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Reseña "El novio del mundo" de Felipe Benítez Reyes


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13/03/2018


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El absurdo y excesivo Walter Arias se siente comodísimo en su particular desvarío vital a lo largo y ancho de este mundo creado por el genial Felipe Benítez Reyes. El autor encuentra en este disparatado y delirante personaje un vehículo ideal para hacer circular sus teorías aún más disparatas y delirantes que el propio Walter.


Para presentar a su protagonista, lo acuesta en un hotel de Ámsterdam y a la mañana siguiente aparece tirado en una calle de Melilla. Es la presentación y resumen de la esencia del tarambana de Walter que ni corto ni perezoso se propone explicarnos qué le ha llevado hasta allí. Desde el principio. O sea, su vida entera. Literalmente. Con su personal mirada. Y ese, es precisamente el centro de esta obra, de este elementoque te hará reír, al que odiarás, te provocará náuseas y con el que te tirarás de los pelos. Por lo menos, a mí me ha ocurrido todo eso.

Vamos a viajar mucho que para eso es el novio del mundo. Y novio, sobre todo. De todas y de ninguna. Son tantas las mujeres de esta novela como flipantes sus teorías-palabrerías sobre la sexualidad. Tan descerebradas como su inagotable manera de observar, analizar y transcurrir por las camas de la vida junto con su psicópata que le impide tener la bragueta subida. Pero la culpa, la tiene Sigmund Freud. Sí señor. Que lo dice Walter Arias, metido a filósofo-psicólogo-metafísico a todas horas.

Me parto con sus alegres argumentos para rebatir las teorías del famoso psicoanalista sobre la represión y las experiencias de la infancia. Y qué decir de sus afirmaciones al respecto. Aunque Walter no sabe que es un obseso sexual, él pone como ejemplo de exagerada lascivia a uno de sus amigos: «Fede era el Rey de la Satiriasis. El cerebelo de Fede era una granja de satiriasis. Con los kilos de satiriasis que Fede tenía almacenados en la cabeza se podrían quedar embarazadas, en un abrir y cerrar de ojos, todas las mujeres de la India y del sur de China».

Es tan contundente con todo lo que dice y hace que Walter Arias se convierte en una parodia de sí mismo. Hiperbólico como el tamaño de sus “pajas mentales”, ignorante de su irresponsabilidad, pero más feliz que una perdiz con los pilares argumentales en los que basa cada una de sus paranoias (atención a esta sobre la sensibilidad de la nuca: «si quieres dejar a un tío sin fuerzas, échale vaho en la nuca: se adormece, vuelve al claustro materno. Se queda flojo y feliz, con su subconsciente flotando en Disneylandia. Y entonces le zurras con más comodidad»).

En muchos tramos cansa. Y mucho. Sobre todo con sus digresiones, sus paradas para teorizar. Pero Felipe Benítez Reyes es un maestro para esto. Es deslumbrante. Sabe lo que quiere y exprime las posibilidades del lenguaje. Alarga y alarga las frases dándole vueltas a las palabras-ideas mientras tienes que agarrarte el estómago para no partirte de risa. Es tan loco el universo walteriano que debes dejar a un lado la coherencia para disfrutar. Abstenerse por tanto de esta lectura, quienes sean incapaces de apartarse un momento de la seriedad, los pensamientos coherentes, la responsabilidad y blablablá…; o sea todas esas cosas que se supone que nos hacen a los humanos de-lo-más-correctos. Si no, acabarás odiando a Walter Arias y dejando a un lado la parte divertida de esta novela. Un par de ejemplos:

–«Creo que ya me he referido a los hijos del embajador portugués: tres niños que parecían los hijos del conde Drácula, como si la embajadora portuguesa se hubiese quedado embarazada tras pasar algunas noches de orgía loca en una castillo de Transilvania».

–«Llegamos a París por la tarde, en un avión lleno de japoneses que venían de erosionar los adoquines de Madrid a fuerza de cabalgatas turísticas y que se disponían a erosionar los de París a fuerza de lo mismo, con sus zapatitos devastadores. (Los turistas japoneses, siempre de aquí para allá, pasan cuatro o cinco veces por encima de una nube, en aviones supersónicos, antes de que a la nube le dé tiempo siquiera a cambiar de forma, y llegan incluso a bautizar a sus nubes predilectas: Copo de Neblina, Loto Derramado, Enola Gay…)».

Esta reseña podría ser infinita si me dedicara a ilustrar carcajadas (Una más solo. Dice Walter de una charlatana: «las palabras se suicidaban en su boca a causa de un proceso depresivo de inutilidad»). Pero no todo son risas. Dentro de las absurdas teorías de Walter se encuentran hermosos retazos narrativos incluida la ironía que ronda por todas partes. Un ejemplo: «Porque la belleza no suele ser el resultado de una operación matemática convencional, ya que un error en una simple suma puede dar un resultado inexacto pero fascinante. La belleza es una matemática incierta y misteriosa. Una alquimia más bien: sumas a la boca una sucesión de gestos, planteas una ecuación con el concepto de blancura y con los dientes, multiplicas el resultado por unos ojos, sacas la raíz cuadrada de todo eso y la divides luego por un olor, elevas al cuadrado la cifra resultante le sumas el coeficiente seno y coseno de tus imaginaciones…, haces todo eso, en fin y te da como resultado lo que ni siquiera consiguió el doctor Frankenstein: la perfecta armonización de lo imperfecto encarnada en un ser que no valdría nada si lo descuartizasen». Me parece genial. Como otros muchos pasajes donde Benítez Reyes hace magia.

La varita de este autor –incluso con un macarra como protagonista que no sabe que lo es–, crea un universo desmesurado, ingenioso, humorístico al máximo, desvergonzado, tierno y cruel a la vez, loco… muy loco, con una escritura ejemplar, muy inteligente, pese a los tramos a veces de temática repetitiva. Gracias por esta reedición de la obra veinte años después.







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