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Tristeza y desolación


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12/03/2018

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Toda forma de virtud nace de la razón y de la enseñanza. Plutarco, Sobre la educación de los hijos.


Durante un largo tiempo, llevado por la lectura de algunos autores clásicos, griegos preferentemente, me pregunté, como algunos de ellos, si la virtud se enseña o es innata. Fui incapaz entonces, y lo sigo siendo ahora, de resolver el acertijo. Tampoco me sirvieron de mucho las discusiones y conversaciones que tuve con deudos, amigos y parientes. La pregunta seguía obsesionándome.

En otro momento planteé el dilema cambiando la palabra virtud por destino. Evidentemente, ante este cambio semántico, todo el mundo estaba de acuerdo en que el destino no existe, en que cada uno se fabrica el suyo, su vida, a su imagen y semejanza. Por lo tanto, y como contrapartida, lo que sí que existe es el libre albedrío. Siempre podemos escoger entre un camino u otro. Aunque, me decía a menudo, la elección de un determinado camino se convierte en un destino, en la virtud o en su opuesto. Y transitar de una vereda a otra es difícil, muy complicado, pero no imposible.

Insistiendo en esto, aduje, durante una reunión, que algunos de los allí presentes seríamos incapaces, confiaba en ello, de hacer daño a ninguna persona, y, menos todavía, de asesinarla. Y si a nosotros nos sucedía esto, si habíamos llegado a esta incapacidad, pregunté ¿puede acaso un asesino dejar de serlo? ¿Qué nos lleva a nosotros a actuar bien, o de acuerdo con las leyes, y a saltárselas los otros; a ser unos buenos vecinos, y otros unos asesinos? La solución, según algunos, estaba, otra vez, en la infancia, en la educación, en el ambiente familiar. De hecho no pasó mucho tiempo antes de que alguien recordara aquella famosa anécdota del hijo, educado en casa de Platón, espantado después por los gritos de su padre en su propia casa, pues en la de Platón jamás había visto semejante actitud. Indicó otra persona que no hacía falta haber sido educado en casa de Platón, ya que siguiendo con los mitos griegos, sabido es que Zeus ordenó que a todos se nos diera por igual el talento político, la capacidad de discernir entre uno y otro gobernante, y, por lo tanto, la capacidad de distinguir el bien del mal. Con lo cual podíamos decir que la virtud no se enseña, ya se lleva en los genes. Ahora bien, conviene no olvidar el medio, capaz de trastocar la mente y el ser de una persona. Y tal vez los genes.

Conviene tener presente, además, que formamos parte de una sociedad, que esta evoluciona; y que lo que hoy se considera digno de culpa y castigo era indiferente en otras épocas; no estaba, por lo tanto, sujeto a ninguna penalización. Cierto es también, y conforme me voy haciendo mayor, me percato más y más de ello, que tenemos una visión muy parcial del pasado y, prácticamente, de todo. Tan parcial que, a veces, sólo nos queda el hecho escueto, sin ninguna valoración o explicación del momento. Así, por ejemplo, cuando en la Biblia se habla de la matanza de los santos inocentes, lo hace para poner de manifiesto la maldad de Herodes, el carácter divino del crío acabado de nacer al que persiguen los soldados con saña, y no los sentimientos de las madres de los niños asesinados. Incidiendo en lo mismo, ignoramos lo que sintió Yocasta cuando su marido, por miedo a una vieja maldición, le quitó a su hijo y le dijo que había nacido muerto. ¿Qué pensó Clitemnestra cuando su aguerrido marido sacrificó a Ifigenia por mor de ir a una guerra en la que nada se les había perdido? ¿Y nadie, ningún griego sintió piedad cuando los hijos de los troyanos, el de Héctor entre ellos, son arrojados desde lo alto de las murallas para evitar, dicen, que se venguen en el futuro de aquellos que han destruido su ciudad y matado a sus padres? Al parecer no confiaban mucho en la virtud de los niños, o estaban poniendo en evidencia que no habían actuado bien, y los pequeños troyanos, al cabo de los años, les iban a pagar con la misma moneda. Por todo esto, y más cosas, la tragedia de Eurípides, Las troyanas, se convierte en la obra de teatro más dura que se ha escrito nunca contra la guerra.

Tal vez haya que recordar también que muchos padres exponían a sus hijos e hijas, tanto en Grecia como en Roma. No sabemos si con el consentimiento o no de las madres. Y que la infancia era una época peligrosísima en la vida de una persona de aquellos y otros tiempos. Más peligrosa, desde luego, en determinadas circunstancias y momentos.

