
. Por varios motivos nos debatimos entre si conviene o no participar en las elecciones recién convocadas. Sabemos de lo espurio del convocante, acumulamos demasiados perjuicios por el velo de ilegalidad que opaca desde hace rato todo nuestro acontecer público. Ello provoca que, aunque sea por instantes, veamos confrontadas nuestras convicciones y espíritu democráticos con la evidente adversidad de las condiciones impuestas por el poder institucionalizado, por más o menos legítimo o explicable que éste sea o aparente ser.
Lo que creo vale la pena rescatar es que el balance de las fuerzas en juego en dicha disyuntiva no obedece a unas reglas claras y mucho menos democráticas: Por un lado, está la gente sencilla y corriente, no importa si preparada, estudiada, o ignorante; si pobre o menos pobre, explotada o emancipada; todos, padeciendo en mayor o menor grado un deterioro de su calidad de vida, que es histórico e inédito. Por el otro, están las élites que detentan el poder fáctico, para quienes el problema político vigente no es el bienestar del común, ni la libertad o la justicia, sino el control de dicho poder a toda costa. Visto así, para cada una de estas dos partes la convocatoria a elecciones tiene un significado distinto: Para los primeros, Votar es sinónimo de vida civilizada, consensuada, equivalente a una convivencia plural donde más o menos se respeta el derecho de cada quien; votar, es un modo de vida que con fuerza se instauró a partir de 1958 y de cuyo significado venimos siendo expropiados en los últimos tiempos, casi sin derecho a réplica. —Siempre he pensado que ese modo de vida individual, personal de cada quién, de cada familia venezolana, es la esencia de nuestro perfume democrático o lo que se me ocurre llamar la democracia en frasco chiquito que logramos embotellar durante los últimos cuatro decenios del siglo pasado–. Para los otros, en cambio, votar es una estratagema finamente hilada en el huso de la burla que, hebra más hebra menos, puede permitirles tejer la alfombra sobre la que podrán, por un tiempo más, seguir sobrevolando sin enfrentar la cruda realidad que en definitiva, en el arrase eventualmente inevitable, acabaría con todo y con todos; con ellos inclusive. Entonces, ¿qué será lo que le convenga a los primeros, a la gente sencilla, a la que no detenta ese poder crudo que, en su versión más extrema, otorga el uso asimétrico de la violencia? ¿Qué nos queda a quienes creemos en el consenso civilizado y en la negociación respetuosa y comprometida? ¿Qué pueden decirnos los políticos profesionales que llevan ya casi veinte años lidiando con el ogro? Por lo pronto, no se me ocurre una respuesta, ni siquiera aproximada. Tampoco creo que haya una única respuesta ni que la misma pueda exigírsele a una singular persona. A lo mejor dentro de algunos días vaya aflorando, cuando del colectivo vayan decantando sentimientos y posiciones, necesidades y carencias, cuando más y más personas piensen juntas y compartan criterios y métodos. Lo único que se me ocurre ahora pensar y compartir es que, sea cuál sea el camino de mayor provecho, incierto siempre, vale la pena estar preparados. Y estar preparados significa alistarse para afrontar los cambios con la mayor probabilidad de éxito posible. A los efectos, sea que ahora nos convenga votar o, y en virtud de que hablamos de ‘presidenciales’, corresponde saber, y pronto: