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Las amazonas


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20/01/2018

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Nada parece verdadero que no pueda parecer falso. Un espíritu libre de prejuicios tiene mucho ganado para la tranquilidad. Michel de Montaigne, Ensayos (Apología de Raimundo Sabunde)


Mircea Eliade en su libro Mito y realidad1, distingue, el mito de la fábula. Define el mito de la siguiente forma: “El mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso “de los comienzos”. Dicho de otro modo: el mito cuenta cómo, gracias a las hazañas de los seres sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia, sea ésta la realidad total, el cosmos, o solamente un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano, una constitución.”2 Los personajes de los mitos, añade a continuación, son seres sobrenaturales. Los mitos, por lo tanto, son las llamadas “historias verdaderas”, opuestas a las “historias falsas”, siendo estas “las que cuentan las aventuras y hazañas en modo alguno edificantes...” Estas últimas tienen, además, un contenido profano, y personajes no sobrenaturales3.

Con estas definiciones en la mano, podríamos deducir que el mito de Zeus, la lucha contra Cronos, su padre, el robo del fuego a los dioses, por parte de Prometeo, y todo aquello que tenga que ver con los habitantes del Olimpo, sería mítico y verdadero: como diría una mente mítica, ahí está el fuego para demostrarlo, el cosmos, la tierra, las desgracias dimanadas de la caja, que no era caja, de Pandora, etc. Historias falsas, por el contrario, serían el mito de Procusto y su manía por crear una sociedad igualitaria, cortando las piernas a los que sobresalían de su medida, una mesa, y alargando, con cuerdas, las de los que no llegaban al borde de la misma. Hasta aquí todo parece claro y diáfano. Pero ¿cómo, por ejemplo, interpretamos la guerra de Troya con la asistencia de los dioses? ¿Cómo el sacrificio de Ifigenia? Es cierto que, a través de este, se puede deducir, si escogemos la versión en la que Artemisa salva a Ifigenia de ser degollada en el altar, la prohibición, bien clara y expresa, del sacrificio humano. En la guerra de Troya, por el contrario, los dioses se comportan como los humanos: apoyan a sus favoritos, sin que se pueda extraer ninguna lección, o norma de comportamiento, de sus actuaciones.

Tal vez para poder encajar una y otras historias, o mitos, o leyendas, sería conveniente seguir con la taxonomía, y continuar distinguiendo unas “historias falsas” de otras tal vez no tan falsas. Así tendríamos las que tratan de explicar la formación del cosmos: aparición de la vía láctea, por ejemplo, por la fuerte succión del pecho de Hera por parte de Herakles. Al apartar esta al impetuoso bebe, que le daña el pecho, se forma la vía láctea con la leche que se derrama. Según el mito árabe, la vía láctea se formó con el vellón del cordero que Yhavé le mandó llevar al arcángel san Gabriel a donde Abraham estaba a punto de sacrificar a su hijo Isaac. Fue tal la velocidad de este ángel que se desprendió la lana del pobre cordero formando la vía láctea. Debe haber más mitos al respecto, sin duda; pero basten estos para dejar claro que, a veces, el mito trata de explicar aquello que, para nuestros antepasados, era inexplicable.

No sabemos, por otra parte, cuál sería la reacción de aquellas personas al oír estas “historias falsas” o las narraciones mitológicas. Es muy posible que no pudieran racionalizar cuanto estaban oyendo; pero también lo es que algo inmaterial, y tal vez terrible, quedara grabado en sus pechos. De la misma forma que a un niño, que no entiende o no sabe quién es el lobo del cuento de Caperucita, se le queda grabado cierto espanto o terror. Este le advierte del peligro de hablar con desconocidos, con lobos. De idéntica forma le dice que sólo la astucia de Pulgarcito lo podrá volver a su lugar de origen, si sus padres lo exponen, como sucedía muy a menudo. Todo esto, sin embargo, queda sin explicitar. Tendrán que ser racionalizaciones posteriores, de los padres, o de los libros, quienes nos dejen claro lo que nos querían decir aquellas “historias falsas”4.

Otras historias, tal vez míticas, verdaderas, cuentan la fundación de las ciudades, Troya por ejemplo, o porqué todos tenemos sentido de la justicia5.

También al decir de Mircea Eliade, los griegos, con el paso del tiempo, fueron vaciando los mitos de todo valor religioso y metafísico.6 Y tal vez por eso mismo, el mito ha recuperado su etimología, narración de un hecho más o menos fabuloso, con personajes que fueron de carne y hueso. Y si los cuentos infantiles tienen, siempre, una base real, es muy posible que también lo tenga el mito. Algo así llevó a Heinrich Schliemann a excavar la colina donde, según la Iliada, se alzaba la ciudad de Troya, con los resultados ya conocidos por todos7. Y eso mismo ha llevado a la profesora Lyn Webster Wilde a preguntarse por la existencia, real o no, de las amazonas8.

Causa admiración el tenaz empeño de esta profesora por descubrir la posible existencia de aquellas mujeres guerreras: ni la distancia, ni los idiomas, ni la lluvia, ni algún que otro desplante, fueron capaces de desalentar una apasionada búsqueda por los alrededores del Mar Negro, y por bibliotecas y museos de medio mundo. Siempre parece tener la solución en la punta de los dedos, y siempre se le escapa. El libro es, entre otras cosas, ejemplo de una búsqueda y una constancia férrea.

