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Entrevista a la escritora Marta Sanz


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08/01/2018


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“Ver, oír y no callar”. Así define Marta Sanz el oficio de la escritura. Sabe lo que quiere y lo demuestra en su extensa obra –con premios de caché– donde desfilan novelas, cuentos, poesía y ensayo.


Contenido reflexivo, lúcido y de calidad son pilares del trabajo de esta madrileña, Doctora en Literatura Contemporánea por la Universidad Complutense, que entiende la escritura como un ejercicio crítico contra lo indeseable y erróneo que habita en nuestra sociedad.

“Cuando no tengo un libro entre las manos no me reconozco” afirma Sanz en nuestra entrevista. Pasen y lean.

Entrevista realizada por Begoña Curiel para ELD:

–¿Cómo es el proceso de maduración de una idea inicial para que después Marta Sanz la convierta en obra? Hay autores que aseguran que durante meses esa idea da vueltas en su cabeza hasta que llega «el momento». Otros no pueden dejar pasar mucho tiempo y se lanzan al papel.

Sinceramente, nunca lo he pensado. Escribo cuando tengo ganas de escribir y cuando creo que tengo algo que contar. Cuando llega el momento de iniciar una conversación con lectores que posiblemente no estén esperándome, pero que sí me escuchan porque se sienten concernidos por lo que trato de contarles. Nunca he escrito bajo presión editorial ni tampoco mitifico demasiado el rito de la escritura. No padezco el síndrome de la página en blanco y me tomo mi oficio con la mayor naturalidad que puedo. Sin sacralizaciones ni histerismos. Todas las películas sobre escritores a mí me parece que mienten. Tal vez el secreto de todo consista en disponer de tiempo, ponerse metas razonablemente modestas y ser disciplinada.

–Después de tantos años de profesión, ¿cambia el vértigo e el estómago a la hora de salir a publicar? ¿O va perdiendo fuerza?

Yo a eso que tú llamas “vértigo en el estómago” lo llamo directamente miedo. Sin eufemismos. Sin poesía. Lo que ocurre es que posiblemente el miedo va mutando a lo largo de los años, cambiando de nombre: ilusión, incertidumbre, saber quién te espera al otro lado del texto para bien y para mal, deseo de no defraudar a unos y de defraudar siempre a otros, inseguridad, precaución para no ser ni demasiado soberbia ni demasiado humilde, cautela para que no te manipulen, para que no te malinterpreten, temor a la invisibilidad, a que lo que hagas no tenga ninguna repercusión o a que el “éxito” te coloque en un lugar que no es el que tú crees que te corresponde, cuidado para no perder el sentido crítico y autocrítico, desconfianza en la destreza para sacar adelante otro proyecto, a que te juzguen a la ligera… Todo eso se llama miedo y condiciona el proceso de escritura y la expectativa ante la recepción de lo escrito. Pero hay que pensar que el miedo no siempre paraliza y que, sin miedo y sin conciencia del peligro, no hay posibilidad de intrepidez. Desde que empecé a escribir, valor mucho la intrepidez como cualidad de la mirada y la expresión literarias.

–Prosa eficaz, literatura brillante, incómoda, inquietante, inconformista… Son definiciones para la narrativa de Marta Sanz que hacen lectores y críticos profesionales. ¿Se siente identificada con estos adjetivos?

En realidad, yo lo único que pretendo es que la forma de mis textos coincida exactamente con lo que mis textos pretenden significar. Que el fondo y la forma sean indisolubles. Que lo uno no pese más que lo otro, de modo que un texto se convierta en un artefacto manierista o doctrinal. O lo peor de todo: doctrinalmente manierista. En ciertos textos se detecta la intención de quien los escribe y a la vez el esfuerzo superpuesto para que ese texto se amolde a una idea preconcebida de “lo literario”: creo que eso es lo peor que le puede suceder a una página pretendidamente literaria y que tendríamos que huir de quienes pontifican respecto a una cualidad específica y siempre igual a sí misma del lenguaje de la literatura. La belleza tiene muchas caras -clara, oscura, barroca, desnuda, musical, chirriante- y “lo literario” es una búsqueda permanente: una búsqueda lingüística que, a la vez, nace de la interpretación de la realidad. Para mí, el estilo es la capacidad de quienes escriben para encontrar las palabras justas que expresen la emoción o la idea, la pregunta o la afirmación, que quieren compartir con los demás. Por eso, valoro mucho el riesgo, la versatilidad y la destreza para inquietar a los lectores por cómo un texto está escrito. Me gustan los escritores que me dejan adivinar sus fantasmas y que al mismo tiempo nunca son iguales a sí mismos.