Hoy en día en cuanto se encuentra alguien a un niño abandonado, expuesto, en cualquier contenedor, se lo lleva enseguida a un hospital, se moviliza la policía; y la madre, si dan con ella, es sancionada y castigada. Esto quiere decir que la sociedad ha ido cambiando, y lo que ayer era indiferente, según lo que conocemos, hoy es una falta cuando no un crimen horrendo. Pero también hay que matizar estas apreciaciones. Pues es en estos momentos cuando nos percatamos de que somos animales de tribu, que nos importan, por eso mismo, los sucesos de nuestra tribu, y nos son bastante indiferentes los de la tribu de al lado. Pocas personas se han movilizado por los miles de niños muertos en guerras y más guerras, actuales. O por los ahogados en el Mediterráneo, ese viejo mar de casadero de culturas… Si es así, la virtud está tan limitada como los horizontes de la aldea. Y hay muchas explicaciones para estas actitudes, para ese viejo espíritu de campanario.

El ser de una forma u otra, virtuoso o no, tal vez dependa de las elecciones que vamos haciendo a lo largo de la vida. Y de los ejemplos que vamos viendo y de los libros que vamos leyendo. Aun así, finiquitada Troya y sus moradores, resulta difícil aceptar que un padre enseñe a matar a un hijo o hija. ¿Qué pasa, pues, por la mente de una de estas personas para creerse con derecho a privar a otra de la vida? ¿Desprecio hacia los demás? ¿Compensaciones por considerarse infravalorado? ¿Se pueden evitar los crímenes y asesinatos? ¿Y las violaciones? ¿Basta con endurecer las penas? ¿Se puede enseñar de esta forma una cierta virtud, o enderezar la que se ha torcido?

Lo malo de estos debates es que sólo se realizan cuando algún caso, muerte sensible de un niño o de una mujer joven, nos llama la atención. Desde luego, y como dicen algunas personas mayores, hace falta tener pelos en el corazón para matar a un niño. Y hasta cierto punto, y sólo hasta cierto punto, se comprende la rabia de la gente. Y que esa rabia los lleve a montar manifestaciones y concentraciones en la puerta de la cárcel donde está el asesino o supuesto asesino. No obstante, con estas cosas hay que andarse con pies de plomo. Viendo las imágenes por la televisión de la gente clamando contra la asesina del niño Gabriel, no he podido dejar de recordar dos excelentes películas, una de Fritz Lang, Furia, y la de Nicholas Ray, Johnny Guitar. Qué fácil resulta, según estas películas, movilizar a la gente, enardecerla y lanzarla contra algo o contra alguien. Qué fácil y barato creerse bueno y justiciero lanzando gritos y soflamas. Ya reflexionó sobre ello, y mucho antes de la aparición del cine, don Benito Pérez Galdós cuando habla del saqueo de la casa de Godoy, y del comportamiento del vulgo:

“El vulgo, esa turba que pide las cosas sin saber lo que pide y grita “¡Viva esto y lo otro!”, sin haber estudiado la cartilla, es una calamidad de las naciones, y yo, a ser rey, haría siempre lo contrario de lo que el vulgo quiere. La mejor cosa hecha por el vulgo resulta mala. Por eso repito yo siempre con el gran latino: Odi profanum et arceo… et arceo, y lo aparto…, y no quiero nada con él.”1

Esos gritos de rabia se han multiplicado por mil con esa cosa llamada las redes sociales, o con los comentarios que puede hacer los lectores de los periódicos a ciertas noticias. Tanto las famosas redes como los comentarios a las noticias están repletas de faltas de ortografía. Para mí, tan aficionado a los libros, eso constituye una falta de educación y de respeto. Ahora bien, es la menor de las faltas viendo como se tratan entre los participantes en esos debates, y las cosas que son capaces de decirse entre ellos. Y así, un crimen o una injusticia no genera más que una pequeña rabia o un par de insultos, que se lleva el viento. Y que, por supuesto, no sirven de nada, pues pasada la primera efervescencia, no queda ni rastro de esas palabras y esas soflamas. Los políticos lo saben muy bien. Y nosotros deberíamos aprender que sí, que está muy bien manifestarse y cantar por la calle, y gritar y exigir esto y aquello. Pero tiene que haber algo más, algo más profundo, algo que exige un mayor trabajo y dedicación. Gritar y lanzar proclamas es muy fácil. La búsqueda de una pequeña virtud conlleva un poco más de dedicación.

Lanzar a la gente a un motín es sencillo. Llevarla a una biblioteca a que estudie y reflexione tal vez sea misión imposible.

Pero sólo así, creo, lograremos una sociedad más justa y civilizada. No obstante, no conviene equivocarse: siempre tendremos entre nosotros a criminales, a ladrones y a embusteros. Otra cosa es que los dejemos campar a sus anchas y no hagamos lo posible por remediar la situación, si es que de verdad queremos ponerle solución, que a veces lo dudo. Y la solución no es gritar en momentos muy señalados. No. Hay más… Hace algunos años, llegados a este punto, me hubiera puesto a hablar de la escuela y de la educación, de la importancia de esta y de aquella; pero como sigo sin saber, pese a Plutarco y a alguno más, si la virtud se enseña y se aprende, me callo. Como dijo alguien, es mejor no hablar de lo que no sabe. Vale.

1Benito Pérez Galdós, El 19 de marzo y el 2 de mayo, cap. XIII



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