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El caso Cataluña: todavía hay esperanza


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16/01/2018


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Si algo ha demostrado con consistencia la crisis territorial, ideológica, política y social catalana es la explosión inevitable de la racionalidad como motor incuestionable de las acciones humanas; huyendo de la catarsis grotesca del zafio teatro secesionista, la gente de a pie ha desterrado su silencio a épocas ya trasnochadas, provocando el primero de los pasos para reducir el moralismo vacuo que lleva impregnando las acciones políticas y discursivas de los diferentes poderes mediáticos.


Y es que mientras la supremacía de lo conceptual y lo abstracto como principales bases de pensamiento y acción en decisiones de trascendencia ha terminado, durante décadas, degradando el encomiable espíritu del Imperio de la Ley y las reglas de juego democráticas, la ciudadanía ha demostrado que la practicidad es una de las cualidades más necesarias en tiempos de profundas transformaciones sociales, tecnológicas y culturales; a pesar del lastre de la cerrazón de las ideologías categóricas, dogmáticas, hijas bastardas del pensamiento totalitario posbélico, en ocasiones nos olvidamos de profundizar en la coyuntura actual, en un contexto sociológico en el que el nuevo poder, quizá me atrevería a catalogar como quinto poder de la sociedad del XXI, son las redes sociales, la interacción social, el intercambio de ideas y opiniones de un modo instantáneo y completo, quizá un poder con una fortaleza, partiendo de prematuridad en el tiempo, arrolladora y gigantesca, de consecuencias insospechadas e imparables en proporción.

Si la Ilustración supone la estabilización de las ideas de libertad política e igualdad legal, de la separación de poderes, la aconfesionalidad del estado y demás aspectos relacionados con la dignidad humana per se, germen de la estructuración de los clásicos tres poderes sustanciales de los estados modernos (acción ejecutiva, legislativa y judicial), sumados a la acción de los medios de comunicación tradicionales (prensa, radio y televisión) ya implementados como garantía incuestionable del respeto indiscutible a la libertad del individuo en la plenitud de la pasada centuria, los nuevos años del XXI suponen la democratización absoluta, alejada de intermediarios tóxicos y burocratismos estériles, de las personas físicas a través de la red; la web de webs, Internet, mediante Google, Facebook, Twitter, Linkedin y demás modos de interacción social, ha destruido inexorablemente la barrera entre instituciones y sociedad, propiciando un margen de libertad de opinión, de intercambio de saberes, percepciones y argumentos como jamás antes, en un periodo de tiempo récord, se había visto.

La consecuencia de todo ello, a pesar de luz portentosa que supone para todo lo que todavía pertenecía a los oscuros recónditos de la Caverna platónica, ha sido también un aumento exponencial de la presencia de un pensamiento moralista, derivado del Marxismo Cultural, en el peor de los términos; ligado a la presión ejercida desde los mass media, en connivencia con gobiernos y nuevos lobbies biempensantes, este pensamiento ha corrido parejo, retroalimentándose, con el buenismo alimentado y alimentador de una sociedad en ocasiones abierta, pero relajada en cuanto al espíritu crítico como consecuencia de un nuevo mundo de comodidad material y tecnológica, y expuesta a los focos del teatro sentimental que el poderío de lo visual, la manipulación premeditada y exitosa de la imagen como principal estímulo de nuestros sentidos, ha propiciado; la imagen, apoyada en un oasis de lujo y tranquilidad, ha distraído al hombre de la introspección, del cultivo de la mente en silencio; el gran fracaso de la globalización como germen de un mundo de librepensadores, pero sólo de forma aparente.

Así, diferentes organismos, favorecidos indudablemente por el poderío de las redes sociales, de la cercanía de Internet como intermediario rápido y eficaz entre poderes y pueblo, se han aprovechado de los instintos e impresiones más primarias de la sociedad mediante el empleo del sentimentalismo como arma arrojadiza; el pueblo ha creído sus mentiras, que han sido la fuente de energía de estos creadores de opinión, que se han visto así legitimados por sus pupilos.

