. Luciano
De Crescenzo, Historia
de la filosofía griega.
Por
mucho empeño que pongan en ello los pesimistas, entre cuyo número
me cuento, en algunas ocasiones, está claro que el mundo ha
cambiado; y no sólo tecnológicamente, sino que además lo ha hecho
para bien. Evidentemente, en el ágora, en el congreso, en el
parlamento, en las televisiones, y allá do se encuentran o hallan,
los políticos y
politiquillos,
y también algunos que no lo son, se insultan, se responden con pares
de coces y con lindezas varias y de distinto tamaño y calibre. Y no
llegan a las manos por el poco pudor que les queda o
porque no se atreven.
Seguramente las respuestas que las “señoras” dieran a Crates en
la vieja Grecia no tendrían nada que envidiar a las de estos señores
y señoras
de hoy en día, que son un ejemplo a seguir. Tienen razón los
pesimistas en esta cuestión: nada ha cambiado: en lugar de
solucionar los problemas, o de dar explicaciones coherentes, los
políticos actuales, al menos algunos, como los de otros tiempos, se
dedican a insultarse entre ellos, a repartirse lo que pueden y a
disimular, porque es más fácil gritar y descalificar a diestro y
siniestro que dar soluciones o razones, como es más fácil ir a
arrojarse
de
rodillas delante de un cristo muerto a cañazos que arremangarse y
ponerse a fregar.
Es
una pena que no nos haya llegado ninguna sesión del ágora griega, o
del senado romano. Seguro que tenían más nivel que las actuales. Es
una conjetura, por supuesto. Pero es que estamos ya en tales
profundidades de miseria y mediocridad, de parquedad en inteligencia
y en buenas maneras, que ni los personajes de Julio Verne alcanzaron
tan
vertiginosos abismos
en aquel viaje al centro de la tierra.
Sea
como fuere, a ningún politiquillo de nuestros días se le ocurriría
la santa idea de ir a un barrio de furcias y ponerse a insultarlas.
Es muy posible que terminara en la cárcel a las pocas horas, y más
magullado que el pobre Crates, al que ninguna puta le puso la mano
encima. O, al menos, no hay constancia de ello. Tampoco le hace falta
semejante aventura a ningún prócer actual: oyendo sus lindezas más
parecen un grupo de alumnos de 1º
o 2º de
la ESO, quizás porque no han pasado de ese nivel, que otra cosa.
Pues siempre su respuesta es la misma, calcada de cualquier clase o
patio o recreo, o segmento de ocio, o tutoría:
-¡Seño, Jaimito también ha
copiado en el examen!
Y como todos han copiado, la mano
derecha lava a la izquierda, y viceversa, y aquí paz y allá gloria.
Y la casa por barrer.
Ante
tanta podredumbre y mediocridad, ante un mundo que se derrumba, al
menos nos quedará siempre no París, que no está al alcance de un
pensionista medio, pero si los libros, todavía asequibles, y más si
se acude a una buena biblioteca, que las hay. Ellos son nuestra
salvación, aunque es bien conocido que quien aumenta el saber,
aumenta la tristeza. Pero no solo de alegrías vive el hombre.
No
ha mucho cayó en mis rugosas manos uno de los tantos libros que me
ha hecho pasar unas horas harto gozosas. Hasta cierto punto. Los
primeros y últimos capítulos del susodicho libro me han recordado
una película que, caso extraño, la prefiero a la novela que la
engendró. Hablo de El
nombre de la rosa. El
libro que me recuerda a esta película, El
giro, de
Stephen Greenblatt, cuenta, entre otras cosas, el feliz hallazgo, en
un monasterio, por parte de Poggio Bracciolini, en enero de 1417, del
famoso poema De
rerum natura, de
Lucrecio.
El poema estuvo perdido durante largos siglos; y cuando se puso en
circulación de nuevo, gracias a Poggio Bracciolini, generó una
airada reacción por parte de la Iglesia. Con
ella hemos dado.
Llegados
a este punto habría que hablar, de nuevo, con los pesimistas a fin
de hacerles ver que el mundo, unas veces a brincos y a saltos, y
otras de forma confusa y convulsa, avanza pese a todo. Hoy en día,
por ejemplo, ni de lejos se le ocurriría a la santa Iglesia encerrar
y quemar vivo a Giodano Bruno, fiel defensor de las tesis de
Lucrecio, aunque no podemos olvidar que todavía hay países en los
que, sencillamente, llevar o no un pañuelo está penado y castigado,
a veces de forma severísima. Llama la atención que estas
salvajadas, tales como las de quemar viva a una persona, se haga
siempre en nombre de no sé qué dios, que predicó no sé qué
cosas. Como es sabido, Savonarola, gran creyente y gran aficionado a
quemar libros que no decían lo que a él le interesaban, tuvo fieles
seguidores de su famosa “Hoguera de las Vanidades”. Los
pesimistas recalcan, con dolor, todo hay que decirlo, esta
continuidad. En dicha hoguera ardió todo aquello que le olía a
pagano al intransigente monje.
A Giordano Bruno, que debió de ser un libro todo él, lo quemaron,
además, por estar convencido de que Lucrecio tenía razón en cuanto
decía en su largo y bello poema. Bruno, que vivió en Inglaterra, se
percató de que tan dogmáticos y cerriles eran los protestantes como
los católicos. No iba desencaminado, pues tanto los puritanos como
Calvino fueron fieles seguidores de la santa Inquisición. Hace falta
ser muy bestia, desde luego, para quemar viva a una persona. Y luego
hablan con
horror
de los sacrificios humanos de los paganos. Dejémoslo.
Aparte
de despertar mi interés, no ya por Lucrecio, sino por la física y
la química, ramas de las que lo ignoro todo, el libro del profesor
Greenblatt ha puesto en primera linea, una
vez más,
la justicia y sus penas o castigos. No ha mucho, por desgracia, otra
terrible madrastra acabó con la vida de un niño. Y como no podía
dejar de suceder, cierto partido político se ha lanzado al cuello de
la víctima, con saña, para sacar los votos que, al parecer, está
perdiendo como un cedazo pierde el agua que se vierte en él. Y lo ha
hecho pidiendo que se restituye la cadena perpetua, llamada ahora con
el pomposo nombre de pena permanente revisable. Es lo mismo que
llamar al viejo recreo, segmento de ocio. Penoso. Se comprende el
dolor de una madre; pero la justicia, creo yo, no puede estar
bamboleando de esa forma, ni dependiendo de que se dicte en momentos
duros. Un buen legislador debería tener esto en cuenta. Pero, claro,
de buenos legisladores estamos muy faltos, más que el desierto del
agua tras
catorce años de sequía.
Hasta
hace poco, cuando me cansaba de leer me ponía a ver la televisión,
cualquier programa que hicieran. Ahora, gracias a Lucrecio, he
descubierto una serie de películas de cariz científico,
divulgativo, con las que trato de entender qué es un átomo, por qué
unos átomos se juntan con otros y formar determinados cuerpos o
células… No lo entiendo. Tendré que hablar con alguien experto en
la materia. Pero no es eso lo que quería contar. Antes de dedicarme
en cuerpo y alma a buscar documentales sobre la materia y el cosmos,
vi un programa televisivo en el que entrevistaron a una pareja de
jubilados. Fue el hombre quien llevó la voz cantante; pero ella, una
señora encantadora, dijo algo que me llegó al alma, protestando por
la miseria de pensión que les ha quedado a ambos. Vino a decir que
para un gobernante debería ser motivo de orgullo que el pueblo que
gobierna sea feliz y esté contento. Y cuando la gente se lanza a la
calle a protestar es porque no lo son. Y deberían tomar nota.
Me
llegó al alma. Si hubiera tenido delante a la buena señora la
hubiera llenado de besos. Me recordó a Platón, no sé porqué. Tal
vez porque este diga, no
lo sé,
que el fin de la política es la felicidad de todos. Tal vez sea así,
aunque no es conveniente fundar una república como la que desea
Platón. Giordano Bruno volvería a arder en la hoguera. Y con las
mejillas traspasadas por agujas para que no pudiera hablar. Platón
no es muy de fiar en
este aspecto.
Dejemos,
pues, a los políticos y a sus insultos, y volvamos a los libros. Y
aquí, y será suficiente por hoy, voy a traer una prueba más de que
la sociedad avanza, a brincos y con sobresaltos, pero avanza. El
pesimismo hay que tomarlo en pequeñas dosis.
Me
encantó la manifestación de mujeres del 8 de marzo. Me encantó. No
entiendo que se discrimine a una persona por su pelo, su sexo o su
raza. Máxime cuando a mí me enseñó a leer una maestra,
eternamente agradecido, doña Pepita. Además he tenido muy buenas
profesoras en el bachillerato y en la universidad. Pero no es de eso
de lo que quería hablar. No. Como estoy jubilado, aplico a mi vida
aquello tan cargado de razón que dijera Séneca, ya no recuerdo
dónde ni en qué libro: Otium
sine litteris mors est et hominis vivi sepultura.
Así
que para descansar de Lucrecio y sus átomos, di en leer a Ovidio. Y
llegado que fui al libro IX de Metamorfosis,
me
tropecé con la historia de Iphis y Anaxarete. Y me despertó más
argumentos en contra del falso estatismo del mundo.
Ifis
es un joven que se enamora de Anaxárete. Ifis la pretende, ronda su
casa, ruega a unos y a otros, y lo único que consigue de la doncella
es su desdén y un par de risotadas. El pobre hombre, que debía
tener pocas luces, se ahorca ante la puerta de su desdeñosa amada.
Al descubrir el cadáver los esclavos de Anaxárate lo descuelgan y
se lo llevan a su madre. Y esta, tras los llantos de rigor, y con los
consabidos gritos, lo lleva a la pira. Casualmente tienen que pasar
por delante de la casa de Anaxárete. Esta, atraída por los fúnebres
gritos, sube a lo alto de la casa, abre las ventanas, y ve, a lo
lejos, el amarillento cadáver de Ifis. Y en ese momento comienza su
metamorfosis: se transforma en una estatua de piedra, digno castigo
por no haber amado a tan buen muchacho, que ha muerto por su culpa,
por la dureza de su berroqueño
pecho.
Aquí,
como en muchos otros sitios, nos falta eso llamado la teoría de la
recepción. Saber qué pensaban las mujeres de esta metamorfosis, si
es que llegaron a leerla. Sí que sabemos, gracias a la imprenta, lo
que pensó de la situación un genial escritor español del siglo
XVII. Este dio cumplida respuesta al bueno de Ovidio al cabo de unos
cuantos siglos, casi tantos como estuvo desaparecido De
rerum natura.
Como
es sabido en El
ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, en
el capítulo XIV de la I parte, se da fin y cima a la historia de la
pastora Marcela y de Grisóstomo. Ambos se han hecho pastores por mor
de las modas y de las églogas renacentistas. Pero Grisóstomo, más
que cuidar de sus cabras, va tras Marcela y sus encantos, que son
muchos. Marcela no quiere saber nada de Grisóstomo ni de ningún
hombre; y este, como hiciera su tatarabuelo Ifis allá en la rubia
Salamina, también se suicida. Ordena que lo entierren bajo la peña
en la que vio por vez primera al basilisco de Marcela, más
dura que el mármol.
Y cuando le están dando tierra, aparece esta. Y entonces toma la
palabra la mujer. Y no tiene desperdicio nada de cuanto dice:
“Yo
conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo
lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado,
esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y
más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y
siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir “Quiérote
por hermosa: hasme de amar aunque sea feo”. […] Si no, decidme:
si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me
quejara de vosotros porque no me amábades”.
Sigue
hablando la pastora Marcela, y viene a decir que ella a nadie dio
esperanzas
de nada,
ni de nadie se cura ni cuida. Por lo tanto ni Grisóstomo, ni ningún
hombre, le puede recriminar nada en
absoluto.
Ni siquiera llegó a hablar con él, como tampoco lo hizo Anaxárate
con Ifis. Creo, y es mi opinión, que hasta los dioses están de
acuerdo con la bella Marcela, puesto que esta se va con sus cabras
por los montes
y valles
sin convertirse en piedra berroqueña, y
sin que nadie la siga, cosa de la que por cierto se encarga el sin
par caballero don Quijote de la Mancha.
Y
así espero haber mostrado, aunque sea levemente, que el mundo
avanza, que las discusiones de los políticos, como las de los niños
de la ESO, son muy aburridas, pese a que discutan de títulos
falsificados, de malversación de fondos y de todos los tópicos de
siempre, sin variar un ápice. Las urnas serán su castigo. Pero para
eso hay que apagar la televisión y leer. Entre otras cosas porque
las estupideces cansan mucho, sacian y producen bascas; y de belleza
e inteligencia siempre estamos faltos y
vacíos en demasía.
Sin olvidar que cuanto mejores seamos, más exigiremos. Esperemos, de
esta forma, y si es cierto que el mundo avanza, acabar con tanta
falta
de educación,
podredumbre y mediocridad. Vale.
La
misma anécdota puede verse en Diógenes Laercio, Vidas de
filósofos ilustres, en
la entrada de Crates.
Stephen
Greenblatt, El giro, Traducción
de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya, Barcelona, 2017, p.157
Ibidem,
p. 191
El
ocio sin las letras es la muerte y la sepultura del hombre vivo.
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