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Una meditada respuesta


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24/03/2018

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Cada noche [Crates] se dirigía a las encrucijadas e insultaba a las putas que esperaban clientes; al parecer las respuestas de las “señoras” le servían como entrenamiento para las disputas que sostenía en el ágora con los otros filósofos. Luciano De Crescenzo, Historia de la filosofía griega1.


Por mucho empeño que pongan en ello los pesimistas, entre cuyo número me cuento, en algunas ocasiones, está claro que el mundo ha cambiado; y no sólo tecnológicamente, sino que además lo ha hecho para bien. Evidentemente, en el ágora, en el congreso, en el parlamento, en las televisiones, y allá do se encuentran o hallan, los políticos y politiquillos, y también algunos que no lo son, se insultan, se responden con pares de coces y con lindezas varias y de distinto tamaño y calibre. Y no llegan a las manos por el poco pudor que les queda o porque no se atreven. Seguramente las respuestas que las “señoras” dieran a Crates en la vieja Grecia no tendrían nada que envidiar a las de estos señores y señoras de hoy en día, que son un ejemplo a seguir. Tienen razón los pesimistas en esta cuestión: nada ha cambiado: en lugar de solucionar los problemas, o de dar explicaciones coherentes, los políticos actuales, al menos algunos, como los de otros tiempos, se dedican a insultarse entre ellos, a repartirse lo que pueden y a disimular, porque es más fácil gritar y descalificar a diestro y siniestro que dar soluciones o razones, como es más fácil ir a arrojarse de rodillas delante de un cristo muerto a cañazos que arremangarse y ponerse a fregar.

Es una pena que no nos haya llegado ninguna sesión del ágora griega, o del senado romano. Seguro que tenían más nivel que las actuales. Es una conjetura, por supuesto. Pero es que estamos ya en tales profundidades de miseria y mediocridad, de parquedad en inteligencia y en buenas maneras, que ni los personajes de Julio Verne alcanzaron tan vertiginosos abismos en aquel viaje al centro de la tierra.

Sea como fuere, a ningún politiquillo de nuestros días se le ocurriría la santa idea de ir a un barrio de furcias y ponerse a insultarlas. Es muy posible que terminara en la cárcel a las pocas horas, y más magullado que el pobre Crates, al que ninguna puta le puso la mano encima. O, al menos, no hay constancia de ello. Tampoco le hace falta semejante aventura a ningún prócer actual: oyendo sus lindezas más parecen un grupo de alumnos de 1º o 2º de la ESO, quizás porque no han pasado de ese nivel, que otra cosa. Pues siempre su respuesta es la misma, calcada de cualquier clase o patio o recreo, o segmento de ocio, o tutoría:

-¡Seño, Jaimito también ha copiado en el examen!

Y como todos han copiado, la mano derecha lava a la izquierda, y viceversa, y aquí paz y allá gloria. Y la casa por barrer.

Ante tanta podredumbre y mediocridad, ante un mundo que se derrumba, al menos nos quedará siempre no París, que no está al alcance de un pensionista medio, pero si los libros, todavía asequibles, y más si se acude a una buena biblioteca, que las hay. Ellos son nuestra salvación, aunque es bien conocido que quien aumenta el saber, aumenta la tristeza. Pero no solo de alegrías vive el hombre.

No ha mucho cayó en mis rugosas manos uno de los tantos libros que me ha hecho pasar unas horas harto gozosas. Hasta cierto punto. Los primeros y últimos capítulos del susodicho libro me han recordado una película que, caso extraño, la prefiero a la novela que la engendró. Hablo de El nombre de la rosa. El libro que me recuerda a esta película, El giro, de Stephen Greenblatt, cuenta, entre otras cosas, el feliz hallazgo, en un monasterio, por parte de Poggio Bracciolini, en enero de 1417, del famoso poema De rerum natura, de Lucrecio2. El poema estuvo perdido durante largos siglos; y cuando se puso en circulación de nuevo, gracias a Poggio Bracciolini, generó una airada reacción por parte de la Iglesia. Con ella hemos dado.

Llegados a este punto habría que hablar, de nuevo, con los pesimistas a fin de hacerles ver que el mundo, unas veces a brincos y a saltos, y otras de forma confusa y convulsa, avanza pese a todo. Hoy en día, por ejemplo, ni de lejos se le ocurriría a la santa Iglesia encerrar y quemar vivo a Giodano Bruno, fiel defensor de las tesis de Lucrecio, aunque no podemos olvidar que todavía hay países en los que, sencillamente, llevar o no un pañuelo está penado y castigado, a veces de forma severísima. Llama la atención que estas salvajadas, tales como las de quemar viva a una persona, se haga siempre en nombre de no sé qué dios, que predicó no sé qué cosas. Como es sabido, Savonarola, gran creyente y gran aficionado a quemar libros que no decían lo que a él le interesaban, tuvo fieles seguidores de su famosa “Hoguera de las Vanidades”. Los pesimistas recalcan, con dolor, todo hay que decirlo, esta continuidad. En dicha hoguera ardió todo aquello que le olía a pagano al intransigente monje3. A Giordano Bruno, que debió de ser un libro todo él, lo quemaron, además, por estar convencido de que Lucrecio tenía razón en cuanto decía en su largo y bello poema. Bruno, que vivió en Inglaterra, se percató de que tan dogmáticos y cerriles eran los protestantes como los católicos. No iba desencaminado, pues tanto los puritanos como Calvino fueron fieles seguidores de la santa Inquisición. Hace falta ser muy bestia, desde luego, para quemar viva a una persona. Y luego hablan con horror de los sacrificios humanos de los paganos. Dejémoslo.

Aparte de despertar mi interés, no ya por Lucrecio, sino por la física y la química, ramas de las que lo ignoro todo, el libro del profesor Greenblatt ha puesto en primera linea, una vez más, la justicia y sus penas o castigos. No ha mucho, por desgracia, otra terrible madrastra acabó con la vida de un niño. Y como no podía dejar de suceder, cierto partido político se ha lanzado al cuello de la víctima, con saña, para sacar los votos que, al parecer, está perdiendo como un cedazo pierde el agua que se vierte en él. Y lo ha hecho pidiendo que se restituye la cadena perpetua, llamada ahora con el pomposo nombre de pena permanente revisable. Es lo mismo que llamar al viejo recreo, segmento de ocio. Penoso. Se comprende el dolor de una madre; pero la justicia, creo yo, no puede estar bamboleando de esa forma, ni dependiendo de que se dicte en momentos duros. Un buen legislador debería tener esto en cuenta. Pero, claro, de buenos legisladores estamos muy faltos, más que el desierto del agua tras catorce años de sequía.

Hasta hace poco, cuando me cansaba de leer me ponía a ver la televisión, cualquier programa que hicieran. Ahora, gracias a Lucrecio, he descubierto una serie de películas de cariz científico, divulgativo, con las que trato de entender qué es un átomo, por qué unos átomos se juntan con otros y formar determinados cuerpos o células… No lo entiendo. Tendré que hablar con alguien experto en la materia. Pero no es eso lo que quería contar. Antes de dedicarme en cuerpo y alma a buscar documentales sobre la materia y el cosmos, vi un programa televisivo en el que entrevistaron a una pareja de jubilados. Fue el hombre quien llevó la voz cantante; pero ella, una señora encantadora, dijo algo que me llegó al alma, protestando por la miseria de pensión que les ha quedado a ambos. Vino a decir que para un gobernante debería ser motivo de orgullo que el pueblo que gobierna sea feliz y esté contento. Y cuando la gente se lanza a la calle a protestar es porque no lo son. Y deberían tomar nota.

Me llegó al alma. Si hubiera tenido delante a la buena señora la hubiera llenado de besos. Me recordó a Platón, no sé porqué. Tal vez porque este diga, no lo sé, que el fin de la política es la felicidad de todos. Tal vez sea así, aunque no es conveniente fundar una república como la que desea Platón. Giordano Bruno volvería a arder en la hoguera. Y con las mejillas traspasadas por agujas para que no pudiera hablar. Platón no es muy de fiar en este aspecto.

Dejemos, pues, a los políticos y a sus insultos, y volvamos a los libros. Y aquí, y será suficiente por hoy, voy a traer una prueba más de que la sociedad avanza, a brincos y con sobresaltos, pero avanza. El pesimismo hay que tomarlo en pequeñas dosis.