Por desventura hemos de apreciar que pocas diferencias presentan estas tácticas publicitarias con el propagandismo tiránico del estalinismo o el nazismo, salvando las distancias –aunque terminan siendo de índole más cuantitativa y formalista que de índole teórica, recordemos que Hitler llegó al poder mediante el sufragio– en una línea de concepción del mundo en la que caben los movimientos totalitarios actuales, todos ellos herederos del fascismo primigenio, las nuevas formas vehiculares de la supremacía del Marxismo Cultural como pensamiento único posmoderno: así, el nacionalismo romántico, actualizado en casos como el de la Catalunya oprimida, el feminismo más recalcitrante junto a la destructiva ideología de género, el ateísmo militante o el ecologismo dogmático no son más que la nueva cara de un cientificismo materialista que ha abanderado la preeminencia de la ingeniería social como el nuevo demonio disfrazado del mundo occidental; a mí juicio, hasta hace bien poco parece haberle ganado la batalla de las ideas y los valores al tradicional humanismo greco-romano y cristiano que nos ha constituido como sociedad abierta y plural, pero un brillo de esperanza me ha hecho ver que, a fin de cuentas, somos demasiado fuertes para dejarnos destruir por tales trampas.

Y es que en virtud del impacto coyuntural de la aventura catalana de puertas para dentro, todavía no exponencialmente analizado, podría afirmar sin tapujos que la sociedad española ha despertado del letargo tras verse vilmente atacada hasta la saciedad por ese demonio disfrazado que, mediante el ‘nazionalismo’ supremacista, racista y xenófobo, heredero fiel de un anquilosado carlismo ruralista decimonónico, ha pretendido minar el Estado de Derecho de una forma contundente y desafiante; contra todo pronóstico desde el pesimismo al que es susceptible de llevar una sociedad controlada por ese pensamiento único mediático, la razón práctica de los hombres de a pie, de una sociedad varapaleada y humillada por el secesionismo infame, ha escapado del ostracismo al que la habían condenado, y gracias a la influencia de las redes sociales como puerta hacia la discusión de ideas y pareceres sin imposiciones externas, se ha revelado sin complejos contra todo el aparato tiránico del separatismo victimista: la manifestación de apoyo a la españolidad, no como cualidad de pueblo moralmente superior, sino como conciencia de sociedad libre y democrática, ha sido toda una grata sorpresa frente a la eugenesia racista del procès infantil, la que ha controlado la mente de los catalanes durante tres decenios de manipulación digna de los más desalentadores relatos orwellianos.

Y, frente a la actuación débil y suave del artículo 155, en línea con el complaciente carácter de la política española, aliada fiel de la vacuidad del pensamiento único posmoderno –si se me permite, excluiría de esto a Ciudadanos–, la espontaneidad de las manifestaciones de apoyo a la integridad de España constituye un auténtico rayo de esperanza para las próximas generaciones de ciudadanos libres en un nuevo mundo interconectado, sin barreras y fronteras teóricas y prácticas; el surgimiento del movimiento ‘Tabarnia’ como ejemplo irónico y efectista, pero fuertemente peligroso para la irracionalidad del secesionismo, es otro de los grandes ejemplos en los que el hartazgo ciudadano, sumado a la importancia incalculable de las redes sociales a la hora de crear opinión, ha hecho que las barbaridades fútiles del moralismo biempensante pierdan adeptos de forma constante.

Porque el mundo de hoy, a pesar de las tentaciones sentimentaloides propiciadas por diversos organismos, aun desligándose de una moral férrea y alejarse de la intelectualidad elitista, no ha perdido el norte ante los ataques continuos de fuerzas liberticidas; fuerzas demoníacas presentes como nunca, cual lobo vestido de cordero, pero con el impulso del progreso como auténtico adversario capaz, un progreso social, apoyado en la tecnología, baluarte último de la racionalidad intrínseca del hombre. Porque la batalla en la cotidianidad ya no se libra entre ideologías trasnochadas e inamovibles, el futuro se encuentra presente en el desarrollo libre de una economía dinámica, urbana, cosmopolita, en el avance social, la mejora de las condiciones de vida prácticas o el triunfo de la medicina como garantía del bienestar diario de las sociedades. La dialéctica de buenos y malos, vencedores y vencidos, izquierdas y derechas, españoles y catalanes, se ha perdido entre las negruras del tiempo histórico, y eso, los españoles, los ciudadanos de España y el mundo, han demostrado que lo saben.



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