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12/02/2018

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Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese señor te manda, que será lo más acertado: sigue tu canto llano y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sutiles. Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.


No hace mucho me contó un conocido que, debido a su crónica enfermedad, pasa más tiempo en el ambulatorio, con médicos y enfermeras, que en su propia casa, donde, por otra parte, poco o nada tiene que hacer. Con el paso del tiempo, y consolidada algún tipo de confianza con quienes lo atienden, en las consultas dejó de hablarse de su enfermedad, o de sus múltiples problemas de salud, para hacerlo de otras y distintas cosas, que estaban de actualidad. O de rabiosa actualidad, como diría algún avezado periodista.

Es inevitable, para bien o para mal, que, con el roce, sea del tipo que fuere, los humanos nos aproximemos los unos a los otros, y tratemos de transcender nuestras propias limitaciones. Y así este conocido se enteró de que una de las enfermeras, la más mayor del grupo que le tocó en suerte, tenía un hijo que era profesor. No se lamentaba dicho profesor, en contra de lo esperado, por la falta de aplicación de los alumnos o por la mala educación de algunos padres, sino por tener que estar todo el día hablando. Al enfermo crónico le sorprendió la noticia que le transmitió la enfermera madre.

Este hombre, profesor de secundaria y bachillerato tenía, al decir de su madre, la enfermera, un grave problema: si se ceñía a los libros de texto, las clases le salían, así lo sentía él, enormemente aburridas. Y si se saltaba los libros, las explicaciones podían ser más amenas e instructivas; pero corría el peligro, siempre pendiente de su cabeza, como la espada de Damocles, de caer en la charlatanería. Mantener el equilibrio entre una y otra cosa era su gran preocupación. Su cotidiana obsesión. El enfermo crónico estuvo de acuerdo con él: en el término medio está la virtud.

Era por eso mismo, al decir de unos y otros en el ambulatorio, que aquel profesor y su madre, la enfermera, la mayor de todas, comprendían que los políticos dijeran tantas tonterías delante de los micrófonos, o cuando algún insidioso periodista los entrevistaba tratando de ponerlos contra la espada y la pared. No es fácil, desde luego, estar todo el día hablando sin que no se escape alguna tontería o estupidez. Los alumnos, o los periódicos, la amplificarán todo cuanto puedan y un poco más. Por razones más que obvias.

Aun así, le objetaba el enfermo crónico a la enfermera, la misión de los políticos no es hablar sino legislar. Y demasiado a menudo hablan porque quieren, aunque rara vez tengan algo mínimamente interesante que decir. Bien es verdad, argumentaba, que vivimos en la sociedad de la apariencia, ¿y cuándo no?, que gusta de vivir de puertas a fuera, hablar de todo y criticarlo todo con tal de ganar votos o un poco de notoriedad. Muy a menudo, o siempre, las palabras de los políticos, o de cualquiera que diga algo en público, son contestadas a través de diversos artilugios por amigos y detractores que terminan por enzarzarse entre ellos. Tal actitud no dejaba de llamarle la atención. Pues recordaba, como contó entre consulta y consulta, que su juventud la pasó, muy a disgusto, en un pueblo pequeño. La presión que ejercía el vigilante y censor vecindario sobre los mismos vecinos a veces llegaba a ser insoportable. Tanto que soñó durante muchos años con poder trasladarse a la capital. Allí, según le decían, los vecinos de una misma escalera ni se conocen; y no hablan entre ellos más que cuando se encuentran en el ascensor. Y sólo para darse los buenos días o comentar si llueve o hace sol. Aunque últimamente hasta esta pequeña muestra de humanidad o educación se ha perdido. No lo de hablar todos de todo. Y muy a menudo con palabras un tanto gruesas.

Hay algo en el ser humano, o en muchos de ellos, que les hacen añorar el pueblo, a los vecinos y a sus descarnadas críticas, pues es innegable que la capital se ha vulgarizado heredando lo peor de los pueblos: la murmuración, el insulto y la fácil y pronta descalificación de cualquier vecino que, por ejemplo, ordeñe de forma distinta a como lo hace el común de los mortales. Utilizando para ello, para pasmo y asombro de tirios y troyanos, los últimos inventos del género humano. Es fácil escudarse tras esos chismes, y verter todo el veneno que se lleva encima, que, a menudo, es mucho.

Decía la enfermera que, pese a todo, eso de verter tanta palabrería en las redes sociales era una tarea inútil; que podía ser más provechoso, como hacía Liza Minnelli en la película Cabaret, ponerse debajo de un puente, y gritar a pleno pulmón cuando pasa el tren. Por lo menos así no se molesta a nadie. Creo que la buena de la enfermera se equivocaba.

Para ella el problema está, como le dijo a mi amigo, el enfermo crónico, en que a muchas personas les gusta molestar. No pueden pasar sin hacerlo. Y en eso estaban de acuerdo los dos, pues también le contaba su hijo que, algunos alumnos, llamaban la atención en sus clases porque, en el fondo, estaban faltos de eso, de atención y cariño. Y, como siempre, tiraban por el camino más fácil: molestar, hablar cuando no toca, o salir con respuestas impertinentes.

Y entonces aprovechaba el enfermo para generalizar. El hombre, como la gramática, decía, siempre trabaja con gran economía de medios. Y cuando pone de manifiesto estos, cuando los agranda, es para ocultar que, en el fondo, no se está haciendo nada, o muy poco o recurriendo a la palabrería. Según él, y no doy su nombre para evitarle insultos y descalificaciones de quienes no estén de acuerdo con él, la igualdad entre las personas, negros y blancos, inmigrantes e indígenas, hombres y mujeres, y demás, se producirá cuando se modifiquen las condiciones económicas, y nuestra percepción de los otros. Y eso, según mi conocido enfermo crónico, sólo se consigue mediante un reparto más equitativo de la riqueza, y a través de la educación.

Lo fácil y lo sencillo, desde luego, es revolverse contra el blanco o el hombre, o la gramática, y acusarla a esta o a este de todos los males. No me cabe duda, dijo un memorable día en tanto le sacaban sangre, de que hay blancos a quienes deberían dejarlos en medio de la selva con un taparrabos y un arco, como tampoco me cabe duda de que hay mujeres más machistas que el más flamenco de los toreros del siglo pasado. Y esto sólo se cambia mediante la educación, no destrozando la gramática y llamando la atención con aparentes sutilezas que tienen el mismo efecto que la explosión de una botella de champán. Ruido, cuatro risas, y nada más.

Si deseamos hacernos entender, tenemos a nuestra disposición una lengua rica, muy rica, y muy expresiva. Pero, claro, para eso hay que conocerla un poco. O un poquito. Hay gente, por desgracia, que solo conoce los adjetivos negativos; y otros que creen que poniendo una a donde hay una o, se es más o menos progresista y feminista. Y claro que la lengua evoluciona, faltaría más; y que aparecen nuevas realidades y necesitamos de nuevas palabras. Y así como no tenemos la palabra aspecto, peinado, maquillaje, etc., usamos look; como no tenemos autorretrato, selfie; al carecer de la expresión “bajo coste” tenemos que utilizar “Low coste”, y así hasta el infinito y un poco más. Evidentemente con toda esta parafernalia, el periodista, o el político de turno con sus os y sus as, nos quiere dar a entender lo listo que es por saber inglés e ignorar su propia lengua, y cuánto lucha por la igualdad de bajos y altos, como Procusto. Algo así sucede con la necia utilización de algunos femeninos, y con la duplicación de palabras que nada consiguen y nada logran, salvo cansar al paciente Job. Como dijo el susodicho enfermo en la camilla, antes de desmayarse por la extracción de sangre, habría que dejarse de dibujos e insistir más en la educación y en la lectura. Cosa que no es solo competencia de la escuela. Reservemos para esta el estudio del latín, si es que nos dejan, que buena falta nos hace.



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