–¿Entiende al lector que solo busca en los libros puro y duro entretenimiento?

Lo entiendo perfectamente porque vivimos en una sociedad de consumo que propicia una idea de lo artístico reducido a lo espectacular y porque la vida cotidiana de los seres humanos es lo suficientemente complicada como para que alguien te venga a contar que la literatura es algo más que escapismo y juegos de prestidigitación. Pero a veces lo es y, entonces, los lectores reinterpretamos el significado de verbos como disfrutar, entretenerse o escapar y el de sustantivos como placer. Quizá la literatura que merece la pena es la que nos incita precisamente a reinterpretar el significado de las palabras, las costumbres, todos aquellos asuntos sobre los que ya no nos hacemos preguntas… Hay escritores maravillosos, como Kafka, que no entienden la literatura si el libro no parte en dos mitades el cráneo del lector. A mí me gustan los libros que “me parten el cráneo” y ensanchan mi visión del mundo, pero, por otro lado, también leo para entretenerme; es más hay escritores que te parten el cráneo por la mitad de maneras muy entretenidas y otros que no te parten nada, que no te cuentan nada, que son asertivos respecto a los discursos dominantes, y lo hacen muy pesada y pretenciosamente.

–La mayoría de las opiniones sobre el trabajo de Marta Sanz destacan su carácter social y comprometido. ¿Cree que la escritura debe ser un oficio útil, que el escritor tiene la obligación de denunciar los males –que no son pocos– de nuestra sociedad?

Parece que palabras como utilidad, necesidad u obligación se colocan en las antípodas de los lenguajes artísticos. Yo creo que las construcciones artísticas son significativas y, en ese sentido, sirven. El problema es preguntarse a quién le sirven y para qué sirven. Los escritores con conciencia de que las palabras son armas cargadas de futuro me suelen parecer más honestos que los que nos invitan a creer que las palabras no sirven para nada. Incluso jugar sirve. Hablar de las flores en un mundo de horror, represión y hambruna puede significar muchas cosas: por ejemplo, que se justifica a los artífices de esa pesadilla hermoseando, con el olor de las flores, el hedor de los cadáveres. Esta era la teoría de Ángela Figuera, una poeta excelente. Las películas de Michael Haneke revelan los efectos perversos sobre el cuerpo y la mente de los seres humanos en sociedades corrompidas por el peso de la Historia, la injusticia, la desigualdad, la represión, la violencia de la doble moral… Cuando Harry encontró a Sally sirve para afianzar con una sonrisa, aparentemente inocua, un concepto del amor romántico que hace pupa a muchas personas. Cuando alguien toma la palabra en público es casi imposible que esa palabra no se convierta en una forma de acción. Emborronar la realidad para que nada cambie también es una forma de acción y a veces mantener la tesis de que el arte no es intencional es cualquier cosa menos una pose ingenua.

–¿Qué lee normalmente, cómo selecciona sus lecturas, tiene momentos anímicos que le piden un formato y contenido concreto?

Leo de todo. Mucha novela y cuento, mucha poesía, mucho ensayo. Los libros que más me gustan últimamente son los que me suscitan dudas respecto a su género: los que me obligan a cuestionarme los límites entre la narración y la lírica, o entre la digresión filosófica y la dimensión descriptiva del lenguaje. Los que de algún modo cuestionan los marcos de mi percepción y mis prejuicios. Me gustan los libros que se toman en serio a sí mismos. Los libros con pretensiones confesas y ambición. Los que, como te decía antes, asumen riesgos. Por otro lado, no identifico mis estados de ánimo con la necesidad de leer un tipo de texto u otro. Lo que sí sé es que siempre tengo ganas de leer y que cuando no tengo un libro entre las manos no me reconozco. Me falta algo.

–¿Qué libro recomendaría a un adulto que nunca estuvo interesado por la lectura? ¿Y a un adolescente?

A los dos les recomendaría el mismo libro “El bello verano” de Cesare Pavese. Luego, a partir del texto, intentaría conversar con el adulto en torno a ciertos temas y con el adolescente en torno a otros. En algunos casos, el tema de conversación coincidiría.

–Actualmente hay autores de literatura juvenil que están seduciendo a muchos chavales con temáticas tipo “Harry Poter” y “Los juegos del hambre” asociadas a películas y cine o las de fantasía, como el caso de Laura Gallego que cuenta con muchos fans. ¿Qué le parece este fenómeno, si se le puede llamar fenómeno? Porque es cierto que muchos jóvenes se están enganchando a la lectura por este motivo.

No soy una experta en esta materia, pero me pregunto si esos jóvenes siguen leyendo cuando son adultos y si consiguen dar el salto hacia otro tipo de propuestas literarias. Me pregunto si consiguen leer con otros objetivos, con otras expectativas respecto a lo que un libro puede aportar. Yo creo que no estaría mal que estrechásemos el vínculo entre lo educativo y lo cultural, aflojando a la vez el nexo que identifica cultura con mercado, consumo y cantidad. La construcción de la conciencia crítica, la necesidad de leer por debajo más allá de lo obvio, lo epidérmico, lo veloz, lo deslizante y espectacular, es uno de los posibles efectos de la lectura de los textos literarios. Colocarnos en un lugar que nos exige pensar un poco más, un poco mejor, sin utilizar frases hechas. Leer como detectives o arqueólogos. Desentrañar los misterios del lenguaje que suelen ser mucho más interesantes que los de las tramas sorprendentes, los mundos de fantasía y los conejos que salen de las chisteras.

–¿Qué escritor no le ha decepcionado nunca?

Muchísimos: Galdós, Emilia Pardo Bazán, Valle, Machado, Lorca, Flaubert, Duras, Svevo, Henry James, Dorothy Parker, Hammett, Highsmith, Margaret Atwood, Rulfo, Pizarnik, Carpentier, Coetzee…

–¿Se vio desde pequeña escribiendo? ¿Es una decisión que se toma, una elección que nace fruto de una concienzuda reflexión, algo que no se puede evitar…?

No me vi escribiendo o convertida en escritora como si me viese desde fuera o desde el techo de mi habitación. Jugué a escribir. No tenía planes de futuro. Admiraba a las cajeras de supermercado y, como todas las niñas, aspiraba a ser musa o mujer fatal. Ladrona sexi que se mete por las ventanas con un mono negro pegado a curvas que aún no tenía. Yo sencillamente escribía. Me gustaban las palabras, la caligrafía, las historias. Y me gustaban tanto que escribía poemas e historias de terror. Luego, en el instituto, me encantaba hacer comentarios de textos. Estudié filología. Pero solo cuando acabé mis estudios en la Escuela de Letras de Madrid comprendí que, además de escribir, podía quizá ser escritora. Aún estoy intentando que esta palabra, que todo lo que conlleva este oficio, no me venga grande.

–En sus entrevistas transmite mucha seguridad. ¿Se ve así?

No. Soy una mujer consciente de su fragilidad, insegura y dependiente de las personas que la rodean. No sé si me gusta ser así, pero no puedo evitarlo. Lo cuento en Clavícula. Lo que sí procuro es evitar esa imagen pública de lo que debe ser una mujer: siempre modesta, siempre humilde, siempre agradecida, siempre complaciente. Si no haces exhibición de todas esas virtudes, de ese perfil de segundo plano, te llueven calificativos que nada tienen que ver con la humildad. Yo procuro escaparme de ese molde que me asfixia y hablar con argumentos, pensando en lo que digo, con la mayor honestidad que puedo: ésa es mi manera de respetar a los otros.

–¿Es tan penoso como parece el actual panorama de la lectura en España? ¿Cree que se lee tan poco como dicen las cifras?

Sí, lo creo. Y no solo creo que se lea poco, es que además creo que se lee mal. Cada vez peor. Deprisa, superficialmente, con poca capacidad de anticipación, relación e inferencia. Sin diferenciar lo expresivo de lo explicativo, sin detectar la segunda intención o el sentido del humor. Leemos con la pulsión de reconocernos en lo que leemos y a menudo despreciamos todo lo que no es familiar o confortable para nosotros. Leemos con orejeras. Sin valentía. También, en gran medida, escribimos así. Y no quiero que esto que digo se confunda con una crítica a los jóvenes: es una percepción general, que nos concierne a todos, como sociedad, y de la que quedan excluidos algunos jóvenes lectores resistentes y prodigiosos. También algunos viejos lectores, siempre olvidados. Pero hablamos de tendencias y, en ese ámbito, parece que estamos perdiendo microhabilidades fundamentales para el desarrollo de nuestra competencia lectora. Y, por tanto, estamos perdiendo destrezas para interpretar la realidad y resistirnos a la injusticia. Vociferamos, pero somos profundamente sumisos. A esa dimensión intelectiva se suma el hecho de que vivimos en sociedades en las que se fomenta el desprecio por la cultura que se vende como inútil, accesoria, como guarnición del filete, y no como mirada que nace de la vida para volver a ella. Para mí la cultura es una lente de aumento y de transformación de lo real. Algo importantísimo.

