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Consecuencias Emocionales del Exilio de los Venezolanos


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26/01/2018


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“Una nación que cría hijos que huyen de ella por no transigir con la injusticia, es más grande por los que se van que por los que se quedan.”


Ángel Ganivet

Más allá de toda la parafernalia mediática, las proyecciones de distintos escenarios, de los egoístas intereses de la desprestigiada dirigencia política venezolana y del profundo caos económico generado por las pésimas decisiones del castro-chavismo es solo un aspecto el que realmente importa, el drama humano que implica el masivo éxodo de ciudadanos desplazados por la violencia psicológica que ejerce el régimen y que culmina con los siguientes efectos sobre los individuos:

Miedo: Desde el primer día de gobierno Chávez promovió el discurso del odio de clases. Los que de alguna u otra forma, sea por medios lícitos o ilícitos ostentaban algún tipo de riqueza eran el enemigo, los pobres, los condenados de la tierra eran los hijos predilectos del líder indiscutible que había llegado al poder a deshacer entuertos y a redimir a los humildes. Ese discurso era repetido ad nausean día tras día en interminables cadenas de radio y televisión; se reforzaba en el maratónico programa televisivo de los días domingos y se esparcía como un maligno cáncer en el voz a voz en los barrios más empobrecidos. Al principio eran amenazas veladas, miradas escrutadoras que observaban con recelo a aquel que mostraba alguna diferencia económica, epítetos como “burgués”, “escuálido”[1], “adeco”[2], “pitiyanqui”, “apátrida”, etc., luego con insultos más procaces y con agresiones directas. Luego de los sucesos del 11 de abril del año 2002 y hasta la fecha de hoy, los grupos armados paramilitares del régimen han sido los instrumentos del terror; y, por supuesto, un aparato represivo que integra guardias nacionales, militares y agentes de policía son la mano “legal” de la represión. Por supuesto que todo lo anterior combinado de manera perversa reduce a los ciudadanos a vivir con miedo, aterrorizados y a terminar desconfiando unos de otros.

Por supuesto luego llega el miedo del inmigrante, ese miedo que lo atenaza cuando llega a un país con una cultura y costumbres distintas. El temor que lo invade cuando comienza a desenvolverse en un medio que, aunque lo acepte y lo reciba con los brazos abiertos, solo siente el expatriado pues muchas veces está comenzando de cero y ese trabajo es lo único real que le permite sobrevivir y, con suerte, enviar algo de su salario a la familia que se quedó allá, al otro lado de la frontera. Es esa aprensión que lo atenaza cuando se sabe ilegal pues no cuenta con los documentos que lo acreditan como residente o con una visa adecuada que le permita trabajar. Es vivir el día a día y comenzar a construir aquello que en su patria le fue arrebatado, solo por pensar distinto.  

Tristeza: Esa aguda sensación que mueve a la depresión y que le hace presa del inmigrante pues se ha visto separado de su familia (padres, hermanos, esposa e hijos) quienes han quedado atrapados en la vorágine destructiva de una dictadura atroz. Es cuando durante ciertos instantes del día o bajo los estímulos generados por un mensaje, una noticia o hasta una melodía siente que no puede contener las lágrimas. Por supuesto que para aquellos que se quedaron la tristeza, la depresión y el  llanto son la diaria compañía; esto junto con el miedo constante generado por la inseguridad jurídica y económica obliga a los venezolanos a vivir en una constante zozobra, a permanecer alertas ante cualquier amenaza real o inventada por un Estado que solo sobrevive bajo la represión y el terror. Es esa tristeza que invade al joven que no ve un panorama distinto al que le pinta el régimen y que es más miseria, mediocridad y tiranía. Es ese joven que se vio a nivel mundial escudado tras una estructura de cartón, cubierto el rostro y delgado por culpa del hambre que, valientemente, enfrentaba a un obeso militar que le disparaba a quemarropa de manera inmisericorde para defender lo indefendible.

Angustia: Cuando se emigra se desatan muchas emociones, pero una de las más poderosas es la angustia. Es ese sentimiento que atenaza al individuo cuando no consigue un trabajo, cuando sus ingresos se van diluyendo en el gasto del día a día, es la sensación que lo atenaza frente a una entrevista de trabajo, es ver en el calendario como se acerca el la fecha de terminación del contrato sin recibir confirmación de si lo van a renovar o no; pero también es la angustia por los que se quedaron atrás, cada vez que abre un diario o mira las noticias donde muestran como su país se hunde en la miseria, es la aprehensión que lo aborda cuando se imagina a alguno de sus seres queridos convertidos en víctimas de la represión y el odio. Así, la angustia se hace parte del miedo y la tristeza, convirtiéndose en un trinomio que acompaña el diario vivir del inmigrante.

Rabia e Impotencia: La llegada del chavismo a Venezuela impulso una serie de medidas que comenzaron a deteriorar de manera paulatina la calidad de vida de los ciudadanos. A un sistema ya de por si deteriorado por los malos manejos de una dirigencia política que se había lucrado groseramente con el erario público se le aplicaron unas “reformas” basadas en una mezcla ideológica perversa denominada Socialismo del Siglo XXI[3], para dar mayor fuerza a todo lo anterior en el año 1999 se aprueba una nueva Constitución que permitiría a Chávez atornillarse en el poder, sin desmeritar de la cientos de leyes y decretos que cambiaban la configuración del Estado para hacerlo a la medida del tirano.

Luego la caída libre sin frenos, que implicaba expropiaciones, amenazas, criminalidad desatada, abusos de poder, elecciones amañadas, cierre de medios de comunicación, destrucción del sistema productivo, compra de conciencias, corrupción incontrolable, segregación política y odio institucionalizado. A todo esto se enfrenta el ciudadano y el inmigrante; el primero porque es parte de su vida diaria y lo obliga a soportar de manera estoica los abusos gubernamentales, pero que se convierte con el tiempo en rabia reprimida e impotencia al no poder enfrentar los desafueros del régimen; para el segundo al ver como su país se desmorona frente a sus ojos mientras recuerda a su familia atrapada tras los invisibles muros de la intolerancia y la represión.

Es esa rabia que se expresa cuando los “lideres” revolucionarios son descubiertos en otras partes del mundo disfrutando de sus bienes mal habidos; cuando la gente indignada que ha tenido que emigrar se los encuentra en los restaurantes más costosos de Nueva York, cotizando Mercedes Benz en la Florida, paseando en Barcelona – España o estudiando en las más onerosas Universidades de Inglaterra o Francia.

Afánisis:  Es un mecanismo psicológico de defensa y, de acuerdo al sitio de noticias “Caraota Digital”, (Rodríguez, 2017) se puede definir como:

 “…un mecanismo defensivo, inconsciente, que consiste en no desear nada para no decepcionarse por nada. Es exiliar el deseo, que siempre tiene una connotación de ansiedad, de no corresponderse lo imaginado con lo obtenido. La afanisis es una medida extrema, una forma de protección que al mismo tiempo te vuelve un zombie… estas no son elecciones deliberadas, varían de persona en persona. Lo grave es su crecimiento dentro de la población, explicó el doctor en psicología, Adrián Liberman.”

De acuerdo a esto el venezolano comienza a recluirse en una apatía total ante su futuro, no espera ni aspira nada, su vida solo se basa en la supervivencia. Es una consecuencia directa de la mezcla integral de las emociones anteriores, miedo, angustia, impotencia, tristeza y rabia; el venezolano comienza a dudar de todo y de todos, su destino está en manos de una elite inculta y trasgresora que cuenta para su defensa de despiadados grupos de represión como las fuerzas represoras del estado y los colectivos armados que asesinan sin piedad a aquellos que se oponen al régimen. Se desata, entonces, una aguda crisis existencial, que Spector (Spector, 2006) explica así:

“Pérdida del sentido de vida. No hay el para qué vivir, para qué despertar, trabajar, comunicarse, planear, etc. En esos momentos la persona ansía desaparecer, permanecer dormida, y hasta morir. Es incapaz para sufrir su experiencia con sentido, para responder a lo que le está sucediendo. No cuenta consigo misma para vivir la situación, y, algo que me parece fundamental, no siente compasión por sí misma, antes lo contrario, hay un profundo enojo hacia sí, y frecuentemente deseo de castigarse.”

Es el fin único de este tipo de regímenes, lograr que una gran parte de la población se resigne a que “ese es su destino” que el Estado todopoderoso le da el privilegio de vivir bajo su “cuidado y protección”, aun cuando eso implique la miseria, el miedo y la tristeza infinita. Es un pueblo convertido en mendigo de las migajas que caen desde las alturas de la nomenclatura estadal. En Cuba la gente que no se resigna a ese destino se lanza al mar en embarcaciones improvisadas buscando la muerte en medio del océano o la Libertad en Estados Unidos, en Venezuela se arriesgan a salir del país dejando tras de sí sus familias, hogares y posesiones, buscando el futuro en las naciones hermanas, Colombia, Ecuador o Perú, o más allá, en Europa o Estados Unidos.

Esa Venezuela que un día fue un país de puertas abiertas para la llegada de Colombianos, Ecuatorianos, Peruanos, Chilenos, Argentinos, Italianos, Españoles, Portugueses, Chinos y Alemanes; hoy es un país que se representa con una madre llorosa y un hijo que maleta en mano parte hacía la incertidumbre infinita de la inmigración.





[1] Chávez se burlaba de las convocatorias a marchar de la oposición alegando que eran “escuálidas”, es decir, su convocatoria no lograba aglutinar, según él, más que unas pocas personas que representaban a los ricos y a los empresarios.

[2] Alusión al partido Acción Democrática, de tendencia socialdemócrata.

[3] Los principales precursores ideológicos de Chávez eran Norberto Ceresole (ideólogo fascista argentino) y Fidel Castro (Dictador cubano).

Juan Carlos Camacho Castellanos.

Docente

 



Etiquetas:   Socialismo   ·   Dictadura   ·   Venezuela

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