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La
cuestión catalana se la han tomado como un juguete, sobre todo desde el
independentismo. Ya se sabe que los juguetes se rompen, sobre todo, por dos
motivos: porque se juega mucho con ellos o porque se hace mal uso de los mismos
al jugar. Bien es verdad que ya no es solo el independentismo sino otros
partidos lo que juegan mal con Cataluña, además del propio Carles Puigdemont y
su tropa de seguidores.
Respecto
al independentismo puro y duro, está claro que ha calado entre los más jóvenes,
dada su baja formación y capacidad de análisis de la realidad. Es el resultado
de un adoctrinamiento que, durante años, se ha llevado a cabo sin control;
desde el Gobierno central no se han atrevido a cortar semejante abuso: unas
veces porque se pactaba con el nacionalismo --éste se sentía con derecho a
pernada y así lo hacía, sabedor de que el Gobierno nada intentaría-- y otras
porque se hacía la vista gorda, sin más, pensando que nunca se llegaría al
punto al que se ha llegado. Hoy la juventud catalana se siente con derechos porque
se le ha hecho ver que eso es así y que la independencia era posible,
mejorarían considerablemente las condiciones de Cataluña y en esa comunidad
autónoma se viviría como en el país de Jauja. La mentira tiene patitas
cortitas: miles de empresas han iniciado un camino que no tardará en dar
resultados negativos.
En
lo que se refiere a los demás partidos, el juego comenzó con CIU y sus locos pactos,
a los que siguieron otras formas de pernada como el obligatorio 3%.
Descompuesta CIU, sus integrantes se repartieron entre JuntxCat, JuntsperSí, PSC
y todo un conglomerado de siglas difíciles de entender, aunque todas esas
formaciones conducían a un pensamiento común y a una aspiración igual: lograr
la independencia. En unos casos --los más incultos-- se lo tomaron en serio,
mientras que otros lo hicieron con el freno de mano echado por si acaso. El
desenfreno total llegó con la corrupción de partidos, además de la propia de la
familia Pujol: ésta se había cobrado la pernada por engañar a la ciudadanía
durante décadas y por dar la cara por Cataluña, incluso cuando no era
necesario. Con ellos, la Justicia se ha quedado a mitad de camino, al menos a
día de hoy y es una de las causas de la poca credibilidad que tienen los jueces
en España
Y
si el empuje de independentistas y formaciones varias no ha acabado de surtir
el efecto deseado, ahí están otras organizaciones proindependentistas, como
Òmniun y ANC. Han demostrado ser el estilete y la avanzadilla violenta de un
mal entendido catalanismo. Se han sentido sobrados y con derechos a hacer y
deshacer en Cataluña; incluso no han rehuido violentar a la ciudadanía para
atacar frontalmente a la Guardia Civil y a la Policía Nacional. Es más, no han
faltado quienes dicen que fueron sus líderes --junto con Forcadell y
Rovira-- quienes sacaron a la luz aquello de que "Cataluña necesita
un muerto para echárselo a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado".
Cierto es que no están en prisión por repartir caramelos y mucho menos por
fomentar la paz, la convivencia y el orden.
Hoy,
Òmniun Cultural, nada tiene que ver con aquella aspiración que causó cierto
temor entre los franquistas de los años sesenta. Inicialmente había nacido para
promocionar la lengua y la cultura de Cataluña, fomentar la educación desde una
perspectiva pacífica y de convivencia y eliminar cualquier fractura social,
además de defender todo derecho propio de Cataluña. Los hechos demuestran que no
se han quedado en la buena intencionalidad; han derivado hacia la violencia, el
fomento del odio en la ciudadanía y la consistente fractura social en el
ámbito catalán.
Todos
han perdido el tiempo. Pero lo peor de todo es que se lo han hecho perder a los
demás. Hoy Cataluña parece que vive solo para escuchar a diario las bufonadas
de Puigdemont, el falso arrepentimiento de los "Jordis", las
estupideces de Rull y Turull, el odio hecho violencia de Pilar Rahola, las
sandeces de la "ternerilla" Rovira (ERC), la actitud
"meapilas" de Oriol Junqueras y, ahora, desde hace unos días, el
casos y desorientación del nuevo presidente del Parlamento catalán, Ferrán.
Mientras
todo eso acontece, da la impresión de que no hay problemas que resolver ni en Cataluña
ni en España. Y ahí estamos.
Jesús
Salamanca Alonso