–La proliferación de blogs y páginas literarias es infinita en la red en los últimos años. ¿Son las personas que han leído siempre y ahora salen a la luz, o cree que todo es fruto del afán de protagonismo que facilita internet?

Creo que todo el mundo tiene derecho a utilizar las herramientas de las que dispone para dar su opinión y comunicarse con los demás. Pero también creo que es el momento en el que tenemos que desarrollar intensivamente nuestro sentido crítico y nuestra capacidad de discriminación para detectar el la afinado entre el ruido, la confusión y la falsa sinonimia entre libertad de expresión y exabrupto. Internet nos ha traído muchas cosas buenísimas, pero también nos coloca en la tesitura de confundir la calidad con la cantidad, la democracia con la demagogia y la libertad con el consumo. Esa confusión fomenta que la deriva de algunos blogs tienda hacia lo supuestamente incendiario y lo insultante, porque lo incendiario y lo insultante genera más visitas. A veces una aparente indignación esconde la necesidad de ser visto. Otras no: a veces la indignación es legítima y razonada.

–Si entramos en el terreno de la publicación de libros hay que hablar de las plataformas digitales, que tantas facilidades ofrecen a los autores cargados de ilusión. ¿La cantidad ha traído la reducción de la calidad?

Sospecho que muchas plataformas digitales son un nuevo modelo de negocio. Todos nos tenemos que ganar la vida lo más honradamente que nos dejen.

–¿Entre quienes se autopublican hay joyas –autores y obras– que nunca serán descubiertas?

No me atrevo a darte una opinión al respecto. No tengo una bola de cristal. Y una afirmación, mal fundada, podría ser irrespetuosa.

–¿Qué crítica, opinión, comentario sobre cualquiera de sus obras le golpeó el corazón? En el mal y buen sentido de la expresión.

El cerebro humano y el corazón son biológicamente más sensibles a todo lo malo. En cuanto a lo bueno, algunas palabras de críticos y de compañeros de oficio me han hecho muy feliz, pero no puedo reproducirlas aquí porque me da vergüenza.

–¿En su opinión las bambalinas de la actividad de editoriales, críticos literarios, librerías, son desconocidas o muy desconocidas? A veces la sociedad le da credibilidad a leyendas y mundos happy de fantasía alrededor de los escritores, como el de los actores y los periodistas.

El mundo de los escritores es una sociedad de clases. Se establecen jerarquías. Los escritores visibles son los que están en la cumbre normalmente por su número de ventas o por un capital simbólico que es el punto álgido de una larga y prestigiosa carrera. A los escritores se los retrata en sus momentos económicamente más fotogénicos, faranduleros y chics: cuando son invitados a un congreso transoceánico y se alojan en hoteles de cinco estrellas. Pero eso para la inmensa mayoría de las escritoras y los escritores no es más que un espejismo, al que se suma la pérdida del aura sacralizada de la escritura en un impulso democratizador contra la cultura elitista: lo cual es formidable. No está mal perder ese sitio, pero el problema es que no hay ningún otro que ocupar: la mayoría de quienes escribimos somos trabajadores en precario, sin sentido de comunidad o solidaridad laboral, sin hábitos sindicales, en un contexto en el que, como te decía antes, la cultura está desprestigiada, los empollones se consideran frikis y las niñas quieren ser tertulianas de la televisión, de esas que hablan poniendo el corazón sangrante encima de la mesa y dando pábulo a todo tipo de bulos, posverdades y descréditos de la reputación y la racionalidad. Así que cobramos poco porque nuestro trabajo aparentemente no tiene ninguna utilidad social. Es accesorio y frívolo. Ni siquiera produce la misma felicidad que la de los espectáculos deportivos. Cobramos poco o no cobramos porque, desde otro punto de vista, se supone que somos “vocacionales”. Y los vocacionales nos alimentamos de la vanidad de sentirnos elegidos y del privilegio de podernos dedicar a lo que nos gusta. Todos estos argumentos son excusas para la explotación, el pluriempleo y el miedo a decir que no a cualquier cosa que se nos ofrezca. Lo explica muy bien Remedios Zafra en su último ensayo “El entusiasmo”. Os recomiendo que lo leáis.







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