
compañero de armas de su hijo a don Patricio, murió. Cuando se
entera, don Patricio se empeña en que le narre la gloriosa muerte de
su hijo. Pero no hubo tal: el pobre Lucas murió de miedo al enemigo,
a la guerra, a los tiros y a la violencia. A mí me parece una muerte
dignísima.
Será don Patricio quien, poco
después, se convierta en un héroe, héroe sin homenajes, sin
recordatorios y sin que nadie, o muy pocos, conozcan su vida y sus
hechos, y no hace falta explicar por qué. Don Patricio, no obstante,
sí que toma conciencia de la situación, y trata de luchar en contra
de ella. Su final, tras sufrir la tortura de soportar a los frailes,
dado que no se quiere confesar, es el patíbulo. Don Patricio
Sarmiento es uno de los personajes de Galdós que más profunda
humanidad y tristeza deja en el lector.
Pero volvamos a la antigüedad
clásica, que, aunque muchos no lo sepan, es la madre de todo el
saber, o del buen saber. Hay un mito que siempre, y cuál no, me ha
llamado mucho la atención. Tal vez por haber sido profesor, hijo y
luego padre. Es el mito de Casandra: la mujer que sabe, que dice lo
que va a suceder, pero a la que nadie le hace caso. A veces contemplo
los eventos consuetudinarios que acaecen en la rúa como si fuera
Casandra lanzando una de sus profecías. Y las calles se han llenado
de mujeres protestando por la sentencia de un grupo de hombres que
violaron a una mujer. La sentencia, benévola, no ha sido del agrado
de nadie, y las calles se han llenado de protestas. Esperemos que no
sean en vano. Y una y otra vez, sin descanso, ha sonado la voz de
Eco, por valles, ríos y montañas.
Hay
personas que no es que sean clásicas sino que se han quedado
ancladas en el tiempo, al menos para lo que les interesa. Lo digo
porque una de las cosas que llama poderosamente la atención cuando
se lee, por ejemplo, Metamorfosis,
de
Ovidio, es que siempre que hay una violación a una mujer, por parte
de Zeus, o de quien sea, la culpable de la misma siempre es la propia
mujer, aunque esta se haya resistido y haya rogado por su castidad.
Siempre es ella la castigada, y siempre es Zeus quien se va libre de
culpa y sin problemas de conciencia. Hay tantos ejemplos sobre la
materia que nombrarlos sería escribir de nuevo Metamorfosis,
cosa
que, afortunadamente, ya está hecha. La mujer solo obtiene una
cierta “justicia” cuando se la toma por su mano. Y entonces esta
se vuelve terrible, y también carga sobre los inocentes2.
Acabados,
pues, los ecos de aquella medalla indebida, que en su sostenella
quiso
hacernos creer la rubia presidenta que le fue impuesta por la
universidad con alevosía, traición y nocturnidad; y de aquellos
botes, que se robaron sin ser consciente de ello, hemos tenido los
ecos, duraderos y pertinaces, de una sentencia por una violación,
que la justicia no entiende como tal, y por las desafortunadas
palabras de un juez. Este, como Hera, ha cargado la mano contra la
víctima intentado dejar libres a los cinco hijos de Zeus, los
supuestos violadores, que eran, como su santo padre, merecedores de
toda la benevolencia, entre otras cosas porque, al parecer, en una
violación la víctima también disfruta sexualmente. Igual la chica,
como todas las ninfas que pasaron por los brazos de papá Zeus,
debería estar agradecida al grupo salvaje, como aquellas lo deberían
estar al amontonador de nubes y señor del Rayo. Y que luego se diga
que no somos un país clásico, o que por España, como quería el
otro don Miguel, no pasan los años. Lo malo es que si pasan lo hacen
dejando un detritus en el que siempre, creo, se queda lo peor. Lo
mejor sería que los actos de todos y cada uno de nosotros, estuviera
presidido por la justicia, como deseaba Cicerón. Me temo que eso es
pedirle peras al olmo. Pero tengamos, al menos, un poquito de
justicia, que no sea esta siempre la famosa telaraña que deja pasar
a los elefantes y a sus cazadores, y coge a moscas y mosquitas. Que
no sea esto una utopía. Esperemos, pues, que la voz de Casandra sea
tenida en cuenta, y no sirva para responder aquello, apócrifo y
bello, de que coman pasteles si no tienen pan. Y usted que lo vea,
señora, con un poco de silencio, sin tanto ruido ni eco y con una
pizca de madura reflexión. Vale.
1Véase
Benito Pérez Galdós, El terror de 1824, cap.
I, II y III.
2Véase
como ejemplo, la historia de Tereo, Procne y Filomela en
Metamorfosis, de Ovidio,
libro VI. Y Medea.
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