.
Justo al salir del garaje con el coche hacia la calle, me encontré detrás de un
enorme vehículo -un monovolumen de esos que por el brillo ya se ve que es
carísimo- que circulaba muy despacio. Después de recorrer medio kilómetro
detrás de él a una velocidad inferior a la de un caracol con lumbago, el
vehículo se detuvo en mitad de la carretera y -unos segundos más tarde- el
conductor puso el intermitente. Entonces, cuando comenzó a girar, pude observar
que se trataba de una conductora que iba hablando por el móvil a carcajada
limpia, como si estuviese viendo un programa del Comedy Channel, con dos niños
sentados en sus silletas en la parte trasera. Impresionado por su
comportamiento, le pité suavemente y le hice saber con un gesto de la mano en
forma de teléfono que no se podía conducir hablando por el móvil, esperando que
la mujer pidiese disculpas. Se me olvidó que estaba en España. La mujer no solo
no pidió disculpas, sino que aún tuvo más que decir y -tras la ventanilla-
comenzó a hacerme gestos descontrolados como los de un gorila enfadado detrás
de una cristalera. Sin lugar a duda, su nivel económico y su nivel cultural no
iban a la par, y ya se sabe que no hay nada peor que un imbécil con dinero. Seguramente,
incluso imagino que esa madre tan bien vestida con ropa de marca será de esas
que protestan porque en la escuela no les enseñan a sus hijos a usar correctamente
las nuevas tecnologías. En fin.
Puede que algunos
solo vean en esta anécdota una simple historieta, una curiosidad, pero es el
reflejo de un tipo de conducta -muy extendida- que se ha contagiado en nuestro
país gracias a una educación -tanto familiar como escolar- sin ética. Ya sé que
a algunos cuando se habla de ética les sale un sarpullido por el cuerpo, pero
la ética es básica en la educación. La ética es la disciplina filosófica que
estudia el bien y el mal y sus relaciones con la moral y el comportamiento
humano. En España, llevamos tanto tiempo sin ética en las aulas -y en las casas-
que parece que el comportamiento natural es el del sinvergüenza, el de aquel
que -haga lo que haga- nunca le pasa nada. Si echamos un vistazo al panorama social
y político, nos damos cuenta de que en nuestro país se ha generalizado ese tipo
de conducta: el que nadie dimita por sus engaños y triquiñuelas para conseguir
tal o cual máster, el que nadie reconozca abiertamente su error y pida perdón
por tirar a otro piloto de la moto sin necesidad de justificarse, el que nadie
se sonroje por aparcar en zona de minusválidos, el que nadie baje el volumen de
su radio por si molesta a los vecinos, el que nadie tire las colillas a la
basura, el que nadie cumpla las normas de la comunidad o el que nadie guarde
silencio en el cine.
La mujer de la
anécdota demostró con su actitud que le es indiferente poner en riesgo la vida
de los otros conductores, conduciendo mientras hablaba por el móvil; también
demostró que no piensa en el resto de los conductores al no poner los
intermitentes a tiempo y, por último, también demostró que ella no se siente
responsable de nada de lo que pueda suceder por sus actos. Como ciudadana, es
absolutamente despreciable. Pero lo peor es su ejemplo como madre. Como dice el
proverbio africano, “se necesita a toda la tribu para educar a un niño”. Lo
malo es cuando la tribu es la que no está educada. www.tonigarciaarias.com@tonigariashttps://www.facebook.com/toni.garciaarias/