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15/04/2018

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Los epicúreos no rompen las amarras con la ciudad de modo absoluto; pero limitan su colaboración para disminuir al mínimo las riesgos de esta dependencia.


Carlos García Gual, Epicuro.

Creo sinceramente que es imposible evitarlo, salvo que no se salga de casa, no se conecte la televisión ni el móvil, ni se lea la prensa. Y ni aun así se evita, porque no ha habido reunión casera, más o menos tumultuosa, en la que no surgiera el manido asunto de la obtención de un máster por parte de una política, con cargo público, en la universidad que lleva el nombre del viejo rey. Por supuesto, y como siempre, hay discusiones y discusiones. Y en las realmente importantes era más crucial el desvío del tema que el tema en sí. Este tiene poco recorrido. Y todavía lo tendría menos si a los políticos, y creo que debería hacerse algo al respecto, los obligaran a contestar como se contesta un examen tipo test; o, como he visto en algunas películas americanas, cuando el abogado de turno interroga al testigo: “Conteste con un sí o un no: ¿Sabía usted que le dieron un título universitario que estaba falsificado puesto que no asistió a clase ni hizo exámenes, como ha quedado demostrado? ¿Sí o no?”

Una cena en casa, con amigos, volvió a retrotraerme a mi época universitaria, y no por las corruptelas de aquella época, que también las vi y las viví, sino por la presencia de un viejo compañero de clase, con el cual coincidí en muchas cosas aquella noche. Principió este por decir que no había nada más aburrido, ni más insustancial, que oír a un político español: toda la falta de proyectos, toda la vaciedad, toda la insulsez de sus vacuas cabezas la envuelven en palabras y más palabras. Y son capaces de estar hablando horas y horas para no decir nada. Hablando de estos políticos, el viejo amigo nos recordó una memorable clase, hacía muchos años de ello, en la que una profesora nos explicó las máximas conversacionales. A algunos nos pareció una clase magistral; a otros una necedad por cuanto estaba explicando cosas sabidas, de todos los los días. Sí, en cierta forma tenían razón; pero a veces, creo, es muy interesante poner de relieve aquello que todos damos por sentado. Es como sacar el dinero que se tiene en el banco: cuando sale del escondrijo se comienza a disfrutar de él. O a morir de pena. Sea como fuere, la discusión no llegó a más porque, según parece, las máximas conversacionales dejaron de explicarse pasado un tiempo. Y es una pena.

Entre las máximas, todas ellas relevantes, mi viejo amigo destacó la máxima de cantidad, inseparable de la de relevancia: hay que decir lo relevante, y ser breve. Ahora bien, todo lo que se dice, y que no es lo requerido, lleva, por supuesto, un mensaje implícito. Nos recordó que él sí que explicaba en sus clases las dichosas máximas, más que nada porque estaba empeñado, pobre, en que los alumnos hablaran bien. Y a estos les ponía como ejemplo de la brevedad y relevancia el diálogo de dos muy buenas amigas que han roto su amistad. Una de ellas, muy apenada, al cabo de un tiempo, decide hacer las paces con la otra. La llama entonces por teléfono. Lógicamente se rompen los principios de las máximas:

A.- Hola, soy Pepi… oye ¿te apetece venir al cine esta tarde?

Breve silencio.

B.- ¿Esta tarde? ¡Ay, no puedo! Tengo que llevar el perrito al veterinario, y luego había quedado con mi abuela para acompañarla a comprarse unas zapatillas a una tienda que hay por el barrio. La pobre no puede ni moverse. Y el imbécil de mi hermano no la quiere acompañar.

A.- Bueno… no quería molestarte. Te llamo otro día y quedamos si quieres.

B.- Vale. Pero no, oye, espera un poco. Mira, vamos a hacer una cosa, hablo con mi hermano a ver si puede bajar él el perro, y a la abuela le diré que la acompaño otro día, y así quedamos tú y yo.

A.- No, mujer, yo no quería…

B.- No te preocupes, yo lo arreglo, y así hablamos. Nos vemos en la cafetería del insti a las cinco, ¿Vale?

La conversación se puede alargar todo cuanto se quiera. Pero pregunta y respuesta son muy sencillas: ¿Quieres que nos veamos y hablamos y hacemos las paces? ¿Sí o no? El mensaje, la palabrería lleva una clara nota implícita: me voy a vender cara. Y lógicamente, a más palabrería, más alto es el precio. Y mayor el aburrimiento. Tanto que al final dan ganas de colgar el teléfono y dejar las cosas como están, que, tal vez, sea lo mejor.

Pero ahí, en este punto, volvía la discrepancia, y surgían de nuevo los viejos temas juveniles: unos eran partidarios de reírse, dejarlo estar, y dedicarse a sus cosas; y otros de salir a la calle y protestar como fuera. De hecho varios de los comensales ya lo hacían, pues eran pensionistas; y si bien ellos estaba en una posición un tanto privilegiada, se manifestaban en solidaridad por quienes lo estaban pasando mal. Lo mismo cabía hacer, dijeron, para que no se devaluaran los títulos universitarios por las malas artes de varios profesores y muchos políticos.

Otro amigo vio el asunto desde un ángulo distinto. Vino a decir que sí, que estaba muy bien eso de las máximas. Pero no hacía falta recurrir a ellas. Cuando en un país no funciona la ética ni la política no queda más salida que la calle y el alboroto. Ética, oyendo a los políticos, se ha puesto de manifiesto que no hay ninguna. Uno de estos políticos ha justificado a quien mintió enseñando títulos que no tenía argumentando que “bien, y qué, qué pasa; no tiene ese máster, y ¿qué?” El otro, todavía peor, dado el cargo que ocupa, presidente, ni más ni menos, que del gobierno, aparece diciendo que “eso de engañar con el máster no tiene nada de particular dado la cantidad de casos que están apareciendo; algo sin importancia”. Tiene razón: no tiene importancia. Según mi compañero, estos politiquillos a los abogados defensores de criminales y asesinos se lo han puesto en bandeja: “Bien, sí, mi cliente mató a fulanito de dos puñaladas traperas y unos cuantos martillazos, y qué. ¿Acaso Caín no mató a Abel? ¿Y qué? ¿Qué castigo le impuso Dios? Una señal en la frente; por lo tanto, señoría, póngale un cuño en la frente, y dejémoslo en paz y libre, angelico mío. También Herodes mató a unos cuantos niños, y para celebrarlo ese día nos dedicamos a gastarnos unas bromas que cada día que pasa tienen más mala pata”.

¿Hay algo que tenga importancia salvo preservar el poder? Como dijo la madre Celestina: a tuerto o a derecho, mi casa hasta el techo.

Quedaba por analizar, por supuesto, el papel de la universidad en esa graciosa adjudicación de títulos sin más esfuerzo que el de pegar un telefonazo. No hizo falta gastar mucha saliva: todos conocíamos casos. Y las explicaciones, o la falta de las mismas, ofrecidas por la Conferencia de Rectores, fue todo lo que se quiera menos esclarecedora, salvo que volvamos a las máximas conversacionales o a la pura lógica. Como nos recordó alguien rememorando aquel viejo chiste de los dos policías que van a analizar un cadáver en la escena del crimen. Un policía le pregunta al otro el nombre del cadáver. El otro policía, agachado sobre el muerto, encuentra el dni del finado, pero lo arroja lejos de sí: “Vamos a analizar sus huellas dactilares y el ADN”. “Pero es que no podemos hacer eso hasta que lo ordene el juez. Y está pescando en el Sáhara”. “¡Ah!, ¿en el Sáhara hay río?” “No lo sé. Te digo lo que me han dicho en la oficina”. Otro Maestro del Tiempo.

A mitad de cena, quedaba por dilucidar la otra cuestión, que surgió como la cosa más lógica: ¿Vale la pena protestar por todas estas cosas, vale la pena lanzarse a la calle? ¿Y sirve de algo? Sinceramente no lo sé. Y como no lo sé, a veces salgo, y a veces no salgo. A veces voy a votar y a veces no; y la inmensa mayoría de las veces me arrepiento de hacerlo. Y ya no discuto con nadie sobre estos asuntos: prefiero oír lo que me tienen que decir sin poner ninguna objeción. A los del sí, les digo que sí, y viceversa. Pero hay una cosa que tengo muy clara, y ahí le doy toda la razón a los epicúreos: si hay tanta corrupción, si hay un partido político corrupto que sigue en el poder año tras año, es porque la gente lo vota. Y si lo votan, que se lo traguen. No es mi guerra; estoy en otras cosas más de Epicuro. A un pueblo que lo engañan sistemáticamente, que un político le promete la playa a los de secano, y votan al susodicho político, está claro que este no necesita de la ética ni de las máximas conversacionales, ni de la lógica, ni nada de nada. Eso sí, fútbol y si fue penalti o no para que se entretengan con algo, angelicos míos, y un sistema educativo al uso con una universidad, o universitarios, dispuestos a hacerse con su trozo de tarta. Gaudeamus igitur.











Etiquetas:   Política   ·   Ética

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