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Siempre nos quedará Lucrecio


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07/04/2018

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No es capaz de enderezar el que cae, ni de enseñar el ignorante, de imponer orden el que lo transgrede, o disciplina el indisciplinado, ni de gobernar quien no se somete a gobierno. Plutarco, Obras morales (A un gobernante falto de instrucción).


No soy abogado ni perito en leyes. Y he tenido serios problemas para entender, tras dos o tres pacientes lecturas, algunos párrafos de la Constitución. No por ello he dejado de estar preocupado por todo cuanto ha sucedido en los últimos tiempos en el país. Y de verdad que me gustaría entenderlo y comprenderlo en profundidad. Cierto es que he recurrido a los periódicos; pero ha sido, y es, una vana pretensión: estos tienen dueño, y dicen lo que tienen que decir, cuando dicen algo. Tampoco ir a los lugares en conflicto ha sido, ni de lejos, el hilo de Ariadna. Así pues estoy encerrado en un laberinto en tanto tengo la impresión de que todo se desmorona a mi alrededor. Y no dejo de interrogar y preguntar en busca de respuestas que no sean capciosas.

Que una parte del país se quiera desgajar del mismo no es motivo de alegría ni de algaradas. Más bien de preocupación. Imagino que esa pretendida secesión es un problema de tipo político, también cultural si se quiere; y que es a través de la política, y no en la calle, con gritos, banderas y soflamas, donde se debe intentar solucionar el problema. No creo tampoco que sea una solución meter en la prisión a todo aquel que defiende una idea que no interesa al gobierno. Y, desde luego, no deja de ser paradójico que haya estafadores, ladrones y falsificadores en la calle, y que se llenen las cárceles con independentistas y alguna que otra persona por contar chistes, malos en la mayoría de las ocasiones, pero que molestan a alguien. Siempre hay personas dispuestas a ofenderse y molestarse por todo. Menos por lo que hacen ellos o sus allegados.

Hubiera estado dispuesto a creer, como he oído decir a algunas personas, que este movimiento secesionista fue creado y auspiciado por un partido político para tapar sus escándalos y corrupción; pero la explicación me parece un tanto simplista. Creo que el sentimiento secesionista es anterior a dicha corrupción. Aunque hay que reconocer que no le vino nada mal al otro partido político, el del gobierno, al que se enfrentaba el secesionista, tan corrupto como él o quizás más. Lo malo de este razonamiento es que hay personas, en el bando de los independentistas, que me merecen todo el respeto, y con las cuales, por desgracia, no he conseguido hablar.

Me ha frenado también mi afán indagatorio el pensar que me estaba desviando de mis verdaderos intereses; que no puedo estar bailando al son que tocan los políticos o sus discípulos, y desviándome continuamente de aquello que me merece toda la atención y el respeto del mundo.

Por una parte, pues, resulta muy complicado, casi imposible diría yo, comprender las cosas y sus causas. Y, por otra, estas van degenerando de tal forma que terminan por producir cansancio y hastío.

No sé si soy nacionalista o no. No sé si amo a mi país o dejo de amarlo. No lo sé. Sé, sin embargo, que llevo muy mal, desde luego, las pancartas, las banderas, los gritos y las reuniones multitudinarias. No hace mucho viví una escena que me impresionó. No sé calificarla. Sencillamente me impresionó, tal vez por lo que supuso para mí. Un brillante y primaveral sábado de manifestaciones estaban las calles de la ciudad abarrotadas de personas. Estas llevaban banderas de España de todo tipo y pelaje. Unas sujetas a palitos, otras portadas en la mano, y las más, el último grito, anudadas a la garganta y colgando, cual capa medieval, a lo largo de la espalda. Había quedado con un amigo para ir a una librería. El tal amigo compró unos cuantos libros para su hijo mayor, gran aficionado a la lectura. La dependienta le puso los libros en una respetable bolsa. Se empeñó, salidos que fuimos de la librería, en que nos tomáramos unas cervezas. Y apenas pisamos la calle, nos encontramos con un grupo de abanderados. Uno de ellos, sin duda el más descerebrado, nos preguntó, así de sopetón, que dónde estaban nuestras banderas. Mi amigo esgrimió la bolsa con libros y sonrió. Y no hubo más.

En aquel momento, así, como un fogonazo, me acordé de Lucrecio. Es un autor que siempre se me ha resistido. No entendía nada de lo que decía en su famoso libro De rerum natura. Por más esfuerzos que hice, el libro seguía siendo una habitación oscura para mí, una dura roca que no conseguía horadar. En aquel momento, sin embargo, entendí, o así lo creí, cómo se forman los cuerpos a partir de los átomos. Podía formarme una idea aproximada diciendo que aquellos abanderados eran, ya, un cuerpo complejo en busca de más átomos para formar un conglomerado mayor, una mesa, una ventana, o algo similar y más complejo de lo que eran. Nosotros, mi amigo y yo, éramos dos átomos que no se podían adaptar con aquellos. Y, por lo tanto, unos y otros deberíamos seguir nuestro camino en busca de elementos equivalentes a fin de formas cuerpos más compactos y enteros, pero distintos. ¿Se había formado así el mundo? No lo sabía. No lo sé. Sé que me entraron unas ganas enormes de volver a leer a Lucrecio, de intentarlo de nuevo. Y lo hice.