¿Existieron las amazonas en la realidad, o son un mito, una narración de la eterna lucha masculino-femenino? Es muy posible, se descubra o no su existencia, que existieran verdaderamente, o que hubiera una época en el que el poder, religioso y político, estuviera en manos de las mujeres. Y que el mito narre cómo Herakles las despojó, quitándole a Hipólita, su reina, el simbólico cinturón, de su poder. Tampoco tiene nada de extraño que hubiera pueblos en los que la defensa de los mismos se encomendara a las mujeres cuando los hombres tenían que partir en busca de caza, a la guerra, o a lo que fuera. Para esa defensa, las mujeres tenían que entrenarse, cosa que hacían desde bien niñas. Y, según las tumbas descubiertas, y que describe la profesora Lyn Webster Wilde, junto a los esqueletos de las mujeres aparecen puntas de flecha, que demuestran su cualidad guerrera. No hay espadas ni puñales, armas que se utilizan para el combate cuerpo a cuerpo, en el cual la mujer no tiene, por su propia constitución, la misma adaptabilidad que el hombre.

Hay que andarse siempre con pies de plomo con toda racionalización del mito o de la religión. Y como quiere Montaigne, hay que estar libre de prejuicios, y tener en cuenta que todo puede parecer verdadero y falso. Nunca se sabe hasta qué punto se está libre de prejuicios: somos hijos de nuestra época, y cuesta muchísimo ser capaz de ver por encima de ella, si es que se logra. Es posible, pues, que los griegos, teniendo una base real, crearan el mito de las amazonas, de esas mujeres salvajes, crueles, matadoras de hombres, que habitaban fuera de la polis, donde está la cultura y el saber, y que domeñarlas fuera algo así como dominar a la naturaleza exuberante y extramuros. Cruel a veces. Y la forma de doblegarla es, cómo no, a través del sexo, el famoso cinturón de Hipólita. Cinturón que veremos reaparecer, al cabo de los siglos, en el cordón de la dulce Melibea, otra mujer capaz de saltarse los convencionalismos de su época.

Y es posible, también, que la determinación de las amazonas de exponer a sus hijos varones, o de matarlos, fuera la reacción a la exposición de las niñas por parte de los padres griegos9. Y de esta forma el mito compensaba una ley que, y creemos que también eso lo demuestra la narración, algunos no dejarían de ver como injusta.

Es muy posible también que el mito de las amazonas, seguramente con existencia real, cuente un tiempo en el que la mujer ocupaba el poder, las herencias se hacían por la linea matrilineal, y dominaban al hombre o eran su igual. Gradualmente, sin embargo, fueron perdiendo ese poder, fueron relegadas a funciones religiosas, aunque también, con el paso del tiempo, perdieron dichas funciones. Las grandes religiones actuales, grandes por su extensión, no toleran a la mujer dirigiendo los ritos, ni oficiando el contacto o la comunicación con Dios. Y mucho menos van a tolerar la llamada prostitución sagrada, o el sexo como medio de ponerse en contacto con la divinidad, y, por lo tanto, del conocimiento.

Es también probable que Herakles no derrotara a la reina Hipólita sino que esta, enamorada de él, le entregara su cinturón espontáneamente. Pero Herakles era un héroe, y no podía demorarse toda la vida con ella porque eso, el amor, también como demostraría Calisto siglos después, lleva al hombre al olvido de sus tareas10. Olvido de los ejecutados Pármeno y Sempronio en este caso. Entregarse al amor le supone al hombre griego vaciarse de la obligación con la polis, defenderla o fundarla, o de provocar guerras tan terribles como la de Toya. Porque está claro, existieran o no las amazonas, que son creación del hombre, al menos como mito, para hacerles cargar con ciertas culpas, como las cargaron sobre sus espaldas Helena de Troya, Eva y la Cava entre otras.

Es también muy probable que el interés por las amazonas se deba, actualmente, al papel más importante que va adquiriendo la mujer en algunas sociedades avanzadas. Dista mucho, desde luego, del estatus logrado por el hombre. Y tal vez estos estudios sobre las amazonas sirvan para recordar un tiempo, quizás mítico, en que todos fuimos iguales. No hay, desde luego, ninguna razón para considerar inferior a quien tiene la piel de este color o de aquel, o a la mujer del hombre cuando en tiempos míticos los sacerdotes se castraban o se travestían para hacerse con el poder femenino y acceder, así, a la divinidad. Sea como fuere, el pasado es inamovible, y la única fuerza que tiene es darnos el suficiente conocimiento para ser mejores, y más justos, en el futuro. El resto quizás no sea más que orgullo y pedantería. Vale.





1 Mircea Eliade, Mito y realidad, Barcelona, 2006, traducción de Luis Gil. Pgs. 9 y ss.

2Ibídem, ps.13-14

3Ibídem, p.16

4Véase, entre otros, el libro de Paul Diel, El simbolismo en la mitología griega, Barcelona, 1976

5Sobre la fundación de Troya se puede consultar, entre otros, a Pierre Grimal, Diccionario de mitología Griega y romana, entrada Apolo. Y sobre la infusión de la justicia, Platón, Diálogos, Protágoras, 322, a, b, c, d .

6 Mircea Eliade, Mito y realidad, p.10

7Véase, L. Cotrell, El toro de Minos, México, 1958, p. 41 y ss. y Eric H Cline, La guerra de Troya, cap.V

8Lyn Webster Wilde, Las amazonas: mito e historia, Madrid, 2017

9Véase, como muestra, el bellísimo libro IX, Ifis, de Metamorfosis, de Ovidio.

10El tema del amor y/o las armas llegará hasta la Edad Media con la famosa composición de Chrétien de Troyes, Erec y Enid, donde se novela si es posible la combinación amor cortés con la caballería, la guerra. El amor feminiza al hombre.



Etiquetas:   Mitos y Leyendas   ·   Amor   ·   Michel de Montaigne   ·   Amazonas

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