. En todas
partes se cuecen habas, es el dicho de nuestro pueblo. Muchos de estos hombres
y mujeres, de padres o de madres no tienen nada, más bien son padrastros y
madrastras del escándalo, el relajo y el mal ejemplo para las nuevas
generaciones. En la Asamblea Nacional del Ecuador, antes Congreso Nacional, se
ha visto de todo: insultos y gritos desaforados que hacen ruborizar a los
muchachos malcriados de la calle; actitudes y desafíos que dejan como monjas de
convento a mujeres furiosas de un mercado peleándose por su prometido; agresiones
y metidas de la mano de hombres y mujeres con rostros tétricos y desencajados,
de largo más violentos que hooligans resentidos por la equivocación de un
árbitro que ha pitado en contra de su equipo.
Y
todos se preguntan, ¿por qué será tanta pasión, tanta furia y desenfreno de
estos hombres y mujeres de actitud arrebatada y terrible? No hay que devanarse
los sesos ni ser un experto para hallar una respuesta. Es sencilla y llanamente
porque se les va de las manos su cuota de poder y de dinero, su misión de
defender obscuros intereses de grandes empresarios y sectores poderosos, que
les tienen a sueldo, pagados para un tiempo determinado, que si no cumplen con
su objetivo, no tendrán ni paga ni alargue en el camello. No es por más, ellos
y ellas no defienden los grandes intereses nacionales, no luchan por la bandera
de millones que sufren postergados en ambientes de pobreza e indignidad, ¡qué
va!
Son partidos
y movimientos políticos con largas trayectorias de ignominia, vendepatrias y
oportunismo, de derecha, de izquierda y de centro, de todo lado, a quienes los
hombres y mujeres de bien, por suerte, ya les tenemos señalados e identificados
con el dedo. Sus conocidos personajes, insignia en campañas electorales, han
envejecido en la política, curtidos en la mañosería, empedernidos en la
contienda, incluso ahora con nuevos ejemplares salidos de las canchas de
fútbol, de los sets de televisión y de las universidades, cansados de lanzar
piedras, de quemar llantas y agitar a ingenuos indígenas. Esa es la realidad
ecuatoriana, que para cambiar, requiere del paso de dos generaciones, pero con
estilo honesto, altruista, desinteresado, valiente y de sólida formación
intelectual.
César
Pinos Espinoza