Desde bien pequeño me han estado repitiendo, como una salmodia, aquello tan absurdo de que “quien mucho abarca, poco aprieta”. Es posible que el refrán tenga razón. Pero desde siempre he sido también un ferviente admirador de los hombres del Renacimiento. O de aquellos licenciados en matemáticas que son capaces de escribir sus libros en latín. Tal vez no escribieran una prosa como la de Cicerón, pero seguro que entendían muchas cosas mejor que él. Y de eso es de lo que se trata. Al menos es lo que me gustaría conseguir.

La lectura de Lucrecio me llevó al intento, y en ello estoy, de estudiar una física elemental, así como tener algunas nociones de matemáticas y de química a fin de intentar entender lo que pudiera con un mínimo de claridad. Y poco a poco me he ido haciendo con un montón de libros que, en mi juventud, hubiera rechazado de plano. Ahora los estudio con fruición.

No sólo los humanos, con sus movimientos, sus ansias y sus problemas, ficticios o reales, son difíciles de comprender. Careciendo de la base necesaria, me resulta muy trabajoso entender no ya la teoría de la relatividad, sino cualquier razonamiento de Arquímedes. He recurrido, no obstante, a viejos compañeros, profesores ellos, y he logrado, a duras penas, ir entendiendo problemas, soluciones, y nuevos problemas que esas soluciones generaban.

Y en estas estaba cuando, acallado el movimiento independentista por estar sus líderes o encarcelados o huidos, estalla el escándalo de una señora, política deshonesta, que ha obtenido un título universitario mintiendo y falsificando notas. No me es ajena la Universidad ni cuando en ella sucede. No es, desde luego, un modelo de transparencia. Es mejorable, muy mejorable. Pero imprescindible. Y me encorajina y llena de rabia que los malditos políticos la utilicen de mala manera para obtener aquello que ni tienen ni se van a esforzar por conseguir. Tal vez les deberíamos recordar eso tan clásico de Quod natura non dat, Salamantica non praestat. La ética y la educación se presuponen, vienen de fábrica, ya que se les hace la boca tan grande hablando de transparencia y salmodiando esa necedad de la tolerancia cero. Mal hecho. No hay que presuponer nada, pues al ver las apariciones en la televisión de la susodicha política, del rector de la universidad, y de algunos profesores, he sentido una enorme vergüenza ajena, y unas inmensas ganas de llorar. Aquí, al contrario que con Lucrecio y los nacionalismos, todo estaba claro, demasiado claro: hace más de treinta años que defendí mi tesis doctoral. Si alguien la cuestionara, tardaría lo que tardo en alargar la mano y llegar a la estantería, para demostrar su existencia. Y yo también he sufrido traslados. Y sé que hay copia en la Universidad. Y otra copia microfilmada… En fin.

En los inicios de mis intentos por saber algo de física y matemáticas, di con Eratóstenes de Cirene y su medición del diámetro de la tierra. Una vez más me quedé pasmado y asombrado de lo que puede la inteligencia humana. Eratóstenes fue el director de la biblioteca de Alejandría en aquellos tiempos en los que, faltos de televisión, el poder se empeñaba en tener las mejores bibliotecas del mundo. La de Alejandría estuvo a la cabeza de todas ellas. Y Eratóstenes la tuvo a su servicio. Arquímedes, amigo suyo, fue otro de los grandes descubridores del momento. Mis afanes por seguir leyendo y comprendiendo fueron creciendo más y más. Pero no podía sustraerme a lo que acontecía a mi alrededor: era motivo de conversación allá donde iba. Cosa que, sinceramente, me enfada bastante. No sé porqué le tenemos que dedicar tanto tiempo a los embusteros, embaucadores e hipócritas y tan poco a todos aquellos que han contribuido, con sus estudios y experimentos, a que vivamos en un mundo si no mejor, sí más confortable.

De todo cuanto ha sucedido con esta señora, y sus mentiras, sus falsos títulos y su enorme hipocresía, sólo me ha dolido aquello que afecta a la Universidad. Salvar la cabeza, política, de dicha señora no merece cuanto se está diciendo sobre ella. Que sí, lo reconozco, no es perfecta; pero no la vamos a mejorar con estas actuaciones tan cínicas ni rastreras. Tengo muchos amigos a los que les encanta dar clases. Y nadie tiene derecho a empañar su reputación falsificando firmas ni demás zarandajas. Ahora bien, como dijo Sócrates, creo, el poder corrompe. Y entre una clase bien dada, entender algunos aspectos de nuestro mundo o una parcela de necio poder, vale la pena quedarse con lo primero. Creo. Las dos cosas son incompatibles. Al resto de los mortales, que no necesitamos ser transparentes porque nuestras tonterías no van a ninguna parte, siempre nos quedará Lucrecio. Vale.







Etiquetas:   Corrupción   ·   Ciencias   ·   Nacionalismo   ·   Hipocresía

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