Me encantó la manifestación de mujeres del 8 de marzo. Me encantó. No entiendo que se discrimine a una persona por su pelo, su sexo o su raza. Máxime cuando a mí me enseñó a leer una maestra, eternamente agradecido, doña Pepita. Además he tenido muy buenas profesoras en el bachillerato y en la universidad. Pero no es de eso de lo que quería hablar. No. Como estoy jubilado, aplico a mi vida aquello tan cargado de razón que dijera Séneca, ya no recuerdo dónde ni en qué libro: Otium sine litteris mors est et hominis vivi sepultura4. Así que para descansar de Lucrecio y sus átomos, di en leer a Ovidio. Y llegado que fui al libro IX de Metamorfosis, me tropecé con la historia de Iphis y Anaxarete. Y me despertó más argumentos en contra del falso estatismo del mundo.

Ifis es un joven que se enamora de Anaxárete. Ifis la pretende, ronda su casa, ruega a unos y a otros, y lo único que consigue de la doncella es su desdén y un par de risotadas. El pobre hombre, que debía tener pocas luces, se ahorca ante la puerta de su desdeñosa amada. Al descubrir el cadáver los esclavos de Anaxárate lo descuelgan y se lo llevan a su madre. Y esta, tras los llantos de rigor, y con los consabidos gritos, lo lleva a la pira. Casualmente tienen que pasar por delante de la casa de Anaxárete. Esta, atraída por los fúnebres gritos, sube a lo alto de la casa, abre las ventanas, y ve, a lo lejos, el amarillento cadáver de Ifis. Y en ese momento comienza su metamorfosis: se transforma en una estatua de piedra, digno castigo por no haber amado a tan buen muchacho, que ha muerto por su culpa, por la dureza de su berroqueño pecho.

Aquí, como en muchos otros sitios, nos falta eso llamado la teoría de la recepción. Saber qué pensaban las mujeres de esta metamorfosis, si es que llegaron a leerla. Sí que sabemos, gracias a la imprenta, lo que pensó de la situación un genial escritor español del siglo XVII. Este dio cumplida respuesta al bueno de Ovidio al cabo de unos cuantos siglos, casi tantos como estuvo desaparecido De rerum natura.

Como es sabido en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, en el capítulo XIV de la I parte, se da fin y cima a la historia de la pastora Marcela y de Grisóstomo. Ambos se han hecho pastores por mor de las modas y de las églogas renacentistas. Pero Grisóstomo, más que cuidar de sus cabras, va tras Marcela y sus encantos, que son muchos. Marcela no quiere saber nada de Grisóstomo ni de ningún hombre; y este, como hiciera su tatarabuelo Ifis allá en la rubia Salamina, también se suicida. Ordena que lo entierren bajo la peña en la que vio por vez primera al basilisco de Marcela, más dura que el mármol. Y cuando le están dando tierra, aparece esta. Y entonces toma la palabra la mujer. Y no tiene desperdicio nada de cuanto dice:

“Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir “Quiérote por hermosa: hasme de amar aunque sea feo”. […] Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades”.

Sigue hablando la pastora Marcela, y viene a decir que ella a nadie dio esperanzas de nada, ni de nadie se cura ni cuida. Por lo tanto ni Grisóstomo, ni ningún hombre, le puede recriminar nada en absoluto. Ni siquiera llegó a hablar con él, como tampoco lo hizo Anaxárate con Ifis. Creo, y es mi opinión, que hasta los dioses están de acuerdo con la bella Marcela, puesto que esta se va con sus cabras por los montes y valles sin convertirse en piedra berroqueña, y sin que nadie la siga, cosa de la que por cierto se encarga el sin par caballero don Quijote de la Mancha.

Y así espero haber mostrado, aunque sea levemente, que el mundo avanza, que las discusiones de los políticos, como las de los niños de la ESO, son muy aburridas, pese a que discutan de títulos falsificados, de malversación de fondos y de todos los tópicos de siempre, sin variar un ápice. Las urnas serán su castigo. Pero para eso hay que apagar la televisión y leer. Entre otras cosas porque las estupideces cansan mucho, sacian y producen bascas; y de belleza e inteligencia siempre estamos faltos y vacíos en demasía. Sin olvidar que cuanto mejores seamos, más exigiremos. Esperemos, de esta forma, y si es cierto que el mundo avanza, acabar con tanta falta de educación, podredumbre y mediocridad. Vale.

1La misma anécdota puede verse en Diógenes Laercio, Vidas de filósofos ilustres, en la entrada de Crates.



2Stephen Greenblatt, El giro, Traducción de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya, Barcelona, 2017, p.157



3Ibidem, p. 191



4El ocio sin las letras es la muerte y la sepultura del hombre vivo.



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Etiquetas:   Corrupción   ·   Educación   ·   Leyes   ·   Feminismo

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