Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Escritores   ·   Periodismo   ·   Lectores   ·   Bienestar Social   ·   Estado del Bienestar   ·   Paz Social   ·   Estado de Derecho   ·   Libros   ·   Andalucía   ·   Política



El tiempo y las imágenes


Inicio > Literatura
19/02/2018

287 Visitas



Como había pasado anteriormente, las heteras posaron como modelos de los artistas. Frine fue amante del escultor Praxíteles, que la usó como modelo para la Venus de Cnido.


Javier Murcia Ortuño, De banquetes y batallas. La antigua Grecia a través de sus anécdotas.

No hace falta ser religioso ni creyente para saber, o intuir, que el único que crea de la nada es Dios, o los Dioses, si nos atenemos a viejas creencias, pero jamás el hombre. Es indiferente ahora el nombre que le demos al origen del cosmos para el tema que vamos a tratar. Parece, no obstante, que nuestros más remotos antepasados cifraron dicho origen en una diosa, la diosa madre. Esta, como todo en esta vida, ha ido evolucionando y cambiando a lo largo de los siglos, adaptándose más o menos bien a cada uno de ellos en tanto que conservaba siempre algo de su esencia original. Y así, por poco que se estudie la civilización, o la cultura, se va viendo un hilo, tenue a veces, grueso como una maroma en otras ocasiones, que va uniendo las diversas fases por las que ha pasado la diosa, las creencias, los temores y el mismo ser humano. Bien es cierto que, en ocasiones, para tratar de entender algunos de esos cambios, cuando no los orígenes, nos movemos en unos terrenos bastante inseguros; en ellos contamos con imágenes, figuras, relieves, dibujos, etc., pero sin ningún testimonio escrito que nos explique lo que aquello significa o significó. Es enorme entonces la labor que hacen arqueólogos y estudiosos para llegar a comprender las figuras y utensilios que han ido aflorando de tumbas, cuevas y excavaciones. Y a menudo las interpretaciones que ofrecen son tan coherentes, están tan bien traídas, que no queda más remedio que aceptarlas por muy escéptico que se siga siendo. Valga como ejemplo el voluminoso libro de Anne Baring y Jules Cashford, El mito de la diosa1.

Y, evidentemente, y como queda muy estudiado en dicho libro, las diversas civilizaciones, o la civilización diversificada en modos distintos, ha ido teniendo diversas diosas que no son sino recuerdos o reflejos de la diosa primigenia, la original, la generadora de la vida. Es posible que sea así. Y es posible, también, que al estudiar la historia con los conocimientos actuales, y de forma retrospectiva, estos nos influyan y nos hagan ver las viejas creencias de forma distorsionada. No obstante, hijos todos del mismo tiempo, autores y lectores, las influencias e injerencias entre diversas civilizaciones nos parecen más que evidentes. Tanto que hoy en día resulta casi imposible desligar la religión católica de las otras viejísimas creencias nacidas en Oriente. Así se deduce del citado libro, El mito de la diosa.

Afirmar dichas influencias hoy en día no escandaliza a nadie, creo. Decirlo en otros tiempos desde luego hubiera costado algún que otro disgusto, cuando no probar el fuego inquisitorial. No obstante, en la misma Biblia se lee que no hay nada nuevo bajo el sol. Si la afirmación se toma en un sentido amplio, quiere decir que ni la Biblia, ni el Dios que la escribe, son originales. Unas cosas, pues, van dando pie a las otras, informándolas, formándolas y transformándose con ellas.

Tenemos estatuillas de diosas y dioses desde tiempos inmemoriales2.Son unas estatuillas, o representaciones, que podríamos denominar abstractas por cuanto no hay rasgos conocidos, si se me permite la definición. Quizás es así porque el artista del pasado sólo le interesaba representar y resaltar la capacidad reproductora, dadora de vida, de esa diosa. Pero, y también, al mismo tiempo, comienzan a aparecer pequeñas cabezas de la diosa en marfil. Ignoramos si dichas cabezas surgieron de la mente del escultor o pintor, o si se basó, para tallarlas, como es lo más probable, en algún modelo o vecina que tenía a mano.

También es sabido que escultores y pintores, desde los más remotos tiempos, hacían posar a modelos para pintar o cincelar sus esculturas y pinturas, fueran de humanos o de dioses. No siempre contaban con modelos, pero sí muy a menudo. Se sabe que los escultores griegos tenían, en sus talleres, estatuas talladas de diversos atletas y modalidades atléticas, cuerpos modélicos, a los que sólo cabía añadir la cabeza, para lo cual tenía que posar del ganador de la prueba de la olimpiada de turno. Por supuesto el héroe victorioso pasó a mejor vida; y su estatua, con un poco de suerte, ha llegado hasta nosotros. No podemos saber, pues, el grado de parecido o parentesco que tenía con el modelo con su retrato. No obstante, hay en esas estatuas un fiero deseo por aproximarse a la realidad, realzando su belleza desde luego. No hay más que recordar la historia de Pigmalión. O ver la estatua del Laoconte. Evidentemente ese cuerpo retorcido, con esa musculatura, no es, ni de lejos, la del anciano de la mitología. Pero queda la expresión, que es lo que interesa.

Viendo, por otra parte, y sin ánimo de ser exhaustivos, algunas pinturas de la Edad Media, también se percata uno de que, a falta de cosas mejores, el artista echa mano de la realidad que lo circunda. Y así en muchos cuadros de esa época, los soldados romanos aparecen con el típico atuendo del caballero medieval. Y las tres marías vestidas como castellanas o campesinas del medioevo. Explicaba en sus clases un viejo profesor que sucedió así hasta que comenzaron las excavaciones, el Renacimiento, y se pudo estudiar, gracias a los sarcófagos y a las estatuas halladas aquí y allá, la indumentaria del pasado. Es un intento de explicación. Ingenioso. Nos servía, por lo menos, para diferenciar una época de otra.

Cabría preguntarse, por todo lo expuesto, si los primeros artistas que tallaron o pintaron a la diosa, o al dios, tuvieron modelos en sus cuevas o talleres, o se sirvieron de alguna imagen, idealizada o no, que tenían en mente. Sea como fuere, con el paso del tiempo, desparecido el modelo, y aun el canon, todo ello ha quedado como una mera invención, aunque, desde luego, esta no surge de la nada. Sabemos, por otra parte, que Praxíteles se sirvió de su amante para cincelar la estatua de Venus. Y la pregunta es ya de pura lógica: ¿se valieron los artistas cristianos de alguna persona conocida para representar a Jesús y a su madre? ¿Son sus caras y cuerpos idealizaciones del artista? Sea como fuere, nadie puede afirmar que Jesús o María tuvieron las facciones que en cuadros y pinturas se representa.

Y hay que decir, una vez más, que estamos dominados, hasta cierto punto, por la visión que ha ido imponiendo Hollywood con su cine de romanos y peplos. A mí siempre me ha parecido que es mucho más realista, por el paisaje, por la forma de vestir, y por las caras y los cuerpos, la película de Pier Paolo Pasolini, El evangelio según san Mateo, que todo el cine norteamericano sobre la misma temática. Y más dura de asimilar, para muchos, hechos al tecnicholor y a la lectura fácil propia de una buena parte de este cine.

Evidentemente para realizar dichas películas se ha tenido que recurrir a actores o a personas que encarnen a quien se quiere representar. La pregunta es si también se hizo lo mismo para tallar el Laoconte; y si el resto de los escultores ha seguido esta forma de hacer con otros modelos por supuesto. Y así se sabe que no sólo Praxíteles recurrió a una señora de la casa llana sino que también lo hizo Caravaggio para pintar la Madonna de Loreto y a María Magdalena, e igualmente Artemisia Gentileschi se pintó como mártir, por no citar más ejemplos, como Zurabarán, etc. Por supuesto que el atrevimiento de Caravaggio estuvo mal visto por la iglesia de su tiempo. Pero hoy, desaparecida aquella buena mujer, y casi esfumado su recuerdo, no creo que ningún cristiano, puesto ante el cuadro, vea a una prostituta, como puesto ante una imagen de Jesús piense en el modelo, fuera Pepe o Manolo, o si la Virgen de Alejandría tiene el rostro de tal o cual señora. El ser humano, incluido su recuerdo, es muy efímero.

Y con todo lo dicho, y es poco para lo que hay, no se entiende el revuelo que se ha montado en este bendito país porque un chico ha decidido, mediante una fotografía, suplantar con su cara la de un cristo, con corona de espinas y todo. Se entendería que lo hubieran juzgado, y condenado, o encerrado en algún psiquiátrico, si hubiera tratado, como hizo otro, de hacerse pasar por el mesías y ser adorado. Pero si lo único que deseaba era hacerse una foto como Jesús, sin ánimo de que nadie lo reverencie, parece fuera de lugar la denuncia que se le ha puesto, la condena, y el que alguien se sienta ofendido por tamaña niñería. Quizás los ofendidos deberían repasar los cuadros y estatuas de iglesias y catedrales para ver quiénes fueron los modelos que ahora glorifican y santifican. Comprobado lo cual solo falta, como se hizo entonces, condenar las obras porque los modelos no llevaron una vida como Dios manda. Creo que ya ha habido suficientes obras destruidas por planteamientos de este tipo. Hasta san Agustín puso el grito en el cielo por ese absurdo afán destructor, no se sabe muy bien si por mor a cierta moral o por hacer pasar por original lo que nunca fue ni lo ha sido. Nihil est novum sub sole.

De ciertos carnavales, por otra parte, con escarnios de dioses y creencias, no vale la pena hablar: el mal gusto es su norma. Y que se sepa ninguna caricatura, burla o desfachatez, nos ha llegado sobre la diosa madre. No digo que no existieran en su tiempo, pero si fue así las desconocemos. No vale la pena, pues, detenerse en ellas. Digo.





1Anne Baring-Jules Cashford, El mito de la diosa, Siruela, Madrid, 2014

2Véase, por ejemplo, el capítulo 1 el origen: la diosa madre paleolítica, de dicho libro.



Etiquetas:

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

1 comentario  Deja tu comentario


Vicente Adelantado Soriano, Educación Por si todo esto fuera poco, sabemos que una estatua de Poggio Bracciolini, el descubridor del manuscrito de De rerum natura, de Lucrecio, forma parte de un grupo llamado los doce apóstoles:
“Cuando un siglo después, en 1560, fue remodelada la fachada del Doumo, la estatua [de Poggio Bracciolini] fue trasladada a otra zona del edificio y ahora forma parte de un grupo escultórico que representa a los doce apóstoles. Supongo yo que para cualquier cristiano piadoso será un honor desempeñar ese papel, pero no me puedo imaginar que Poggio se sintiera completamente satisfecho de acabar de ese modo. Siempre estuvo decidido a recibir un reconocimiento público apropiado.”1




Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
17270 publicaciones
4440 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora